El despertador de Eva sonó a las 6:00 a.m. No era un sonido normal; era una melodía de heavy metal que Marcos había puesto como alarma con la teoría de que "así el cerebro se activa por pura adrenalina".
Eva apagó el teléfono de un manotazo, falló, tiró el vaso de agua de la mesita de noche y terminó aplastando la nariz de Marcos.
-¡Ay! -se quejó Marcos, con la voz ronca-. ¿Eso es un intento de homicidio o tu manera de darme los buenos días?
-Es el colmo de la ironía, mi amor -susurró Eva, sentándose en la cama con el pelo pareciéndose al de Einstein después de una descarga eléctrica-. ¿Cuál es el colmo de una madre cansada? Que sueñe que está durmiendo y se despierte cansada de tanto soñar que duerme. Levántate. Hoy te toca a ti convencer a los gemelos de que la pasta de dientes no es comida.
Marcos y Eva llevaban doce años casados. Eran una pareja de clase media trabajadora. Tenían una hipoteca a treinta años, un coche que hacía un ruido sospechoso al girar a la derecha, y el mayor tesoro (y dolor de cabeza) de sus vidas: cuatro hijos.
Santi (11 años): El filósofo de la casa, especialista en hacer preguntas incómodas a las 7:00 a.m.
Sofía (8 años): Una dramaturga en potencia que cambia de outfit cinco veces al día.
Mateo y Lucas (4 años): Los gemelos. Dos fuerzas de la naturaleza cuyo único objetivo en la vida parecía ser desafiar las leyes de la gravedad y la física.
Eva bajó a la cocina arrastrando los pies. La casa, por exactamente tres minutos, estuvo en silencio. Era un silencio hermoso, casi místico. Pero el misticismo en una casa con cuatro niños dura menos que un pastel en la oficina.
¡PUM!
Un estruendo en el piso de arriba anunció que la paz había terminado. Marcos bajó las escaleras corriendo, con un calcetín azul, uno gris, y una tostada en la boca.
-Tenemos un código rojo -dijo Marcos, quitándose la tostada de la boca-. Lucas ha decidido que hoy es el "Día sin pantalones" y se ha atrincherado detrás del sofá. Y Sofía dice que no puede ir al colegio porque su calcetín favorito "tiene una vibra negativa".
Eva suspiró profundamente y le dio un sorbo a su taza de café, que ya estaba tibio.
-Marcos, ¿cuál es el colmo de un padre de clase media? -preguntó Eva con una sonrisa resignada.
-No sé, dime.
-Tener cuatro hijos, trabajar ocho horas al día para pagar la casa, y que el que mande en el hogar sea un niño de cuatro años que ni siquiera sabe limpiarse bien el trasero. ¡Lucas! ¡Ponte los pantalones o le diré al coco que te use de plumero!
-¡El coco no existe, mamá, lo leí en internet! -gritó una vocecita desde el salón.
-Santi tiene razón, educas a niños muy listos -bromeó Marcos, dándole un beso rápido en la mejilla a Eva que olía a café y pasta de menta.
-No me halagues, ayuda. Ve por el prófugo sin pantalones. Yo me encargo del drama de la moda de Sofía.
Eva entró al cuarto de Sofía. La niña de ocho años miraba su armario con una expresión de tragedia griega que envidiaría la mismísima Cleopatra.
-Mamá, es que no lo entiendes. Si uso estos calcetines amarillos, la maestra de matemáticas me va a interrogar. El amarillo atrae la mala suerte numérica. Lo vi en un video de TikTok.
-Sofía, mi vida -dijo Eva, arrodillándose-. ¿Sabes cuál es el colmo de una niña de ocho años? Que se preocupe por la astrología de los calcetines y todavía me pida que le corte la orilla del pan porque le da miedo. Ponte los amarillos. Si la maestra te pregunta, le dices que eres un sol radiante inmune a las fracciones.
-Visto así... -Sofía entrecerró los ojos, convencida por la lógica materna, y se puso los calcetines.
Mientras tanto, en el salón, Marcos estaba viviendo su propia película de acción. Había acorralado a Lucas detrás del sofá. El niño, armado con un camión de bomberos de plástico, defendía su territorio.
-¡No al opresor del pantalón! -gritaba el pequeño de cuatro años.
-Lucas, por favor. Te doy un chocolate si te pones el pantalón de chándal -negoció Marcos, rompiendo todas las reglas de la paternidad moderna.
-Dos chocolates. Y ver Paw Patrol cinco minutos.
-He creado un monstruo capitalista -susurró Marcos al cielo-. Hecho. Trato hecho.
Diez minutos después, toda la familia estaba sentada a la mesa para el desayuno. Era un caos de cereales volando, vasos de leche al borde del abismo y preguntas existenciales.
-Papá -dijo Santi, masticando despacio-. Si la clase media es la que está en medio... ¿quiénes están abajo? ¿Los duendes?
Marcos miró a Eva buscando ayuda. Eva solo levantó los ojos de su teléfono, donde estaba revisando el saldo de la cuenta bancaria.
-No, hijo -respondió Marcos-. Abajo están nuestras esperanzas de ir a Disney World este año. Pero no te preocupes, aquí en medio nos divertimos más.
-Sí -añadió Eva, sonriendo mientras le quitaba un trozo de cereal del pelo a Mateo-. El colmo de ser de clase media es que trabajas como rico, vives como pobre de espíritu por el estrés, pero tienes una familia que te hace reír tanto que se te olvida que la cena de hoy es, otra vez, sopa de fideos.
-¡A mí me gusta la sopa de fideos! -gritó Lucas, ahora felizmente vestido y con chocolate en la mejilla.
-A ver, equipo -dijo Marcos, levantándose y haciendo sonar sus palmas-. Todos al coche en tres minutos. El último en subir limpia los platos esta noche.
La estampida de niños corriendo hacia la puerta principal fue tan fuerte que el gato de los vecinos probablemente sintió el temblor. Marcos y Eva se quedaron un segundo a solas en la cocina desordenada. Se miraron, cansados, despeinados, pero con esa complicidad que solo los años de batallas compartidas pueden dar.
-Te amo, loca -dijo Marcos, abrazándola por la cintura.
-Te amo más, loco. Aunque tu alarma de heavy metal casi me deja sorda.
-Es para mantener la pasión encendida.
-La pasión no sé, pero la taquicardia seguro -rió Eva, dándole un beso de verdad justo antes de que el claxon del coche empezara a sonar afuera. El caos los llamaba de nuevo.
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¡Qué colmo de matrimonio!
Romance¿El colmo de estar enamorados? Casarse, tener cuatro hijos y descubrir que el silencio es un mito urbano. Eva y Marcos tienen doce años de casados, una hipoteca que parece no tener fin, un coche que hace ruidos extraños y el título invicto de "los p...
