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Capítulo único: La prueba del templo

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Hace mucho tiempo, un chico llamado Zael decidió emprender un viaje para encontrar un templo perdido dedicado a la diosa Atenea. Según las historias, en ese lugar se guardaba un objeto con poderes extraordinarios.

La leyenda que su pueblo contaba decía que aquel objeto podría devolverle la vida a la naturaleza, consumida por los espíritus malignos. Así comenzó su viaje para poder salvar a su pueblo. Después de prepararse y antes de partir, observó un mapa antiguo en el cual aparecía dibujada la ruta hacia aquel templo. Durante el camino fue encontrando diferentes ofrendas y estatuas dedicadas a Atenea, estatuas que se parecían a aquella diosa descrita en los relatos.

Mientras avanzaba por un bosque (del cual se rumoreaba que era sagrado), vio unas huellas sobre la tierra que no parecían provenir de ningún animal. Entonces comenzó a seguir aquellas huellas, esperando que le pudieran dar alguna pista del templo. Sin embargo, mientras caminaba, escuchó un fuerte ruido. Si bien esto le asustó, también decidió armarse de valor e ir a investigar.

Al llegar al lugar de donde provenía aquel ruido, se encontró con restos de fuego y humo entre los árboles. Estas señales le indicaron que alguien o algo había estado allí. Sin embargo, aparte de estas dos cosas, no encontró ninguna otra pista de qué fue lo que pasó o adónde fue. Sin más opciones, decidió seguir con su camino.

Después de algunas horas caminando, al fin logró llegar a aquel templo perdido. Al principio pensó que podía tratarse de otro dios o diosa. Sin embargo, en la entrada había más estatuas de Atenea y, al entrar, si bien el lugar parecía estar unido a la naturaleza por la falta de cuidado y de seres humanos, se lograban encontrar símbolos dedicados a aquella diosa, como los búhos (que representan la sabiduría de Atenea). Además, en el centro, arriba de algo que, debido a los escombros, no logró identificar, había una especie de tallado que representaba una égida (escudo mágico o coraza protectora de Zeus y Atenea) con una rama de olivo, símbolo de paz y de la protección de la diosa.

Zael observó detenidamente el grabado y notó que la rama de olivo podía moverse. Al girarla con cuidado, un fuerte estruendo recorrió el templo y parte del suelo comenzó a abrirse lentamente, revelando una cámara oculta que había permanecido sellada durante siglos. Tras unos segundos de duda, descendió por una antigua escalera de piedra iluminada únicamente por la tenue luz que entraba desde el templo.

Al llegar al final de la escalera, encontró una gran sala circular. En el centro había un pedestal de mármol blanco sobre el que descansaba una pequeña esfera de cristal que emitía un suave resplandor dorado. Antes de que pudiera acercarse, la sala comenzó a temblar y una enorme estatua de Atenea, situada detrás del pedestal, empezó a agrietarse hasta cobrar vida.

La estatua levantó lentamente su lanza y bloqueó el camino. Entonces, una voz firme resonó por toda la cámara.

—Solo aquel que demuestre sabiduría y no ambición podrá reclamar el legado de Atenea.

Zael comprendió que intentar tomar el objeto por la fuerza sería un error. Observó cuidadosamente la sala y descubrió cuatro antiguos símbolos grabados sobre el suelo: una espada, un búho, una rama de olivo y una corona. Recordó las historias que había escuchado desde niño y comprendió que Atenea era reconocida por su sabiduría y por buscar la paz antes que la guerra.

Con calma, colocó primero el símbolo del búho y luego el de la rama de olivo sobre dos pedestales de piedra. Durante unos instantes no ocurrió nada. De pronto, la lanza de la estatua descendió lentamente y un haz de luz iluminó la esfera de cristal. La voz volvió a escucharse.

—Has elegido el conocimiento antes que la fuerza y la paz antes que el poder. Has demostrado ser digno.

La estatua regresó a su posición original y el camino quedó libre. Zael se acercó lentamente al pedestal y tomó la esfera entre sus manos. En ese instante, una cálida luz envolvió toda la cámara, mientras las paredes del templo parecían llenarse de vida.

La voz de Atenea habló por última vez.

—Este poder no existe para dominar la naturaleza, sino para restaurar el equilibrio entre ella y quienes la habitan. Úsalo con sabiduría.

Cuando Zael salió del templo, notó que el bosque había comenzado a cambiar. Donde antes la tierra estaba seca y oscura, empezaban a brotar pequeñas plantas. Los árboles recuperaban lentamente sus hojas y el canto de las aves volvía a escucharse después de mucho tiempo.

Con la esfera protegida entre sus manos, emprendió el camino de regreso a su pueblo. A medida que avanzaba, la vida parecía extenderse por cada lugar que atravesaba. Los ríos recuperaban su caudal, las flores volvían a florecer y los animales regresaban poco a poco a los bosques.

Al llegar a su pueblo, los habitantes contemplaron con asombro cómo la naturaleza comenzaba a recuperarse. Con el paso de los días, los espíritus malignos fueron perdiendo su fuerza hasta desaparecer por completo. Los campos volvieron a dar cosechas y la vida regresó a todos los rincones.

Cuando comprobó que el bosque y su pueblo habían recuperado la vida, regresó en secreto al templo y devolvió la esfera al pedestal, tal como Atenea había dispuesto, para que permaneciera allí como guardiana del equilibrio.

Con el paso de los años, su historia se convirtió en una leyenda. Muchos intentaron encontrar el templo perdido con la esperanza de obtener el poder de la esfera, pero ninguno logró siquiera acercarse. Se decía que Atenea solo revelaba el camino a quienes poseían un corazón puro y la sabiduría necesaria para comprender que el verdadero poder no consiste en dominar el mundo, sino en protegerlo.

El legado de AteneaPovești de care să fii obsedat. Descoperă acum