El aroma de las peonías blancas que adornaban la repisa de la ventana se mezclaba con el humo del café recién hecho, creando una atmósfera que para Lucía siempre había significado hogar, pero que ahora solo le recordaba lo mucho que había cambiado todo en tan pocos meses. Estaba sentada en el mismo sillón de terciopelo burdeos donde solían pasar las tardes de domingo, leyendo poesía en voz alta mientras él la escuchaba con los ojos entrecerrados, como si cada verso fuera un susurro que solo él podía entender. Imaginé que aún estaba allí, a su lado, con esa sonrisa tranquila que tanto le gustaba. Imaginé que las páginas del libro se movían por sí solas, que él seguía comentando cada estrofa con su sabiduría callada. Pero ahora el sillón estaba vacío a su lado, y las páginas del libro que sostenía entre las manos permanecían inmóviles en la misma página desde hacía más de una hora. Imaginé mil veces que al levantar la vista lo encontraría mirándola, pero solo había el vacío que dejaba su ausencia.
Era octubre de 2018, y en Buenos Aires el viento comenzaba a traer consigo el frescor del otoño, azotando las cortinas de lino claro de la sala y haciendo que las hojas secas de los plátanos del jardín golpearan contra el cristal con un ritmo insistente, casi como un llamado que no quería escuchar. Lucía miraba hacia afuera, hacia el banco de madera donde habían compartido su primer beso, bajo la lluvia súbita de una tarde de primavera del año anterior. Imaginé que aún llovía, que estábamos allí de nuevo, mojándonos sin importar nada más que el momento presente. Recuerdo que habíamos estado hablando de todo y de nada, ella contándole sobre sus estudios de historia del arte en la universidad, él hablando de sus proyectos como arquitecto, y de repente el cielo se había abierto sin previo aviso. En lugar de buscar refugio dentro de la casa, habían quedado allí, riendo bajo la lluvia mientras las gotas se deslizaban por sus rostros, y cuando finalmente se habían callado, él la había tomado de la cara con sus manos grandes y calientes, y le había dicho que nunca antes había conocido a alguien que hiciera que el mundo pareciera tan completo y tan desconocido al mismo tiempo. Imaginé que en aquel instante pudiera haber dicho algo diferente, algo que evitaría todo lo que vino después.
"Lucía -había dicho con la voz entrecortada por la emoción-, no sé cómo decirte esto sin arruinar todo lo que tenemos, pero creo que me he enamorado de ti. Y sé que tú me ves como a un amigo, como al hermano que nunca tuviste, y por eso nunca te lo he contado, pero hoy... hoy no puedo seguir callándomelo más".
En aquel momento, el mundo había parecido detenerse. Ella recordaba haber sentido una mezcla de sorpresa, confusión y una tristeza que no lograba explicar ni siquiera a sí misma. Matías había sido su mejor amigo desde que ambos eran adolescentes, desde que él se había mudado al departamento de al lado con su madre después de que sus padres se divorciaran. Habían compartido cada alegría y cada dolor: el día que ella había sido aceptada en la universidad, la noche en que su abuela había fallecido, los momentos difíciles de sus primeras relaciones fallidas, los proyectos que habían soñado juntos como si fueran cosa más segura que el propio sol. Imaginé que siempre sería así, que nuestra amistad sería el único amor que necesitaríamos. Para ella, él era parte fundamental de su vida, como el aire que respiraba, como el suelo bajo sus pies. Pero nunca, nunca había sentido por él lo que él sentía por ella. Imaginé que si lo ignoraba, si fingía no haber escuchado sus palabras, todo volvería a la normalidad.
"Matías -había respondido ella, tomándolo de la mano con ternura-, tú eres la persona más importante del mundo para mí. No puedo imaginar mi vida sin ti. Pero... yo no te quiero como a un hombre. Te quiero como a mi mejor amigo, como a alguien a quien amo con toda mi alma, pero de una manera diferente a como tú me quieres".
Había visto cómo su rostro se hundía, cómo el brillo de sus ojos se apagaba como una vela soplada por el viento. Pero luego, con una fuerza que ella nunca imaginó que tuviera, él le había sonreído con tristeza y le había dicho que entendía, que solo quería que ella supiera la verdad, que no esperaba nada a cambio, que estar a su lado como amigo era más que suficiente. Imaginé que realmente así sería, que podríamos seguir siendo como antes. Ella había creído en sus palabras, había abrazado al hombre que consideraba su familia, había prometido que nada cambiaría entre ellos, que su amistad seguiría siendo lo más preciado que tenía en la vida. Imaginé un futuro donde él encontraría a alguien que lo amara como él se merecía, donde nosotros seguiríamos siendo inseparables como siempre.
Pero las promesas son fáciles de hacer y difíciles de cumplir, especialmente cuando se trata de sentimientos que no se pueden controlar como se quisiera. Imaginé que el tiempo curaría todas las heridas, pero el tiempo solo hizo que el silencio entre nosotros se hiciera más pesado.
A partir de ese día, aunque ambos intentaron actuar como siempre, todo fue distinto. Las tardes de domingo en el sillón de terciopelo ya no eran las mismas; había un silencio incómodo entre ellos cuando antes solo había complicidad. Matías dejaba de hablar de sus proyectos cuando ella entraba en la habitación, como si temiera que algo que dijera pudiera hacerle daño. Imaginé que cada palabra que decía era una carga para él, que cada gesto de amistad era una tortura. Dejaba de llamarla todos los días para contarle lo absurdo que había sucedido en su oficina, de enviar mensajes a cualquier hora con frases de sus poetas favoritos, de aparecer en su departamento con helado de vainilla -su favorito- y una peli de terror que ambos odiaban pero que siempre terminaban viendo entre risas y gritos falsos. Imaginé que cada vez que sonreía, lo hacía por obligación, que su alegría ya no era real.
Lucía intentó todo lo que pudo para recuperar lo que habían perdido. Organizó cenas en su casa con sus amigos comunes, planificó un viaje a Córdoba para visitar los museos que tanto habían querido conocer juntos, incluso intentó hablar de nuevo sobre lo que había pasado, pero cada vez que ella intentaba abrir el tema, Matías la interrumpía con una sonrisa forzada y cambiaba de conversación. Imaginé que si lográbamos hablarlo todo, encontraríamos la manera de volver a ser nosotros mismos.
"No hay nada que hablar, Lucía -decía siempre-. Lo dije, lo entendiste, y seguimos siendo amigos. Eso es todo lo que importa".
Pero ella sabía que no era cierto. Sabía que cada vez que la miraba, en sus ojos había un dolor que no lograba ocultar del todo, un pesar profundo que se reflejaba en cada gesto, en cada palabra que dejaba de decir. Y con el tiempo, ese dolor comenzó a reflejarse también en ella, porque ver sufrir a la persona que más amaba en el mundo era un castigo que no se había esperado, un peso que llevaba en el pecho cada día desde que él le había confesado su amor. Imaginé que si yo pudiera sentir por él lo que él sentía por mí, todo sería diferente, pero el corazón no obedece a los deseos ni a la lógica. Imaginé que él podría olvidarme, que podría encontrar la felicidad que yo no podía darle.
Un mes antes de aquel otoño de 2018, Matías había anunciado que se iba a mudar a Barcelona. Había conseguido un puesto en un estudio de arquitectura de renombre, una oportunidad que él mismo había soñado durante años, pero que ahora parecía más una huida que un logro profesional. Lucía recordaba la tarde en que se lo había contado, en el mismo banco de madera donde habían besado bajo la lluvia. Esta vez el sol brillaba con fuerza, calentando la madera y haciendo que el césped del jardín luciera de un verde intenso. Imaginé que estaba mintiendo, que en cualquier momento diría que todo era una broma, que se quedaría.
"Me voy en dos semanas -había dicho él, mirando hacia adelante, sin atreverse a encontrar su mirada-. Es una oportunidad increíble, Lucía. Van a dejarme liderar el proyecto de renovación del casco histórico del barrio gótico. Es lo que siempre he querido hacer".
Ella había sentido cómo se le cerraba el pecho, cómo las pegrimas comenzaban a acumularse en sus ojos a pesar de que intentaba con todas sus fuerzas contenerlas. Sabía que no tenía derecho a pedirle que se quedara, que esta era la oportunidad de su vida, pero al mismo tiempo sentía que se llevaba consigo una parte fundamental de ella misma, que con su partida su mundo volvería a quedarse incompleto. Imaginé que podría ir con él, que podríamos seguir siendo amigos aunque estuviéramos en otro país, pero sabía que eso solo prolongaría su sufrimiento.
"Estoy muy feliz por ti -había respondido con la voz rota-. Te lo mereces más que nadie. Vas a ser un gran arquitecto, Matías. El mundo va a conocer tu nombre".
Había sentido su mirada sobre ella por un largo instante, y luego había sentido su mano en la suya, caliente y firme como siempre. Imaginé que esa mano nunca se soltaría de la mía, que siempre estaría ahí cuando la necesitara.
"Lucía -había dicho con una voz tan baja que casi no la había escuchado-, nunca te voy a olvidar. Nunca habrá nadie en mi vida que sea tan importante como tú. Pero necesito irme. Necesito alejarme para poder seguir viviendo sin sentir que cada día que paso a tu lado es un día en el que estoy mintiendo a mí mismo sobre lo que realmente quiero".
No hubo más palabras entre ellos en aquel momento. Solo el sonido de los pájaros en los árboles, el murmullo del tráfico en la calle cercana, el latido rápido de sus corazones. Lucía había cerrado los ojos y había dejado que sus lágrimas rodaran por sus mejillas, sabiendo que no podía hacer nada para cambiar las cosas, que el daño ya estaba hecho, que su deseo de mantenerlo en su vida como amigo había terminado por hacerle más daño que si hubiera rechazado su amor con crueldad. Imaginé mil escenarios diferentes, mil formas en que todo podría haber sido distinto, pero la realidad era la única que importaba, y la realidad era que se iba. Imaginé que el adiós no sería tan doloroso, pero en ese instante sentía como si el mundo se derrumbara a sus pies.
Ahora, sentada en el sillón vacío, con el café ya frío sobre la mesa de centro y el libro de poesía abierto en la misma página, Lucía pensaba en todas las veces que había deseado poder volver atrás en el tiempo, en poder cambiar las cosas para que nada de esto hubiera sucedido. Pensaba en cómo habría dado cualquier cosa por que Matías siguiera siendo su mejor amigo, por que las tardes de domingo siguieran siendo como antes, por que él siguiera llamándola todos los días para contarle sus historias absurdas y hermosas. Imaginé que si nunca hubiera conocido a Matías, no sentiría este dolor, pero también sabía que su vida habría sido mucho más vacía sin él. Pensaba en cómo nunca había querido hacerle daño, cómo su único deseo había sido protegerlo y amarlo como a la persona más importante de su vida, pero cómo ese mismo deseo había terminado por destruirlo todo. Imaginé que él algún día entendería, que algún día perdonaría el dolor que sin querer le había causado.
El timbre de la puerta sonó de repente, rompiendo el silencio pesado de la sala. Lucía se sobresaltó, cerrando el libro con un movimiento brusco y mirando hacia la puerta con la respiración atrapada en la garganta. Nadie sabía que estaba allí; había dicho a sus amigos y a su familia que necesitaba estar sola unos días, que quería procesar la partida de Matías antes de volver a enfrentarse al mundo. Imaginé que era él, que había cambiado de opinión y había vuelto, pero sabía que eso era solo un sueño. Se levantó con dificultad, sintiendo cómo las piernas le temblaban un poco, y caminó hasta la entrada con pasos lentos y cautelosos.
Al abrir la puerta, encontró en el umbral a una mujer a la que no conocía, de unos cuarenta años, con el pelo castaño recogido en un moño desordenado y unos ojos marrones que la miraban con una expresión de tristeza y comprensión. En sus manos sostenía un ramo de peonías rojas, exactamente iguales a las que Matías siempre le regalaba en su cumpleaños. Imaginé que eran de él, que las había elegido con esmero como siempre lo hacía.
"Lucía Márquez -dijo la mujer con una voz suave y cálida-. Me llamo Clara Vázquez. Soy la madre de Matías".
Lucía sintió cómo se le helaba la sangre en las venas. Había conocido a Clara en varias ocasiones durante los años, siempre en reuniones familiares o en las cenas que organizaba Matías en su departamento. Era una mujer dulce y generosa, que siempre la había tratado como si fuera parte de su propia familia. Pero en aquel momento, al verla allí, con el ramo de peonías en las manos y la mirada cargada de emoción, Lucía sintió una culpa abrumadora que la hizo temblar de pies a cabeza. Imaginé que ella venía a culparla, a decirle que había roto el corazón de su hijo, y sabía que no tendría nada que decir en su defensa.
"Señora Clara -balbuceó ella, intentando encontrar las palabras adecuadas-, no esperaba verte. Entra, por favor. ¿Quieres algo de tomar? Café, té...".
La mujer negó con la cabeza, entrando en la casa y mirando a su alrededor con una expresión nostálgica, como si estuviera buscando rastros de su hijo en cada rincón de la sala. Lucía la acompañó hasta el sillón de terciopelo, sentándose frente a ella con las manos entrelazadas en el regazo, sintiéndose como una niña que ha sido atrapada haciendo algo malo. Imaginé que cada objeto de la sala le recordaba a Clara la ausencia de su hijo, que cada rincón era un recordatorio de lo que había perdido.
"No necesito nada, mija -dijo Clara, acercándose el ramo de peonías hasta el regazo y mirándolo con tristeza-. Matías me pidió que te trajera esto. Me pidió que te lo entregara personalmente el día de su partida".
Lucía sintió cómo las lágrimas volvían a llenarle los ojos, y esta vez no hizo nada para contenerlas. Cogió el ramo de peonías con manos temblorosas, oliéndolas con fuerza como si así pudiera sentir la presencia de Matías a su lado. El aroma era exactamente igual al que él siempre llevaba en su ropa, una mezcla de flores y jabón de almendras que ella siempre había asociado con él. Imaginé que él estaba ahí, a su lado, oliendo las flores con ella, como habían hecho tantas veces antes. Imaginé que podía sentir su mano en su espalda, calmándola como siempre lo hacía cuando lloraba.
"También me dejó una carta para ti -continuó Clara, introduciendo la mano en el bolsillo de su abrigo y sacando un sobre de papel crema, con su nombre escrito en letra cursiva y clara, la misma letra con la que él solía escribirle los mensajes de cumpleaños y las citas de sus poetas favoritos-. Me dijo que no la abrieras hasta que estuvieras sola, hasta que pudieras leerla con calma y sin prisas".
Lucía cogió el sobre con manos temblorosas, sintiendo cómo el papel era suave y cálido bajo sus dedos. Sabía que dentro de aquel pequeño trozo de papel estarían las últimas palabras que Matías le diría, al menos por mucho tiempo, y el miedo y la emoción la dejaron sin aliento. Imaginé qué podría decirme, si me perdonaba, si alguna vez volveríamos a vernos como amigos. Imaginé que las palabras del sobre serían el último lazo que nos uniría, antes de que la distancia nos separara por completo.
"Él también me dijo algo más -añadió Clara, mirándola directamente a los ojos con una expresión llena de ternura y dolor-. Me dijo que nunca te culpes por nada de lo que ha pasado. Me dijo que tú nunca hiciste nada más que ser la persona maravillosa que eres, que tu amistad fue lo más preciado que tuvo en su vida, y que aunque el camino que han tomado juntos haya sido difícil y doloroso, nunca cambiaría nada de lo que han vivido. Me dijo que te ama, Lucía. Me dijo que te amará por siempre, aunque sea de lejos, aunque nunca más puedan estar juntos como antes".
Lucía cerró los ojos, dejando que las lágrimas rodaran libremente por sus mejillas mientras sostenía el ramo de láonías contra su lácho y el sobre con la carta apretado en su mano. Sentía cómo el dolor que llevaba dentro desde hacía meses se abría paso con fuerza, como una herida que finalmente se dejaba curar, y al mismo tiempo sentía una ternura profunda por el hombre que había sido su mejor amigo, por el hombre que la había amado con toda su alma y que ahora se iba lejos para poder seguir adelante con su vida. Imaginé que algún día podríamos volver a hablar sin dolor, sin silencios incómodos, que algún día el amor que él sentía por mí se convertiría en algo más tranquilo, más cercano a la amistad que siempre quise tener con él. Imaginé un futuro donde ambos éramos felices, aunque fuera cada uno por su lado.
Clara se levantó despacio, acercándose a ella y posando una mano sobre su hombro con ternura. "Lo voy a extrañar mucho -dijo con la voz rota-. Pero sé que esto es lo mejor para él. Sé que necesitaba irse para poder sanar, para poder construir un futuro para sí mismo. Y sé que tú también necesitarás tiempo para sanar, mija. Pero nunca olvides que él te ama, que siempre te amará, y que aunque estén separados por miles de kilómetros, la conexión que tienen jamás se romperá".
Después de que Clara se fuera, Lucía volvió a sentarse en el sillón de terciopelo, colocando el ramo de peonías sobre la mesa de centro junto al café frío y el libro de poesía. Cogió el sobre con la carta con manos estables ahora, respiró hondo y comenzó a abrirlo con cuidado, como si estuviera manipulando algo tan frágil como el cristal. Dentro encontró una hoja de papel crema, con la letra de Matías extendida y clara, llena de las rayas que siempre hacía cuando escribía con emoción. Imaginé que al leer esas palabras, entendería finalmente por qué todo había sucedido así, que encontraría la paz que tanto necesitaba. Imaginé que sus palabras serían el puente entre nuestro pasado y nuestro futuro, entre la amistad que fuimos y lo que seríamos desde entonces.
Empezó a leer las primeras palabras, y sintió cómo el mundo alrededor de ella desaparecía, cómo solo quedaban ella y él, conectados por esas letras que habían viajado desde Barcelona hasta su mano, por ese amor que había cambiado sus vidas para siempre.
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odio haber echo que me amaras
RomanceUna historia de amistad, amor no correspondido y el dolor de saber que nuestras acciones -aunque con las mejores intenciones- pueden herir a quienes más queremos. Lucía y Matías son mejores amigos desde la adolescencia: se han compartido cada alegrí...
