Idara llegó al mundo en pleno invierno. El parto fue tan difícil que, cuando nació, tan pequeña, tan delgada, tan quieta, todos creyeron que estaba muerta. Pero vivió contra todo pronóstico.
Llegó en el siglo XV, cuando el mundo parecía haber olvidado la luz. El conocimiento era un privilegio peligroso y las preguntas, un pecado. Desde los púlpitos se dictaba qué debía creer cada alma, qué era virtud, qué era pecado y qué destino aguardaba a quienes se atrevieran a dudar. La voluntad de Dios no admitía discusión, y el miedo hacía el resto.
Generación tras generación, hombres y mujeres aprendieron a bajar la cabeza antes que la mirada. Vivían obedeciendo, rezando y sobreviviendo, convencidos de que pensar por cuenta propia era el camino más corto hacia la condena.
Idara creció siendo la menor de ocho hermanos, y hubo dos cosas que nunca la abandonaron: la enfermedad y el olvido.
Cuando tuvo edad para aportar con su trabajo, ya había escuchado a sus padres decir que no servía para nada. Era tan pequeña que una vaca podía pisarla sin verla. No tenía fuerzas para cargar leña ni para encender el fuego. Los días de lluvia o de frío debía quedarse encerrada en la choza, mientras los demás salían o se enfermaría hasta morir. Idara entendió muy pronto que, para ella, la vida sería todavía más dura. Así que entre todas las actividades que podía aprender, Idara aprendió a cocinar.
Le encantaba tocar la harina, oler las hierbas y probar la comida antes que nadie. Era un trabajo delicado, que exigía cuidado y no fuerza. Además, se hacía bajo techo, lejos del viento y del frío. A los nueve años, cuando su familia salía a la cosecha, Idara era quien mandaba en la cocina.
Allí, entre el humo y la poca comida que les quedaba después de entregar casi todo al rey, encontraba su único refugio. Tenía nueve años, y su mundo no iba más allá de aquellas pocas hectáreas. Nunca había cruzado el último árbol del pueblo.
Hasta que, aquel año, la cosecha fue generosa. En vísperas de la Natividad, su padre le anunció que la llevaría a la ciudad para comprar las especias de la cena.
Fue la primera vez que contempló el mundo más allá de su aldea.
Idara bajó la vista hacia sus propios pies. Sus zapatos de tela gris estaban remendados y cubiertos de fango. Encogió los dedos dentro de ellos. Sintió que el pecho le ardía con una lentitud sofocante, como si hubiera tragado un trozo de pan demasiado caliente. Entonces alzó la mirada.
Frente a ella caminaban unas jóvenes envueltas en vestidos de lana teñidos con colores vivos. Reían despreocupadas, mientras sus zapatos permanecían limpios, ajenos al barro de las calles.
Idara no pudo apartar la vista. Por primera vez deseó tener lo que pertenecía a otra persona. Aquel sentimiento era nuevo, incómodo y abrasador. Nadie tuvo que explicárselo; acababa de descubrir la envidia.
—Padre —llamó la niña.
Sin aguardar a que el hombre se volviera, levantó su mano huesuda y señaló a las jóvenes.
—¿Cuándo podré usar ropa como la de ellas?
Su padre ni siquiera las miró.
—Eso es exclusivo de los nobles. A nosotros nos corresponde aceptar la voluntad de Dios.
Idara guardó silencio.
Desde que tenía memoria, le habían enseñado a rezar. Daban gracias antes de cada comida y antes de cerrar los ojos para dormir. Una vez le preguntó a su madre por qué agradecían a Dios por la comida, si era ella quien la preparaba y su padre quien cultivaba la tierra.
La respuesta fue una bofetada.
—No pronuncies blasfemias. Arrepiéntete de esos pensamientos impuros.
Todavía recordaba el eco de aquellas palabras. A veces se las repetía a sí misma, intentando sofocar cualquier asomo de curiosidad.
Continuaron el camino en silencio.
La mirada de Idara se posó entonces en unas mujeres mayores y corpulentas. Vestían hábitos oscuros y zapatos cerrados. El cabello permanecía oculto bajo paños, y sus manos, cubiertas por unos guantes de tela tan fina que la niña jamás habría imaginado que existieran. De sus cuellos pendían rosarios que destellaban bajo la luz mortecina del mercado.
—¿Quiénes son ellas, padre?
El hombre las miró de reojo, sin detener el paso.
—Son las hermanas.
—¿Hermanas de quién?
—Son monjas. Hermanas de la Misericordia. Asisten a los sacerdotes y rezan por nosotros para que nuestras almas alcancen el cielo.
Idara repitió aquella última palabra en un susurro.
—¿Rezar?
Guardó silencio unos instantes antes de volver a preguntar.
—¿Y qué se obtiene al rezar? ¿Cómo viven ellas? ¿Quién labra su tierra o prepara su alimento?
Su padre se detuvo.
No tenía una respuesta. Nadie le había enseñado otra verdad distinta de la que recibió de su padre, y este, del suyo.
—Nosotros labramos. Nosotros cosechamos. Entregamos una parte al rey y otra a la Iglesia. Ellas rezan por nosotros. Así ha sido siempre.
No hubo enojo en su voz, ni intención de reprenderla. Lo dijo con la misma naturalidad con la que se habla de la lluvia, del frío o del paso de las estaciones.
Idara no volvió a pronunciar una sola palabra durante el camino de regreso.
Esa noche, mientras preparaba la sopa, no entonó ninguna de las melodías que solía tararear. Permaneció inmóvil, con la mirada perdida entre las llamas. Y, por primera vez en su vida, se acostó sin rezar.
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La Leyenda De Idara
ParanormalEn el siglo XV, el mundo yace sumido en la opresión de una Iglesia que prohíbe el pensamiento libre. Para Idara, una joven frágil y enfermiza, ingresar al convento no es un acto de fe, sino una jugada maestra de supervivencia: la única forma de aseg...
