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La casa estaba sumida en un silencio casi absoluto.

Solo el suave pasar de las páginas rompía la calma de la noche.

En el sofá de la sala, iluminado únicamente por la luz de una pequeña lámpara, Senku Snider Houston Ishigami, un niño de apenas ocho años, leía con absoluta fascinación un libro sobre astronomía. Sus ojos recorrían cada palabra con avidez, imaginando cohetes, planetas lejanos y experimentos que algún día construiría con sus propias manos.

La ciencia siempre lograba distraerlo.

Era la única forma de no pensar demasiado.

Su padre, Xeno, seguía encerrado en el laboratorio desde hacía horas. Probablemente ni siquiera había notado que ya era de madrugada. Era algo habitual; cuando trabajaba, el mundo entero dejaba de existir para él.

Y Stanley...

Stanley llevaba dos meses fuera.

Dos meses desde que tuvo que marcharse por una misión de la que nunca dio demasiados detalles.

Antes de irse, se había agachado frente a Senku y, con aquella expresión seria que siempre llevaba, le había dicho:

-Cuida de Xeno mientras no estoy.

Senku había asentido con toda la determinación que un niño podía tener.

Y cumplió.

Todos los días.

Le preparaba comida sencilla cuando veía que Xeno olvidaba almorzar.

Entraba al laboratorio únicamente para dejarle un plato y recordarle que debía comer.

Le insistía para que durmiera, aunque recibiera como respuesta un distraído:

-Cinco minutos más...

Cinco minutos que casi siempre terminaban convirtiéndose en horas.

Aun así, Senku nunca dejó de intentarlo.

Porque se lo había prometido a Stanley.

Aunque, en el fondo, también era una excusa para no sentirse tan solo.

...

El sonido de la puerta principal abriéndose hizo que levantara la cabeza de inmediato.

Por un instante permaneció inmóvil.

Después dejó el libro sobre el sofá y corrió descalzo por el pasillo.

Al llegar a la entrada, la puerta terminó de abrirse.

Allí estaba Stanley.

Con el uniforme algo desordenado, el cabello revuelto y evidentes señales de cansancio en el rostro.

Apenas cruzó la mirada con el pequeño, una ligera sonrisa apareció en sus labios.

-¿Qué haces despierto a esta hora, mocoso?

Senku cruzó los brazos intentando mantener una expresión seria.

-Dijiste que llegarías hace cuatro horas.

Stanley dejó escapar una pequeña risa.

-Buen ataque...

Había olvidado por completo que ese niño tenía una memoria casi perfecta.

Se acercó y, como siempre hacía, revolvió su cabello.

-¡Oye! ¡Me despeinas!

-Es mi derecho.

-No existe ese derecho.

Stanley soltó una carcajada.

Había extrañado responderle ese tipo de cosas.

Eres mio!Historias para obsesionarse. Descúbrelo ahora