El olor a madera vieja, cera para pisos y café recalentado siempre había sido un ancla para Everett Ross. Durante los últimos ocho años, la Universidad se había convertido en su terreno, un espacio que, después de un tiempo, se volvió incluso predecible. El lunes de otoño que marcaba el inicio de un nuevo periodo escolar no era la excepción. O al menos, no debería haberlo sido.
Llegó a las 6:45 AM. Lo aseguró dándole un vistazo a su reloj antes de ajustar algunas alarmas que marcaban su rutina inquebrantable. El campus aún estaba envuelto en la neblina matutina, con las hojas secas crujiendo bajo sus zapatos Oxford perfectamente lustrados. Llevaba un maletín de cuero marrón en la mano derecha y un termo con café negro en la izquierda.
Saludó al guardia de la entrada con un asentimiento de cabeza y se adentró en el edificio de profesores. Subió las escaleras hacia el departamento de humanidades y entró a su cubículo, el cual era un reflejo exacto de su mente retorcida por el perfeccionismo, todos los libros acomodados de forma alfanumérica, carpetas de diferentes colores -cada uno con un significado propio- y su porta lapiceros con todo lo necesario para hacer apuntes de forma veloz.
Se quitó el abrigo gris y lo colgó en el perchero detrás de la puerta. En ese momento, su reloj sonó: faltaban exactamente quince minutos para la junta de inicio de semestre. Era un trámite burocrático que detestaba, pero que debía cumplir, sobre todo porque el rector del campus había convocado a todo el cuerpo docente con carácter de urgencia para anunciar una "incorporación de alto perfil".
Dio un sorbo a su café, sintiendo el calor y la amargura, instalarse en su garganta y, posteriormente, en su estómago. Según sus colegas, su cuerpo realmente estaba hecho de esa bebida, y por ello era tan amargado. Ante el recuerdo, selló el termo mientras consideraba la junta como algo aburrido, innecesario y estúpido.
Por lo general, los nuevos profesores eran jóvenes graduados sedientos de publicaciones o académicos de mediana edad que buscaban un retiro tranquilo en la docencia. Ninguno de ellos era de su muy particular interés.
En cuanto la segunda alarma sonó, anunciando que faltaban cinco minutos para la reunión, el hombre de cabello platinado se levantó. Caminó a paso seguro hacia la sala de juntas del consejo universitario, un espacio imponente de techos altos y ventanas ojivales que daban al jardín central. En el centro destacaba una mesa de roble alargada donde ya se encontraban la mayoría de sus colegas.
El murmullo de las voces y el tintineo de las tazas de porcelana no se hicieron esperar. Entró en silencio y ocupó su lugar habitual, un asiento al fondo. Lo suficientemente cerca de la ventana para desviar la mirada al jardín en cuanto la junta se hiciera aburrida, y lo suficientemente lejos del rector para evitar interacciones innecesarias y preguntas que hasta un alumno sin ninguna experiencia en la docencia podía responder.
-Buenos días, Everett -saludó una de las docentes más reconocidas del campus debido a sus doctorados. Él le regaló una media sonrisa en cuanto ella se sentó a su lado. La mujer continuó, sin importarle el silencio de su compañero-Escuché que el nuevo docente viene de la industria privada. Un pez gordo, según los rumores.
-Los peces gordos suelen traer presupuestos grandes y egos por las nubes -respondió mientras abría su libreta y trazaba una línea recta, evitando el contacto visual. Sentía las miradas de todos aquellos que escuchaban la conversación como un par de buitres esperando un comentario de mal gusto. Sin embargo, no se detuvo- Solo espero que no pretenda quedarse con el laboratorio de cómputo avanzado para sus proyectos personales. Me parece que algunos alumnos de ciencias exactas lo necesitan este semestre.
-Siempre tan tú -sonrió la mujer, sirviendo un poco de agua para té y dándole la espalda para hablar con otro colega.
El profesor se desconectó del momento hasta que las puertas dobles de la sala se abrieron. El rector entró con el decano de la institución a un lado, ambos con expresiones que se dividían entre el orgullo y una ligera preocupación, lo que ocasionó una pequeña risa que fue reprimida por el docente de cabello cenizo. El rector, como era habitual, se situó en la cabecera de la mesa y carraspeó con fuerza para acallar los murmullos que aún sonaban en la sala.
KAMU SEDANG MEMBACA
Amor a Destiempo [StarkRoss]
Fiksi PenggemarEverett Ross siempre creyó que algunas personas llegan a tu vida para desafiar todo aquello en lo que crees, y Tony Stark -el hombre que conoció durante su primer año en la universidad- fue la prueba viviente de ello. A pesar de pertenecer a faculta...
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