ELLA

—Tienes que casarte, Ella. Es la única solución.

Soy consciente, es la única solución.

Encojo mi cuerpo al expirar, y vuelvo a tomar aire tratando de absorber una fuerza que no existe, una que imagino flotando a mi alrededor en forma de halo protector. Busco el valor que necesito para sostener esta maldita locura, ese valor que sé que poseo, pero que ante tremendo caos ha decidido huir. Imagino que estará por aquí, en algún lugar.

Por desgracia, mis pulmones tan solo se llenan de oxígeno y del persistente olor a barniz. Me gustaría negarme, declinar su petición educadamente y continuar con mi vida tal y como ha sido hasta ahora, pero no puedo.

Y no solo porque me hayan educado en la obediencia, si no porque toda mi herencia está en peligro.

—Papá... —balbuceo. Mi voz apenas suena mía, es más un reflejo que una queja en sí. Todavía no logro asimilar lo que sucede.

Observo la sala y mi mirada salta de un lado a otro, desesperada por aferrarse a algo, lo que sea. Analizo a Annie, mi madre, aparentemente impasible, con los ojos fijos en la descomunal puerta de madera tallada a mano que mi abuelo encargó a un ebanista renombrado. Después a Mathew, mi padre, bajando la pantalla del portátil que reposa frente a él en el escritorio. No obtendré nada de ninguno de ellos. Tan solo aguardan hasta que esto termine.

Trato de buscar una salida que no me involucre, una grieta por la que poder escapar, pero mi mente se niega a cooperar. No puedo pensar con claridad, el latido de mi corazón ensordece todo lo que me rodea haciéndome consciente de él y del ruido que la sangre emite dentro de mi. Bombea con tanto ímpetu, con tanta violencia, que siento que voy a explotar. El zumbido reverbera feroz acaparando mi espacio auditivo, colonizando mi mente y expulsando cualquier atisbo de pensamiento sensato.

A duras penas soy capaz de escuchar la imperativa e inflexible orden que mi progenitor esta apunto de dedicarme:

—Tienes exactamente seis meses a partir hoy para encontrar un marido a la altura de las circunstancias. Si no consigues al candidato idóneo en ese periodo de tiempo, tu abuelo concertará el enlace con el pretendiente que ha elegido.

La sentencia es firme e irrevocable.

Estoy condenada. Casada mas bien.

Siento como cada centímetro de mi piel arde y se humedece mas y mas a cada segundo que pasa. Aun así, trato de aparentar calma.

Sabía que este momento podía llegar, que una de las posibles soluciones pasaba por mis manos, pero esperaba no tener que pagar tan alto precio. Voy a ser otra de las tantas herederas de esta sociedad elitista que ha de ser sacrificada por el "bien" de nuestro apellido. 

Nuestras diferencias afloran hoy más que nunca. Jamás me dirijo a ellos desde la insolencia o la negación. La estricta educación con la que he sido criada no contempla semejantes desplantes dentro del núcleo familiar, como tampoco los admite el rígido mundo de la alta sociedad neoyorquina. Sería un auténtico disparate que una familia con poder enseñara a sus hijos a pensar por sí mismos y a elegir su propio camino. Todos han de ser medidos por la misma vara, y transmitirlo así a sus generaciones venideras. La individualidad es un lujo, la obediencia, una obligación.

Aun así, la rabia y las palabras que me guardo me hierven en la garganta, que no las expulse no significa que acepte de buen grado. Simplemente me limito a aceptar lo que se espera de mi.

Fuera de estas altas y ampulosas paredes, soy quien soy... o quien me permito ser. No sé muy bien quien soy, apenas tengo tiempo de ser. Pero sí de rendir. Dentro de esta casa, en cambio, soy aquello que ellos esperan. La línea entre el temor y el respeto, en mi caso, siempre ha sido peligrosamente difusa.

Tú te vas a casar conmigo.Stories to obsess over. Discover now