La alarma sonó a las cinco de la mañana. Noa Vanz apagó el despertador de un manotazo y se incorporó en la cama, frotándose los ojos. A sus diecisiete años, su rutina era la misma desde hacía tres años ya: levantarse antes del amanecer, entrenar en el gimnasio de box donde trabajaba, ducharse, ir a la escuela. No era la vida que muchos omegas llevaban, pero Noa nunca había sido como los demás.
Se vistió en silencio para no despertar a sus padres. John y María Vanz eran betas trabajadores que se habían esforzado toda la vida para darle una educación decente. Cuando Noa se presentó a los catorce años y resultó ser un omega, temieron por su futuro. Pero pronto descubrieron que su hijo no era un omega común. Noa era dominante.
Sus feromonas no eran las dulces y sumisas que caracterizaban a la mayoría de los omegas. Las suyas tenían fuerza, control, capacidad de sometimiento. Sus celos eran intensos como los de un alfa, y ningún alfa había logrado jamás doblegarlo. En la cancha de basquetbol era una estrella, y en el ring de box, incluso los alfas lo respetaban.
—Hijo, ¿ya te vas? —la voz somnolienta de su madre llegó desde el pasillo.
—Sí, mamá. Volveré para el desayuno —respondió Noa, colgándose la mochila al hombro.
María apareció en la puerta, envuelta en su bata. Sus ojos reflejaban ese amor incondicional que siempre lo había sostenido.
—Ten cuidado, mi amor. Y recuerda tomar tus supresores.
Noa asintió. Los supresores eran necesarios en la escuela, aunque su cuerpo los rechazaba más que el de otros omegas. Su naturaleza dominante peleaba contra la química diseñada para apaciguarlo. El gimnasio estaba vacío cuando llegó. Noa envolvió sus manos con las vendas tuvo cuidado y comenzó a golpear el saco. Cada impacto era liberación, control, poder. Aquí no tenía que fingir ser menos de lo que era.
—Llegas temprano, como siempre —dijo Marcos, el dueño del gimnasio, un beta mayor que lo había tomado como su pupilo
—Hoy tengo a un cliente nuevo que quiere entrenar. Dice que escuchó de ti.
Noa se detuvo, limpiándose el sudor de la frente.
—¿Otro que quiere probar si puede vencerme?
Marcos sonrió.
—Algo así. Pero este es diferente. Tiene... reputación.
La escuela pública estaba alborotada esa mañana. Noa llegó justo cuando el director y varios profesores cruzaban el patio principal acompañando a un grupo de hombres trajeados. En el centro caminaba un hombre que destacaba entre todos.
—¿Qué está pasando? —le preguntó Noa a su amiga Sofía, una beta de su clase que estaba junto a la reja observando.
—Es Dominic Volkov —susurró Sofía con los ojos muy abiertos
—El empresario. Dicen que va a donar una fortuna a la escuela. Nueva cancha de basquetbol, laboratorios, becas... todo para evitar pagar impuestos, pero igual es dinero.
Noa frunció el ceño mientras observaba al grupo. Dominic Volkov debía tener unos veinticinco o veintiséis años, alto, de complexión atlética, cabello oscuro perfectamente peinado y un traje costoso. Pero lo que realmente llamaba la atención era su presencia: feromonas de alfa clase S, densas y controladas, como una tormenta contenida.
—También dicen que está conectado con la mafia —continuó Sofía en voz baja
—Negocios turbios. Pero es tan rico y poderoso que nadie se atreve a investigarlo demasiado.
Noa puso los ojos en blanco.
—Otro alfa rico jugando a la caridad. Vamos, llegaremos tarde.
Pero justo cuando se daba la vuelta, el viento cambió de dirección. Dominic Volkov estaba a mitad de una conversación tediosa con el director sobre "inversión en el futuro" y "responsabilidad social" cuando lo golpeó. Un aroma. Bosque profundo con un toque floral. Inusual. Embriagador. Y con un poder que hizo que cada instinto alfa en su cuerpo se pusiera alerta.
Se detuvo en seco, interrumpiendo al director a media frase. Sus ojos grises barrieron el patio de la escuela, buscando la fuente. Había docenas de estudiantes: betas, algunos alfas, omegas... pero ese aroma no era como ningún omega que hubiera conocido. Entonces lo vio. Un joven delgado pero atlético, de cabello castaño despeinado y ojos decididos, caminaba hacia el edificio con una mochila al hombro. Llevaba el uniforme de la escuela pública, desgastado pero limpio. No parecía intimidado por la presencia de Dominic ni por sus feromonas. De hecho, ni siquiera lo había mirado dos veces.
Dominic dio un paso en su dirección, casi sin darse cuenta. El joven se detuvo. Giró la cabeza lentamente, y sus miradas se encontraron a través del patio. Por un segundo, el mundo se redujo a ese momento. Noa sintió las feromonas del alfa golpearlo con fuerza, intentando evaluarlo, dominarlo. Pero su naturaleza dominante respondió instintivamente. Liberó una ráfaga sutil de sus propias feromonas. No de sumisión, sino de advertencia. No soy presa.
Los ojos de Dominic se oscurecieron. Su mandíbula se tensó. Ningún omega le había respondido así jamás. La mayoría se doblegaba ante su mera presencia. Pero este... este omega lo estaba desafiando. Una sonrisa peligrosa curvó los labios de Dominic. Noa sostuvo su mirada un segundo más, luego se dio la vuelta y entró al edificio sin prisa, como si nada hubiera pasado.
—¿Señor Volkov? —la voz del director lo sacó de su trance
—¿Desea que continuemos con el recorrido?
Dominic tardó un momento en responder, sus ojos aún fijos en la puerta por donde había desaparecido el joven.
—¿Quién era ese estudiante? —preguntó, su voz más grave de lo usual.
El director parpadeó, confundido.
—¿Cuál, señor?
—El de cabello castaño. Uniforme azul. Acaba de entrar.
El director miró hacia la entrada, pero había demasiados estudiantes.
—Lo siento, señor Volkov, tendría que ser más específico...
Dominic apretó la mandíbula. No importaba. Lo averiguaría.
—Continúe con el recorrido —dijo finalmente, aunque su mente ya estaba en otra parte.
Dentro del salón, Sofía le dio un codazo a Noa.
—¿Viste cómo te miró ese alfa? Parecía... obsesionado.
Noa se dejó caer en su asiento, sacando sus libros.
—Es solo otro alfa con ego inflado que no está acostumbrado a que lo ignoren.
Pero mientras el profesor comenzaba la clase, Noa no pudo sacudirse la sensación de que algo había cambiado. Dominic Volkov había entrado a su mundo, y algo le decía que ese breve encuentro en el patio no sería el último. En algún lugar del edificio administrativo, Dominic Volkov firmaba documentos sin prestarles atención, su mente completamente enfocada en una sola cosa. Bosque y flores. Poder y desafío. Tenía que encontrar a ese omega.
La puerta se abrió y Noa entró arrastrando los pies, exhausto después de un día completo en la universidad. Se detuvo en seco al ver la mesa puesta con los platos buenos y una caja de Pollo en el centro.
—¿Qué...? —miró a sus padres, confundido.
John estaba sentado a la mesa, todavía con su ropa de trabajo de la construcción cubierta de polvo y cemento, pero sonriendo de oreja a oreja. María, con su uniforme del tienda donde trabajaba todavía puesto, tenía los ojos brillantes de emoción.
—¡Sorpresa! —dijeron al unísono.
—¿Qué está pasando?
María lo jaló hacia la mesa.
—Tu entrenador de debate me llamó a la tienda hoy. Dijo que quedaste en primer lugar en el concurso estatal. ¡Primer lugar, Noa!
—Y que universidades privadas están preguntando por ti —añadió John, su voz quebrándose de orgullo—. Posibles becas completas.
Noa sintió que se le cerraba la garganta.
—Papá, mamá... no tenían que comprar esto. Sé que es caro...
—Nada es demasiado caro para celebrar a nuestro hijo —interrumpió John firmemente
—Trabajé dos horas extra esta semana. Y tu madre cubrió el turno doble del domingo. Queríamos hacer esto.
—Queríamos que supieras cuán orgullosos estamos —dijo María, sirviendo pollo en su plato
—Trabajas tanto, estudias tanto, y todavía encuentras tiempo para brillar.
Noa miró el pollo frito, luego a sus padres. Su padre con las manos callosas y raspadas de cargar ladrillos todo el día. Su madre con los pies hinchados de estar parada ocho horas en la caja registradora. Todo por él.
—Los amo —susurró, las lágrimas amenazando con salir
—Los amo tanto.
—Y nosotros te amamos más —María lo abrazó fuerte
—Ahora come. Esta noche no estudias, no trabajas. Solo disfrutas.
John levantó su vaso de agua.
—Por Noa Vanz. El mejor debatista del estado. Y el mejor hijo del mundo.
—Por Noa —repitió María.
—Por nosotros —dijo Noa, su voz temblorosa
Chocaron los vasos y comenzaron a comer. El pollo estaba crujiente y perfecto. Y aunque era solo una cena sencilla en una cocina pequeña, para Noa era el banquete más valioso del mundo.
Más tarde, los tres estaban acurrucados en el sofá viendo televisión. Noa se quedó dormido entre ellos, exhausto pero feliz. María y John se miraron por encima de su cabeza.
—Valió la pena cada peso —susurró John.
—Y cada hora extra —concordó María, acariciando el cabello de Noa
—Nuestro hijo va a llegar lejos.
—Ya llegó —murmuró John
—Nos tiene a nosotros. Y nosotros lo tenemos a él.
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Feromonas de poder
RomanceOmega desafiante es perseguido por un alfa nivel S obsesionado. Lo que el depredador no esperaba: este omega pelea, resiste y desafía cada intento de dominación. Esa rebeldía feroz enciende una obsesión peligrosa que consumirá a ambos sin piedad.
