El sol se hundía tras las dunas doradas, tiñendo de tonos rojizos las columnas del gran palacio de Tebas. Izana Kurokawa, faraón del Alto y Bajo Egipto, señor de las Dos Tierras, descansaba reclinado sobre un diván de ébano y oro en sus aposentos privados. Su cabello blanco plateado ondeaba gracias a la leve brisa que circulaba en el lugar.
—Que entre —ordenó con voz baja pero firme. Su voz resonó en la sala como una sentencia.
Los guardias inclinaron la cabeza y abrieron las puertas. Una joven entró, escoltada por dos sirvientas que se retiraron inmediatamente al gesto de Izana. La puerta se cerró con un sonido sordo, dejándolos completamente solos por primera vez.
Shinyuu permaneció de pie en el centro de la estancia, con las manos juntas detrás de su espalda, tratando de apaciguar el temblor de las mismas con su mirada clavada en el suelo frío de mármol. Vestía una túnica de lino casi transparente, ceñida bajo el pecho con un cinturón de cuentas de oro. Su cabello blanco caía en ondas brillantes hasta su cintura. Era extrañamente hermosa.
Izana la estudió en silencio durante varios segundos. La luz del atardecer que entraba por las ventanas altas dibujaba sombras alargadas sobre su piel.
—Acércate —dijo al fin, suavizando ligeramente el tono.
Shinyuu dio unos pasos inseguros. Sus sandalias de cuero apenas hacían ruido sobre el suelo de mármol pulido. Cuando estuvo a pocos metros, se arrodilló con gracia, tal como le habían enseñado las sacerdotisas del templo.
Era su primera noche como concubina real. La habían elegido entre las hijas de nobles vasallos por su apariencia atípica y su gracia al moverse. Ahora, sola ante el faraón, sentía que el corazón lo vomitaría en cualquier momento.
Izana se incorporó lentamente. Se acercó a ella con pasos ligeros, deteniéndose a solo un brazo de distancia. El aroma a mirra de la joven llegó hasta él.
—Shinyuu —dijo, probando su nombre como si saboreara un vino nuevo—. Levanta la mirada. No pienso hablarle a la coronilla de mi nueva concubina.
Ella tragó saliva y obedeció. Sus mejillas ardían. Sus manos temblaban ligeramente a los costados, aunque intentaba mantenerlas quietas.
—Mi señor... Faraón —susurró con voz temblorosa mientras que sus ojos se encontraban con los de él—. Es un honor estar hoy aquí ante usted.
Izana inclinó ligeramente la cabeza, estudiándola como quien examina una joya recién llegada de lejanas tierras.
—Estás temblando —observó Izana, casi con curiosidad—. ¿Tanto temes al faraón?
Shinyuu tragó saliva. Sus mejillas se tiñeron de un suave rosa.
—Es... es la primera vez que estoy a solas con alguien como usted, mi señor. He sido preparada para servirle, pero... no sé qué espera de mí esta noche.
Las palabras se le atoraron. Bajó la mirada de nuevo, avergonzada por su propia torpeza.
—Eres la primera que entra a mis aposentos con ese temblor tan evidente. La mayoría intentan seducirme con miradas calculadas o palabras dulces. Tú, en cambio, parece que vas a desmayarte en cualquier momento.
Shinyuu apretó los labios. Sentía que las rodillas la traicionarían.
Izana extendió la mano y rozó con dos dedos la barbilla de la joven, levantándola un poco más para mirarla directamente a los ojos. No fue un gesto brusco, pero sí posesivo.
—Eres nueva —reconoció—. Y eso te hace interesante. No busco solo cuerpos en mi harén, Shinyuu. Busco lealtad, inteligencia... y alguien que no finja ser lo que no es. —Su pulgar rozó suavemente su labio inferior—. ¿Tienes miedo de mí?
Ella dudó, pero no apartó la mirada.
—Sí —admitió en un hilo de voz—. Miedo de no poder cumplir con mi propósito esta noche. Miedo de que me encuentre aburrida.
El faraón soltó una risa baja. Se alejó un paso y señaló el diván junto al suyo.
—Siéntate. Bebe algo de vino. Habla conmigo. Quiero conocer a la mujer que los sacerdotes del templo de Hathor dijeron que tenía "ojos como zafiros deslumbrantes y una apariencia que podría ser la personificación de las flores de jazmín".
Shinyuu obedeció, sentándose con cuidado en el borde del diván. Sus manos seguían temblando cuando aceptó la copa de oro que él mismo le ofreció. El vino era dulce, aromatizado con especias.
—Mi señor, me atrevo a preguntarle por qué se decidió por mí —preguntó con valentía creciente—. Hay mujeres más hermosas, capaces de estar bajo el sol sin padecer algún daño.
Izana se sentó a su lado, tan cerca que su rodilla rozaba la de ella.
—Porque cuando te vi en la ceremonia de presentación, no bajaste la mirada como las demás. Me miraste solo un segundo, pero fue suficiente. Había curiosidad en tus ojos, no solo deseo y ambición. Eso es raro en mi palacio. —Se inclinó ligeramente hacia ella—. Y porque quiero ver cómo esa curiosidad se transforma en algo más.
Sus dedos rozaron la mejilla de ella, apartando un mechón de cabello de su rostro para mirarla más detenidamente.
El silencio cayó entre ellos, solo roto por el sonido de sus respiraciones y el latido del corazón de Shinyuu. Sentía el calor del cuerpo del faraón junto al suyo, el peso de su mirada. Su nerviosismo no desaparecía, pero ahora se mezclaba con algo más: una extraña fascinación por aquel hombre que gobernaba un imperio y, sin embargo, parecía interesado en escuchar su voz.
—¿Y si... no sé cómo comportarme, mi señor? —susurró.
Esta noche no quiero una concubina obediente y asustada —dijo Izana—. Quiero conocerte. Quiero saber quién eres cuando nadie te observa. Dime, Shinyuu... ¿Qué deseas tú en este momento?
Ella parpadeó, sorprendida por la pregunta. Nadie le había preguntado eso jamás.
—Quiero... complacerlo, mi señor —respondió con honestidad—. Quiero entender al hombre detrás de la corona.
Izana la miró fijamente. Por primera vez en mucho tiempo, algo parecido a una chispa de genuino interés brilló en sus ojos violetas.
—Entonces siéntate conmigo, olvida por un rato que soy el faraón. Esta noche, solo soy Izana.
Izana sonrió de lado para acto seguido besarla.
—Esta noche solo quiero que estés cerca de mí. El resto... vendrá cuando dejes de temblar.
Declaró al separarse ligeramente de ella.
Shinyuu suspiró, bajando la guardia por primera vez desde que atravesó esa puerta; una tímida sonrisa asomó en sus labios.
—Como desee usted, mi faraón.
Pronunció antes de acercar su rostro al de él, juntándose en uno mismo hasta los primeros rayos del siguiente amanecer.
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One shots
FanfictionAqui escribiré cualquier cosa que se me ocurra con cualquier temática no seguirá un orden solo trozos de historias sueltas.
