Capítulo 1 - La determinación para ganar

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Kohaku miró al frente, con la vista clavada en su objetivo. Jadeaba con dificultad, el sudor deslizándose por la frente, así que se tomó un segundo para limpiárselo con el dorso de la mano. Fue entonces cuando notó el dolor punzante en los antebrazos, provocado por los moretones que empezaban a formarse.

A esas alturas, ya había perdido la cuenta de cuántas veces se había caído.

Respiró hondo, imaginando que expulsaba el dolor mientras sacudía los brazos y exhalaba con fuerza. Luego, en un instante, se lanzó a toda velocidad por la pista. Al llegar al final, saltó al trampolín y ejecutó un salto de manos en el potro.

Durante el vuelo, realizó un salto en extensión con giro de una vuelta y media. Por un instante, ubicó el suelo y se preparó para el aterrizaje.

Y finalmente... por primera vez en semanas... completó un giro de quinientos cuarenta grados en el aire, aterrizando limpia sobre sus pies, aunque con un pequeño paso lateral.

Kohaku se felicitó mentalmente por haber logrado ejecutar con éxito el salto de manos con Rudi, con el que había batallado durante tanto tiempo. No es que una vuelta y media fuera demasiado para ella, sino que solía aplicar demasiada fuerza en el despegue. Ese exceso casi siempre terminaba en dos giros completos, y la energía cinética sobrante solía lanzarla hacia adelante, obligándola a apoyarse con los antebrazos... por eso los moretones.

Pero después de tanto esfuerzo, por fin había superado la memoria muscular y logrado controlar su fuerza lo suficiente como para dominar ese salto. Ahora era simplemente otra habilidad más para añadir a su repertorio.

Entonces, de la nada, Kohaku oyó el estruendoso eco de un aplauso lento que la sacó de su ensimismamiento. Miró hacia donde provenía el sonido y allí estaba su padre, Hizashi Kokuyo.

—¡Papá! Estás aquí.

—Sí, y debo decir... estoy bastante satisfecho con el progreso que acabo de ver. Parece que por fin lograste colocar ese dichoso salto en el que has estado entrenando.

—Bueno, ¿qué puedo decir? Tengo un gran entrenador y una voluntad de hierro para no rendirme... sin mencionar que tengo al mejor modelo a seguir.

—Sí, bueno... eso es obvio. —Kokuyo se sonrojó ante los elogios de su hija, pero mantuvo la cabeza en alto para disimular la timidez con orgullo—. Muy pronto ganarás tu propia medalla de oro olímpica, igual que tu querido padre.

—¡Ja! ¿Por qué conformarme con una sola? Pienso superarte y ganar al menos dos medallas de oro.

—¡Ja, excelente! Eso me gusta oír. Eres igualita a tu papá, Kohaku. Ahora, volvamos a casa y disfrutemos de una buena comida. ¡Te la ganaste con creces!

—Bueno, ya me conoces. Jamás rechazaría una buena comida. ¡Vamos! Tengo muchísimas ganas de contarle a Ruri lo de mi salto.

—Sí, estoy seguro de que le...

—¡Kokuyo! —exclamó una voz grave justo cuando estaban por dirigirse hacia la salida. Era Jasper, el entrenador de Kohaku. —¿Olvidaste que fui yo quien te llamó?

—¡Ah, sí! ¿Cómo pude olvidarlo? Kohaku, ve a esperar al coche; ahorita voy —dijo, entregándole las llaves.

—Bien. —Kohaku no pudo evitar sentir curiosidad. ¿Por qué Jasper quería hablar con su padre de repente? ¿Estaría metida en algún problema?, se preguntó.

—No hiciste nada malo, Kohaku —la tranquilizó Jasper al notar la preocupación en su rostro—. Hoy estuviste excelente, como siempre.

Eso bastó para calmarla. Ya más tranquila, fue a esperar al coche como le habían indicado. Pero en cuanto estuvo fuera del alcance del oído, comenzó la típica lluvia de comentarios mala onda.

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