Parte única.

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Sae empuja el carrito del supermercado con aburrimiento, arrastrando los pies por el largo pasillo de las infusiones. Lleva un buen rato en la misma sección y sigue sin encontrar su té favorito de algas saladas. Empieza a plantearse seriamente si se han agotado o si a algún genio le ha dado por cambiarlo de sitio.

Es sábado por la tarde y, como no tenían nada que hacer, él y Bunny decidieron salir a hacer las compras de la semana, ya que en el departamento del alfa la nevera daba lástima y las tiendas estarían cerradas mañana. Voltea su rostro, comprobando si Bunny ha vuelto; se supone que solo iría al sector de congelados por un bote de helado, pero han pasado diez minutos y aún no regresa. Suelta un suspiro de cansancio, imaginándose al mayor plantado frente a las neveras sufriendo una crisis existencial para decidir qué sabor comprar. Pensando que no vale la pena ir a buscarlo, Sae vuelve a centrar su atención en los tés.

Inspecciona cada rincón de las estanterías hasta que finalmente localiza el paquete en el estante superior de todos. Hunde un poco las cejas y se acerca para ponerse de puntillas mientras estira el brazo hacia arriba.

«Para una vez que de verdad necesito al imbécil de Bunny, el muy idiota desaparece», se queja en sus adentros, poniéndose de puntillas y dando un par de saltitos ridículos por llegar. Pero justo cuando la punta de sus dedos está a punto de rozar la bolsa de té, un sonido llama su atención. Podría reconocer esa voz incluso a kilómetros de distancia. Se separa de la estantería, olvidándose del té y del carrito, y avanza unos cuantos pasos para asomarse hacia el pasillo continuo.

Los puños se le aprietan de forma inconsciente, sus cejas se fruncen aún más y tensa los labios en una fina línea al ver a Bunny un par de pasillos más adelante. Está con un chico que, por su uniforme, deduce que es un empleado del lugar. Ve cómo Iglesias ayuda al desconocido a acomodar una caja pesada en lo alto de una estantería, el empleado —que por sus facciones y sutiles movimientos es, sin lugar a dudas, un omega— no para de sonreírle mientras le agradece.

Tanto Sae como su lobo sueltan un gruñido de molestia. Se supone que Bunny es SU alfa, ¿por qué mierda tiene que estar ayudando a otro omega? Él también necesita su maldita ayuda, pero el imbécil prefiere andar de caballeroso con cualquiera.

El mal humor comienza a crecer con cada segundo que pasa, siente que en cualquier momento podría explotar de rabia, pero prefiere disimularlo un poco y da media vuelta para volver a lo suyo. Regresa a la estantería de antes y vuelve a dar un par de saltos frustrados. Sin embargo, un brazo ajeno se extiende por encima de su hombro, alcanzando la bolsa de té con total facilidad.

Sae suelta una maldición por lo bajo y se gira sobre sus talones, dispuesto a insultar a la persona que se haya atrevido a quitarle lo que quería, pero su expresión se vuelve todavía más fastidiosa al encontrarse con Bunny. El alfa sostiene el paquete de té en una mano, mientras que en la otra lleva un bote de helado de vainilla con trocitos de chocolate.

—No necesitaba tu ayuda —masculla el omega, arrebatándole el paquete de mala gana para arrojarlo dentro del carrito con desdén.

Iglesias parpadea un par de veces, un tanto desconcertado por el comportamiento hostil del menor, pero solo atina a asentir en silencio mientras deja el helado dentro del carro.

—¿Pasa algo? Te noto raro —dice Bunny, observándolo fijamente a la vez que ladea un poco la cabeza, como si estuviera escaneando cada uno de sus movimientos.

Sae lo ignora y está a punto de empujar el carrito para ir a pagar e irse de una vez cuando un olor extraño le llega a las fosas nasales. No es demasiado denso, pero sí lo bastante perceptible como para llamarle la atención e incomodarlo: un aroma a rosas que le resulta muy desagradable. ¿De quién mierda es ese olor?

Mío | BunSaeStories to obsess over. Discover now