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Emma creía que era una princesa

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Emma creía que era una princesa.

Y, para ser justos, no era culpa suya.

Su padre se había encargado de que así fuera.

Decía que vivían en un pequeño reino, no muy lejano, donde las reglas eran distintas: el desayuno podía ser de galletas con chispas de chocolate, las mantas eran capas reales y las noches terminaban cuando la última princesa de la televisión se despedía de la pantalla.

Casi siempre, él la encontraba profundamente dormida en el sofá, abrazando un cojín mientras las películas seguían reproduciéndose una tras otra.

Entonces la cargaba con cuidado, como si llevara en brazos a la heredera de un reino entero, y la llevaba hasta su cama sin despertarla.

Era como un sueño del que nunca quería despertar.

Emma amaba a su padre. Amaba al rey de aquel pequeño reino de algodón de azúcar, donde las preocupaciones no existían y las princesas siempre encontraban un final feliz.

Y, aunque el tiempo siguió avanzando, había cosas que Emma nunca quiso dejar atrás.

Cuando se convirtió en adolescente, seguía viendo películas de princesas y coleccionando pequeñas pegatinas que cada mañana colocaba cuidadosamente sobre su rostro. Estrellas, corazones, flores y lunas convivían con las incontables pecas que cubrían sus mejillas, como si el cielo hubiera decidido quedarse a vivir en su piel.

También llevaba demasiado colorete y un sinfín de brillo sobre los párpados y los labios. Le gustaba verse como un dibujo, como un cuento, como alguien incapaz de renunciar a la magia.

Sus compañeros de clase no lo entendían.

Algunos la llamaban rara.

Otros pensaban que era incluso más extraña que los emos o los otakus.

Para ellos, Emma era simplemente una chica que se negaba a crecer, alguien que seguía aferrándose a una infancia que el resto había decidido abandonar hacía mucho tiempo.

Pero Emma nunca creyó que hacerse mayor significara dejar de soñar.

Y quizá tenían razón.

Quizá Emma sí se aferraba a una parte de su infancia.

Pero ¿qué tenía de malo?

A pesar de las pequeñas burlas y de los comentarios pasivo-agresivos de sus compañeros de clase, Emma jamás sintió la necesidad de cambiar. Se sentía cómoda siendo quien era.

No se imaginaba yendo de botellón, fumando marihuana o haciendo cosas solo para parecer más adulta.

Si crecer significaba renunciar a la ilusión, a las películas de princesas, a las pegatinas de estrellas y al brillo que tanto le gustaba,

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