El agua estaba en el punto justo, a unos ochenta grados, ni un milímetro más. Julieta acomodó la bombilla con la precisión de quien repite un ritual sagrado todos los días de su vida y cebó el primer mate. Se sentó con las piernas cruzadas en el sillón del living, dejando que su larguísimo pelo castaño oscuro cayera hacia un costado, rozando su cintura y resaltando el tono trigueño de su piel.
A través de la ventana se escuchaba el ruido típico de la tarde: los autos pasar, algún bocinazo lejano y el murmullo de un día común en Buenos Aires. Para Juli, ese departamento era su mundo entero. Un mundo que, hasta hacía una semana, parecía inamovible.
Todo había cambiado el martes pasado. Julieta todavía se acordaba del sobresalto al ver el código internacional en la pantalla de su celular mientras merendaba.
-¿Hola? -había atendido ella, con un tono de duda.
-Juli, hola. Habla tu papá -la voz imponente de Toto llenó la línea. Hablaba en un español fluido, pero con esa tonada europea tan suya que a Julieta siempre le recordaba lo lejos que estaba-. ¿Cómo estás, Juli? Espero no interrumpir.
-Hola... pa. No, todo bien, justo estaba merendando. ¿Pasó algo? -le había respondido, sintiendo esa distancia incómoda de siempre.
-No, nada malo. Al contrario. Estuve pensando mucho, Juli. Ya terminaste la secundaria en Argentina y no quiero que sigamos estando tan lejos -Toto había hecho una pausa corta, directo y sin rodeos-. Quiero que te vengas a vivir conmigo a Europa este año. Quiero que veas lo que hago en la Fórmula 1, que conozcas mi mundo y, sobre todo, que convivas con nosotros en casa. Te extraño, Juli.
A Julieta se le había estrujado el corazón. Se había quedado helada, mirando a su mamá, que la observaba desde el otro lado de la mesa.
-Pa... es un montón -había balbuceado Julieta, con un nudo en la garganta-. O sea, gracias, pero... mi vida está acá. Allá no tengo amigos, no conozco a nadie... y no sé si voy a encajar en tu mundo.
-Sé que es un cambio grande, Juli, pero no vas a estar sola, vas a estar conmigo. Pensalo, por favor. Ya sos grande y nos merecemos este tiempo juntos. Organizamos todo para que viajes la semana que viene.
Al final, la insistencia de su papá y la mirada de apoyo de Alicia la habían terminado de convencer, aunque el miedo seguía intacto.
-¿Llegaste a guardar los buzos pesados, Juli? Mirá que allá es otra estación y te vas a congelar -la voz de Alicia llegó desde la cocina, trayéndola de vuelta al presente.
Alicia apareció en el living con una sonrisa que no terminaba de ocultar la nostalgia en sus ojos. Se sentó enfrente de su hija y recibió el mate que Julieta le tendía.
-Sí, ma. Entró todo en la valija grande. Igual... todavía no me cae la ficha -admitió Juli, con la mirada fija en el termo-. Tengo un cagazo bárbaro, mamá. No sé qué hago viajando al otro lado del mundo para instalarme en su casa.
-Es un cambio enorme, mi amor. Pero es tu papá, y es una oportunidad para conectar.
-Pero yo no me acuerdo de nada de cuando vivía con él, ma -la interrumpió Julieta, sintiendo que la angustia le apretaba el pecho-. Se separaron cuando yo tenía cinco años. Para mí es casi un extraño que veo por videollamada entre sus reuniones y las carreras. No sé cómo es convivir con él las veinticuatro horas. Y encima no tengo amigos allá, voy a estar completamente sola en un ambiente que no es el mío.
Julieta suspiró, mirando de reojo el celular que descansaba sobre la mesa. Lo que más le pesaba no era la F1, sino la culpa.
-¿Y vos? -preguntó Juli, mirando a Alicia a los ojos-. Nunca viví sin vos, ma. Siempre fuimos nosotras dos acá. Me da pánico dejarte sola, pensar que te vas a quedar acá y yo allá arriba de un avión metiéndome en la vida de otra persona.
Alicia dejó el mate sobre la mesa, se estiró y le agarró las manos con fuerza, sonriéndole con esa ternura que solo una madre tiene.
-Yo voy a estar bien, Julieta. Viví toda mi vida antes de que vos nacieras, no me voy a morir por unos meses -bromeó dulcemente, aunque se le humedecieron los ojos-. Me vas a llamar todos los días, me vas a mandar fotos de todo y vas a aprovechar para conocer a tu papá. Te lo merecés.
Además de la distancia y el desarraigo, estaba el factor Susie. Solo pensar en tener que mudarse al mismo techo con la actual esposa de Toto hacía que a Julieta se le endureciera la mandíbula. Sabía que Susie era una mujer importante y exitosa, pero para ella, por pura lealtad a Alicia, era una figura sumamente incómoda. Sentía que se metía en una casa perfecta donde ella iba a desencajar por completo.
-No sé cómo me va a ir viviendo con ella, ma -soltó Julieta, agarrando el mate de vuelta.
-Vos no pienses en eso. Vas a acompañar a tu papá y, si extrañás mucho o te sentís mal, sabés que mamá está acá a la distancia de un botón. ¿Estamos?
Julieta asintió, tragándose el nudo en la garganta. Tomaron los últimos mates en silencio, sabiendo que pasarían meses antes de volver a repetir esa rutina en ese sillón.
Unas horas más tarde, el living se sentía extrañamente vacío con las valijas listas al lado de la puerta. El teléfono de Julieta vibró en su bolsillo, mostrando un mensaje de texto de Toto.
Toto: El chofer ya tiene la indicación para esperarte en el aeropuerto de Londres. Que tengas un buen vuelo, Juli. Mañana ya vas a estar en casa con nosotros. Buen viaje.
Julieta bloqueó la pantalla, miró a su mamá que ya la esperaba con las llaves en la mano y respiró hondo. El viaje estaba por empezar. Estaba a punto de salir de su sector, muerta de miedo y llena de dudas, rumbo a una nueva vida con su papá.
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Fuera de Sector
FanfictionDejar Argentina por el caótico paddock de la Fórmula 1 nunca estuvo en los planes de Julieta. Pero cuando tu papá es Toto Wolff, es imposible escapar de la velocidad. Sin encajar en ese mundo de lujos y cámaras, y lidiando con la tensa relación con...
