El edificio tenía un sonido propio y ella lo conocía entero.
Lo conocía como se conoce un idioma que nadie te ha enseñado pero que has aprendido igual, a fuerza de necesitarlo. El zumbido del fluorescente del pasillo, que titilaba antes de apagarse del todo. El agua en las cañerías, que arrancaba de golpe en el piso de arriba y bajaba temblando por la pared. La puerta de calle, que no cerraba bien y que el viento empujaba y soltaba, empujaba y soltaba, toda la noche. Y los pasos. Sobre todo los pasos. Ella podía estar dormida, o en ese lugar que no era dormir del todo pero se le parecía, y los pasos la despertaban antes de ser conscientes. El cuerpo se le adelantaba. El cuerpo siempre se le adelantaba.
Había aprendido a distinguirlos. Los pasos cansados, que arrastraban un poco el pie derecho, no eran peligro. Los pasos rápidos tampoco, casi nunca. El peligro era otra cosa. El peligro era el silencio que a veces venía después de los pasos, cuando él se quedaba parado del otro lado de la puerta y no hacía nada, y ese no hacer nada era lo que le apretaba el pecho hasta que le costaba el aire.
Esa mañana no había pasos. Había una luz gris entrando por la ventana, una luz sin sol, la clase de luz que en ese edificio pasaba por día.
Se quedó quieta un rato más de lo necesario. Era algo que hacía. Antes de moverse, escuchaba. Medía la casa entera con los oídos como quien mete la mano en el agua para saber si quema. La casa estaba callada. Callada de la manera buena, la que quería decir que él no estaba, o que dormía, que para ella eran casi lo mismo.
Se levantó despacio.
El cuarto no era un cuarto. Era un pedazo de otra cosa que en algún momento habían dividido con una pared que no llegaba al techo, y por arriba entraban los ruidos y el olor a humo y todo lo que pasaba del otro lado. Tenía un colchón en el piso. Tenía una silla con la que trababa la puerta cuando podía, aunque la silla no servía de nada y ella lo sabía, y aun así la ponía, porque el gesto de ponerla la hacía sentir que hacía algo, y a veces hacer algo que no sirve es mejor que no hacer nada.
Se vistió con lo que tenía. Ropa grande. Ropa que la tapaba. Había una época, muy atrás, borrosa, en que le habían dicho que era linda, y lo habían dicho de un modo que le enseñó rápido que ser linda no era suyo, que era de otros, que era una cosa que otros usaban. Desde entonces prefería la ropa grande. Prefería que la mirada resbalara. Cuando alguien la miraba demasiado tiempo se le tensaba algo en la nuca, un aviso animal, y lo único que quería era volverse pared, volverse mueble, volverse nada.
Se ató el pelo. Se lo había cortado ella misma, hacía unas semanas, con una tijera vieja, frente al vidrio de la ventana que le devolvía apenas un contorno. No lo había cortado para estar de un modo o de otro. Lo había cortado para tener menos. Menos de ella a la vista.
En la cocina había pan del día anterior y no mucho más. Comió de pie, cerca de la ventana, con un ojo en el pasillo. Comer sentada era bajar la guardia. Había cosas que no se permitía y esa era una.
Y mientras comía, miró afuera.
Afuera empezaba en el vidrio y no era suyo.
Desde ahí se veía el fondo del terreno, un patio de cemento partido donde crecía maleza por las grietas, y más allá el muro bajo, y más allá todavía las casas. El barrio. Casas de verdad, con techo y con puerta y con gente que entraba y salía por esa puerta como si entrar y salir fuera lo más simple del mundo. Había una en particular, justo del otro lado del muro, con una ventana que daba a la de ella casi de frente. En esa casa a veces se encendía una luz cálida, amarilla, distinta a la luz fluorescente del edificio, y esa luz le hacía algo. No sabía qué. La miraba más de lo que quería admitir.
A veces se veía a una mujer moviéndose ahí adentro. Una señora. La veía lavar, colgar ropa, hablarle a alguien que ella no alcanzaba a ver. La veía y sentía una cosa incómoda, agria, que tardó en entender que era hambre pero no de comida. Era otra hambre. Una que no tenía nombre y que era mejor no tocar, porque las cosas que uno no puede tener duelen menos si uno no las mira, y ella había hecho de no mirar una manera de vivir.
Igual miraba.
Volvió a la ventana la taza, la dejó ahí, sin lavar, y después la lavó, y después la volvió a dejar, ese circuito pequeño y sin sentido de las manos que necesitan hacer algo mientras la cabeza está en otro lado.
En otro lado estaba, casi siempre.
Se acordó, sin querer acordarse, de una mano. Una mano de mujer que le acomodaba el pelo detrás de la oreja. No había cara en el recuerdo. No había voz. Solo la mano y una sensación de estar quieta y de que estar quieta no daba miedo, de que había existido un tiempo en que quedarse quieta al lado de alguien no era peligro sino otra cosa, algo tibio, algo que ella no tenía palabra para nombrar porque las palabras para esas cosas se le habían ido antes de aprenderlas. La mano se le apareció así, sola, y se le fue igual de sola. No sabía de quién era. Sabía que había desaparecido. Sabía que un día esa mano ya no estuvo y que nadie le explicó adónde había ido, y que preguntar, en esa casa, no era algo que se hiciera.
Cerró los ojos un segundo. Los abrió.
No servía. Acordarse no servía. Era como apretar un moretón para ver si todavía dolía: dolía, siempre dolía, y saberlo no cambiaba nada.
Del otro lado de la pared que no llegaba al techo, algo se movió.
Ella se quedó dura. Todo el cuerpo, de golpe, en una sola pieza, como un animal que oye algo entre la hierba. No fueron pasos. Fue apenas el crujido de un peso que cambia de lugar sobre un colchón. Pero le alcanzó. Le alcanzó para que se le vaciara el estómago y para que la mañana entera, la luz gris, la taza, la mano recordada, todo se apagara y quedara solo eso: el peso del otro lado, despertándose.
Contó. Era otra cosa que hacía, contar. Le daba una forma al tiempo que de otro modo se le hacía insoportable. Contó los segundos entre el crujido y el próximo ruido, y cuando el próximo ruido no llegó, siguió contando, porque a veces él tardaba, a veces se quedaba ahí un rato largo antes de levantarse y ese rato era de ella, un rato prestado, y ella lo usaba para calcular. Dónde estaba el bolso. Dónde la puerta. Cuánto ruido hacía la puerta de calle cuando el viento no la empujaba y era ella la que la abría.
Porque había algo que sí sabía hacer y que había perfeccionado como se perfecciona lo único que uno tiene: sabía irse. Sabía volverse pequeña y silenciosa y cruzar el pasillo sin que el piso hablara, y salir, y estar unas horas afuera, en el barrio, entre las casas de verdad, respirando un aire que no era el del edificio. No iba a ningún lado. No tenía a nadie. Simplemente estaba afuera, que era mejor que estar adentro, y cuando el sol empezaba a caer volvía, porque volver era lo que había, porque no había otra cosa que fuera suya adonde volver.
Tomó el bolso.
Se quedó un instante con la mano en la silla que trababa la puerta, la silla que no servía, y la retiró despacio, sin ruido, y la apoyó contra la pared. Después puso la mano en el picaporte.
Del otro lado, el peso volvió a moverse.
Ella respiró una vez, hondo, callada, y abrió la puerta apenas lo justo para pasar el cuerpo, y pasó, y la cerró detrás de sí con una suavidad que era casi ternura, la única ternura que ese lugar le dejaba tener: la de irse sin que nadie la oyera irse.
El pasillo estaba frío. El fluorescente titiló y se apagó.
Ella ya no estaba ahí para verla.
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unseen - español
RomanceUna joven que perdió la voz aprende, en la casa de al lado, que la ternura puede no ser una trampa.
