prólogo

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Prólogo


No sé si fue la mejor decisión. A veces siento que me dejo influenciar mucho.


¿En qué estaba pensando?


Bueno, no es que no me guste el deporte; suelo practicar sola en casa, especialmente cuando mis hijas no están. A mis casi treinta y siete años aún me cuesta establecer relación con la gente. Me he acostumbrado a pasar tiempo sola: de casa al colegio, del colegio al trabajo y así, todos los días de la semana. Pero aquí estamos: primer día de gimnasio.


Cuando Estefanía y Alejandra me motivaron a recuperar lo perdido en estos años, lo primero que se me vino a la mente fueron viajes, comida exótica, yoga o pasar más tiempo con mis hijas. Jamás se me pasó por la cabeza inscribirme a un gimnasio.


Santiago es una ciudad grande, así que busco un gimnasio que no me quede tan lejos de mi comuna. Tampoco quería algo tan cerca; no me gustaría toparme con los vecinos del sector.


Aún me preguntan qué pasó con mi matrimonio. Gente entrometida. Estaban acostumbrados a verme con el padre de mis hijas. Ya van casi dos años y aún no lo superan.


El chico que hace las inscripciones me mira raro. ¿Qué pasará por su cabeza? Tal vez nota lo incómoda que me siento haciendo esto. Debo hacerlo; entrenar en casa no es lo mismo, no tengo los implementos necesarios y necesito trabajar en algunas zonas de mi cuerpo.


La verdad, inconforme no me siento. Después de dos partos naturales, subir más de veinte kilos con cada una de mis hijas y aun así estar en el peso que estoy... no está tan mal.


La nueva novia de mi exmarido tiene buen cuerpo. Claro que tiene buen cuerpo, si apenas tiene veinticinco años. No sé qué afán le dio por salir con mujeres menores que él. Ya pasó los cuarenta y anda con niñitas que podrían ser sus hijas.


¿Quizás por eso me dejó? ¿Será que ya no me encontraba atractiva?


No, no creo. La mayoría de mis seguidores en redes sociales son hombres, y si me siguen, algo bueno debo tener.


-¿Qué plan desea contratar? -pregunta el chico de la inscripción.


Entre tantas tonteras que pensaba, no presté atención a nada de lo que me estaba explicando.


-Plan full. Que incluya zumba también, por favor.


-Ok. De momento estamos un poco cortos de personal, así que el dueño del gimnasio será su entrenador. Él está tomando los últimos cupos disponibles.


Me mira raro, como esperando una reacción específica de mi parte.


-¿El dueño también es entrenador aquí? -pregunto.


El chico desvía la mirada, algo nervioso.


-Claro... Disculpe, ¿pero no sabe quién es el dueño de este lugar?


Lo miro confundida, como si mi tiempo fuera suficiente para googlear a cada dueño de gimnasio de la ciudad.


-Sí, claro... perdona. Ando en las nubes.


Lo digo solo para no quedar como idiota en mi primer día. Él suelta una pequeña risa y luego me indica las distintas secciones del recinto.


Me alejo buscando un casillero para guardar mis cosas. Mierda. Olvidé traer un candado.


Nota mental: traer el maldito candado.


Tomo mis audífonos mientras intento descubrir cuál de todos los hombres del lugar es el famoso dueño que se supone debería conocer. ¿Cómo demonios voy a saber quién es? Apenas busqué gimnasios cercanos que no quedaran tan apartados y que tuvieran buenas referencias en internet.


De pronto se me acerca un tipo enorme. Musculoso. Demasiado musculoso. Seguro es él.


-Hola, ¿eres nueva? -pregunta.


-Sí, es mi primer día. ¿Eres tú mi entrenador?


-Me encantaría, pero soy el entrenador de hombres. Cristhian debe andar con las chicas del primer grupo. Si eres nueva, estarás en el segundo grupo, que comienza a las ocho. ¿Sabes que aquí trabajamos por grupos, ¿verdad?


-Sí, sí, claro. Solo llegué antes para arreglar unos temas de inscripción.


Mentí. No tenía idea de que se separaban por grupos. Al menos ahora sé cómo se llama el famoso dueño: Cristhian. ¿Apellido? Ni idea. ¿Y por qué debería saber quién es? Tampoco lo sé.


-Bueno, espero que el gimnasio sea de tu agrado. tu entrenador sí lo será. Eso seguro. -Me mira esperando una respuesta.


-Valentina. Me llamo Valentina.


-David. Un gusto.


-Igualmente.


Cuando vuelvo a quedarme sola, intento subirme a una de las miles de máquinas que hay en el lugar. Llevo años sin tocar una, así que termino optando por la caminadora. Apenas doy los primeros pasos, una voz masculina, profunda e intensa habla detrás de mí.


-La caminadora no es el mejor calentamiento cuando nunca has tocado un gimnasio... y mucho menos las máquinas que hay aquí.


El tono es duro. Burlesco. Me giro inmediatamente. Y entonces lo veo.


Ojos negros. Muy negros. Intensos. Alto, quizás un metro noventa. Cuerpo tonificado, piel ligeramente bronceada, varios tatuajes en los brazos y algunos en el cuello, cabello oscuro y una barba de un par de días. Me observa con intensidad... o quizá con desagrado.


Tengo que levantar la cabeza para mirarlo directamente. Mi metro sesenta y cinco no ayuda demasiado. Lo miro con fastidio, mientras mis labios se mueven solos por la vergüenza que me hizo sentir.


-Perdona, pero no he pedido ni tu consejo ni tu opinión. Así que sigue tu camino, si fueras tan amable. Estoy esperando a mi entrenador.


Él sonríe apenas.


-Lamentablemente, mi camino llega hasta aquí.


Frunzo el ceño.


-Cristhian. Tu entrenador.


Y en ese momento me siento completamente estúpida por todo lo que acababa de decir.


cuando dejé de odiarte Stories to obsess over. Discover now