El búnker de la Selección Argentina en la Universidad de Qatar era un oasis de concentración, pero también de nervios contenidos. Faltaban apenas unos días para el debut en el Mundial de Qatar 2022. El aire acondicionado de la suite principal zumbaba suavemente, tratando de aplacar el pesado calor de la tarde de Doha que se filtraba por los enormes ventanales.
Lionel Scaloni caminaba de un lado a otro de la sala, con una taza de café ya frío en la mano y la mirada clavada en la pizarra táctica. A su lado, sentado en el borde del sillón con una tableta llena de estadísticas sobre Arabia Saudita, estaba Pablo Aimar. Trabajar juntos como director técnico y ayudante de campo era un desafío diario. Scaloni, un alfa de carácter firme pero mentalidad analítica, solía encontrar su cable a tierra en la sola presencia de Pablo, un omega cuya serenidad y sabiduría futbolística respetaba profundamente. Aunque entre ellos existía una innegable tensión profesional cargada de un magnetismo secreto que ninguno de los dos se había atrevido a confesar por respeto al trabajo, el Mundial ponía esos sentimientos bajo llave.
-Lionel, sentate cinco minutos -pidió Pablo con voz suave, notando el evidente cansancio de su superior-. Vas a gastar la alfombra si seguís marchando así. Los chicos están bien. El entrenamiento de hoy fue excelente.
Scaloni suspiró, pasando una mano por su rostro. Miró a su ayudante de campo y esbozó una sonrisa de medio lado, dejando la taza sobre la mesa de centro.
-Lo sé, Pablito. Es solo que... este torneo es distinto. Siento una responsabilidad enorme sobre los hombros.
Justo cuando iba a sentarse en el sillón individual frente a Aimar, un sonido agudo y totalmente fuera de lugar rompió el silencio del pasillo privado de la suite. Ding-dong.
Ambos se congelaron. Las visitas a esas horas estaban estrictamente reguladas por la seguridad de la AFA. Nadie del staff picaba al timbre sin avisar antes por el grupo de comunicación interna. Scaloni frunció el ceño, su instinto de alfa poniéndose en alerta de inmediato ante lo inesperado.
-¿Esperabas a alguien? -preguntó Pablo, poniéndose de pie con cautela.
-No. Menos a esta hora -respondió el técnico, encaminándose hacia la pesada puerta de madera clara.
Al tomar el picaporte, Scaloni intentó descifrar si había algún aroma alfa hostil en el pasillo, pero la rendija solo dejaba pasar un aroma sumamente sutil, casi imperceptible, a leche tibia y talco. Desconcertado, giró la llave y abrió la puerta de par en par.
El pasillo de alfombra azul estaba completamente desierto. No había guardias, no había hoteleros, no había fotógrafos. Scaloni miró a la izquierda, luego a la derecha, dispuesto a cerrar pensando que era una broma pesada de alguno de los jugadores más bromistas del plantel. Pero justo cuando iba a empujar la madera, un pequeño y húmedo balbuceo vino desde el suelo.
-¿A... ba?
Scaloni bajó la mirada de golpe y sintió que el corazón se le detenía por un segundo.
A sus pies, metida dentro de una pequeña canastilla de mimbre acolchada con una manta blanca, había una bebé. No parecía tener más de nueve o diez meses. Su piel tenía un tono bronceado natural hermosísimo, que contrastaba de inmediato con unos ojos enormes, brillantes y del color de las verdes esmeraldas más puras. La criatura miraba fijamente al director técnico de la Selección Argentina sin un ápice de miedo.
-¿Qué...? -Scaloni se quedó sin palabras, paralizado en el umbral.
-¿Quién era, Lio? -Pablo se acercó desde la sala, pero al ver la expresión desencajada del técnico, se asomó por encima de su hombro. El omega ahogó un grito de sorpresa, llevándose las manos a la boca-. ¡Por Dios! ¿Qué es esto?
La bebé, al ver a dos adultos altos mirándola, se removió incómoda en la canasta. Estiró sus bracitos regordetes hacia arriba, mostrando sus palmas hacia ellos. Al abrir la boca para soltar otro balbuceo flojo, ambos pudieron notar el brillo blanco de dos pequeñísimos dientes que apenas estaban rompiendo la encía en la parte inferior. Estaba en plena etapa de dentición, y un hilo de saliva le caía por la barbilla.
-Está sola -susurró Scaloni, saliendo un segundo al pasillo para confirmar que nadie estuviera escondido detrás de las columnas de la esquina-. No hay nadie, Pablo. Alguien la dejó acá.
-No la dejes ahí en el suelo, traela adentro, ¡rápido! -instó Pablo, con su instinto de omega encendiéndose al máximo ante la vulnerabilidad de la criatura.
Scaloni, con una torpeza que jamás habría tenido en una cancha de fútbol, se agachó y tomó la canasta de mimbre con ambas manos, metiéndola a la suite antes de cerrar la puerta con el cerrojo. Dejó la canasta sobre la gran mesa donde hace un momento planeaba tácticas de juego.
La bebé se sentó por sus propios medios dentro del canasto. Llevaba puesto un body de algodón blanco, sin ninguna marca, inscripción o nota que explicara quién era o por qué estaba ahí. No tenía nombre. Era un misterio absoluto.
-Mirá esos ojos... es preciosa -dijo Pablo, acercándose despacio para no asustarla. Extendió un dedo y la bebé, con reflejos rápidos, lo atrapó con su manita. La fuerza del agarre sorprendió al cordobés, quien sintió un vuelco en el corazón. Scaloni lo observó de reojo, sintiendo una calidez extraña al ver la dulzura con la que Pablo miraba a la nena.
-Eso es lo que no entiendo -Scaloni se rascaba la nuca, visiblemente estresado-. La seguridad acá es impenetrable. Para llegar a este piso necesitás tres acreditaciones distintas. Esto no fue un descuido. Alguien sabía exactamente a dónde venía.
Mientras debatían qué hacer, el sonido de risas escandalosas comenzó a escucharse desde el pasillo. La puerta de la suite, que Scaloni había olvidado pasar con doble llave tras el shock, se abrió de golpe.
-¡Te digo que fue falta, Rodri! ¡Me tocaste el tobillo abajo del agua en la pileta! -reclamaba Emiliano "Dibu" Martínez, entrando a la suite sin pedir permiso. El arquero alfa irradiaba una energía competitiva y ruidosa.
-¡Mentira! Te tiraste como siempre, sos un exagerado -le respondió Rodrigo De Paul, empujándolo levemente del hombro con una risa compradora. De Paul era un omega de carácter fuerte, independiente y muy pegado al capitán, pero que secretamente siempre terminaba envuelto en las bromas pesadas del Dibu, aunque todavía camuflaran sus chispas con puras peleas de vestuario.
Detrás de ellos entraron Cristian "Cuti" Romero y Lisandro "Licha" Martínez. El Cuti, un alfa de pocas palabras y mirada intimidante en la cancha, caminaba en silencio. A su lado lo hacía Licha, un omega de temperamento guerrero pero con una empatía enorme. Entre ellos dos había un respeto mutuo gigantesco como compañeros de zaga, aunque el Cuti solía ponerse extrañamente protector con Licha sin admitir por qué.
-Cállense un poco, que venimos a ver los videos de... -Licha se detuvo en seco al ver la escena sobre la mesa. Su nariz de omega captó de inmediato el aroma a cachorro-. Che... ¿qué es ese olor?
El Dibu y De Paul se detuvieron también. Ocho ojos se clavaron en la canastilla de mimbre sobre la mesa de tácticas.
-¿Qué carajo...? -soltó el Dibu, parpadeando varias veces-. Scaloni... ¿te compraste un muñeco?
-No es un muñeco, pedazo de asno -dijo De Paul, cuyos ojos se abrieron como platos. Se acercó rápidamente a la mesa-. ¡Es un bebé de verdad! ¡Mirá lo que es esto! ¡Qué cosita más linda!
La bebé, asustada por el repentino grito de De Paul, encogió los hombros y sus ojos verdes se llenaron de lágrimas. Soltó un quejido agudo y empezó a buscar refugio escondiendo la cara en la manta.
-¡La asustaste, Rodrigo! -le recriminó el Cuti Romero, dándole un suave viaje en la nuca a De Paul. Luego, el Cuti se acercó a la mesa intentando suavizar su expresión-. Tranquila, chiquita... no te pasa nada.
Licha Martínez se posicionó al lado del Cuti, mirando a la bebé con una ternura absoluta. Sus miradas se cruzaron por un segundo, compartiendo la sorpresa.
-Está cortando los dientes, miren cómo se lleva la manta a la boca -observó Licha, señalando el dolor de sus encías-. Pobrecita. ¿De quién es, jefe?
-Ojalá supiera -respondió Scaloni, cruzándose de brazos-. Alguien tocó el timbre y la dejó en la puerta hace cinco minutos.
En ese momento, la puerta volvió a abrirse y entraron Nicolás Otamendi y Alejandro "Papu" Gómez, seguidos por Marcos Acuña y Gonzalo Montiel. Otamendi, el experimentado alfa de la defensa, miraba al Papu (un omega hiperactivo) con cara de querer pedirle que se calle un poco. Por otro lado, el Huevo Acuña y Montiel entraron compartiendo una mirada de complicidad silenciosa. Acuña era un alfa hosco y de pocas palabras, mientras que Cachete Montiel era un omega reservado; se entendían de memoria en la cancha, pero fuera de ella existía una timidez enorme que les impedía hablar de lo que sentían.
-¿Qué es todo este bardo en la habitación del técnico? -preguntó el Papu, pero al ver a la criatura, se le transformó la cara-. ¡No te lo puedo creer! ¿Quién trajo a su hijo al búnker?
-Nadie, apareció acá -explicó Aimar, tratando de mantener el orden-. Chicos, por favor, no hagan tanto ruido que se va a largar a llorar.
La suite ya parecía una guardería improvisada. Pero el verdadero revuelo comenzó cuando entraron los más jóvenes del plantel: Enzo Fernández y Julián Álvarez. Enzo era un alfa joven, avasallante y con una confianza desbordante. Julián, por su parte, era un omega sumamente tímido, de perfil bajo y con una sonrisa pacífica. Eran grandes amigos desde las inferiores de River, pero Enzo últimamente sentía que su instinto alfa se alteraba cada vez que veía a Julián sonreír, aunque el Araña ni se daba por enterado.
-¿Qué pasa acá, de qué hablan...? -Enzo se interrumpió a sí mismo al ver a la bebé. Sintió una curiosidad genuina y se abrió paso entre los más grandes-. Permiso, dejen ver.
Al acercarse a la mesa, Enzo se inclinó hacia adelante. La bebé, que hasta ese momento se sentía abrumada por tantos adultos desconocidos, levantó la cabeza. Sus enormes ojos verdes conectaron con los de Enzo Fernández. El mediocampista le dedicó una sonrisa enorme.
-Hola, preciosa. ¿Qué hacés acá perdida? -le dijo Enzo con un tono de voz extremadamente dulce.
Al escuchar la voz de Enzo, la bebé dejó de llorar instantáneamente. Sus ojitos brillaron. Soltó la manta que estaba mordisqueando, dejando ver sus dos pequeños dientes inferiores, y soltó una risita cristalina. Con un esfuerzo notable para sus nueve meses, apoyó sus manitas en el borde de la canasta y gateó hacia el frente, saliendo del mimbre directo hacia la mesa de madera.
-¡Guarda que se cae! -advirtió Julián, estirando los brazos por reflejo, rozando sin querer la mano de Enzo. Enzo sintió una descarga eléctrica por ese roce, pero se concentró en la nena.
La bebé, usando los brazos de Enzo como postes de apoyo, se impulsó hacia arriba. Sus piernitas se tambalearon debido a su corta edad; todavía estaba aprendiendo el arte del equilibrio. Logró ponerse firmemente de pie sobre la mesa, sostenida por los dedos de Enzo que la atajaban por la cintura para que no perdiera el balance.
-¡Ba-ba! ¡Ma-ma-ba! -balbuceó la niña con emoción, estirando una mano hacia la mejilla de Enzo.
-¡Epa! Mirá cómo te quiere, Enzo -rió el Dibu, cruzándose de brazos-. Ya encontraste una admiradora.
La bebé dio un paso torpe hacia adelante sobre la mesa de madera pulida, pero sus tobillos cedieron y cayó sentada de cola, soltando un ruidito de sorpresa. A pesar de la caída, la nena no lloró; seguía mirando a Enzo con fascinación. Julián miró de reojo a Enzo, sintiendo un extraño y cálido aprieto en el pecho al ver lo tierno que era su amigo con los niños.
-Le caíste muy bien, Enzo -dijo Julián en voz baja, con una sonrisa tímida.
Parecía que Enzo se había ganado por completo el corazón de la misteriosa integrante del búnker. Pero la atención de la pequeña estaba a punto de cambiar drásticamente.
La puerta de la suite se abrió una vez más, dejando entrar a Leandro Paredes y Paulo Dybala. Leandro era un alfa de presencia imponente, mirada fija y un magnetismo innegable. Caminaba junto a Paulo, un omega de ojos claros y belleza fina. Aunque eran amigos de hace años y compartían mucho tiempo concentrando, Leandro llevaba meses debatiéndose internamente sobre cómo romper la barrera de la amistad con la Joya, temiendo arruinar la gran complicidad que tenían.
-Che, el pasillo está vacío, ¿por qué están todos metidos acá adentro...? -empezó a decir Paredes, pero se calló al ver el tumulto alrededor de la mesa.
Paulo Dybala se asomó por el costado de Leandro. En cuanto la bebé, que seguía sentada en la mesa interactuando con Enzo, escuchó el sonido de la puerta y divisó la figura de Dybala entrando a la habitación, algo en su pequeño cerebro hizo un clic absoluto.
La niña ignoró por completo a Enzo. Sus ojos verdes esmeralda se abrieron el doble de su tamaño normal. Su carita bronceada se iluminó con una felicidad tan radiante que pareció contagiar a toda la sala. Abrió la boca de par en par, mostrando con orgullo sus dos dientecitos nuevos, y soltó un chillido agudo de pura alegría que resonó en las cuatro paredes.
-¡Pa! ¡Pa-u! -balbuceó con una fuerza impresionante, agitando sus bracitos en el aire.
Antes de que nadie pudiera reaccionar, la bebé se puso a gatas y empezó a gatear a una velocidad increíble sobre la mesa, directo hacia el borde donde estaban parados Leandro y Paulo.
-¡Pará, pará, que se va al suelo! -grito Scaloni.
Pero Paulo Dybala, movido por un impulso puro y arrollador, dio un paso adelante y extendió los brazos justo a tiempo. La bebé llegó al borde de la mesa y se lanzó prácticamente al vacío, sabiendo con total seguridad que ese omega de ojos claros la iba a atrapar.
Paulo la recibió firmemente contra su pecho. La bebé, al sentir los brazos de Dybala alrededor de ella, soltó un suspiro de absoluta satisfacción. Pegó su carita bronceada contra el cuello del cordobés, restregando su naricita ahí para aspirar su aroma a vainilla y maderas dulces, el aroma típico de un omega que le transmitía una paz inmediata. Debido a la comezón de sus encías, la pequeña no dudó en abrir la boca y morder suavemente la tela de la camiseta oficial que Paulo llevaba puesta.
Leandro Paredes se quedó congelado al lado de Paulo, mirando la escena. Ver a Dybala sosteniendo a esa bebé, con esa mirada tan dulce y protectora, despertó algo profundamente salvaje e instintivo en el alfa de Leandro. Sintió unas ganas locas de dar un paso al frente, rodearlos a ambos con sus brazos y protegerlos de todo el mundo. Se aclaró la garganta, tratando de disimular su agitación.
-Te tomó de punto, Joya -dijo Leandro con una sonrisa de medio lado, su voz un poco más ronca de lo habitual-. Creo que ya eligió a su favorito absoluto.
-Es hermosa... -susurró Paulo, ignorando el comentario. Empezó a mecer a la bebé suavemente en sus brazos-. Mirá cómo se prende de la camiseta. Le deben doler mucho los dientes.
-Definitivamente, sos su preferido, Joya. Te cambió por Enzo en un segundo -comentó Lautaro Martínez, quien venía entrando a la suite junto a Joaquín "Tucu" Correa. Lautaro, un alfa potente y protector, caminaba manteniendo una distancia prudente pero atenta con el Tucu, un omega de sonrisa encantadora. Llevaban toda la gira previa coqueteando con la mirada, pero el miedo a desestabilizar el vestuario los mantenía a raya.
En una esquina de la gran sala, apartados un poco del caos de los más jóvenes, estaban las figuras máximas del equipo. Sergio "Kun" Agüero, que se encontraba pasando unos días en la concentración para acompañar al plantel tras su retiro forzado del fútbol, miraba la escena con los brazos cruzados. A su lado estaba Lionel Messi, el capitán de la selección y un omega cuya sola presencia inspiraba respeto mundial.
El Kun miró de reojo a Messi. Su lazo de amistad era histórico, pero desde que el Kun se había tenido que retirar, el alejamiento físico había hecho que ciertos sentimientos ocultos que el alfa sentía por su capitán empezaran a florecer con una fuerza incontrolable. Messi, sintiendo la mirada intensa del Kun sobre él, se sonrojó levemente y miró hacia la bebé para disimular.
-Es idéntica a una muñequita, Kun -susurró Messi, tratando de calmar los latidos de su corazón-. Mirá los ojos que tiene. Esos ojos verdes no se olvidan fácil.
-Sí, Lio, es preciosa -respondió el Kun en voz baja, dando un paso más cerca de Messi, casi rozando sus hombros-. Pero esto va a ser un quilombo para Scaloni.
Mientras el debate sobre qué hacer con la niña continuaba entre gritos y teorías conspirativas del Papu Gómez, Ángel Di María se encontraba un poco más alejado, cerca del gran ventanal que daba a los campos de entrenamiento. El Fideo, un alfa experimentado, sonreía para sí mismo mientras miraba la pantalla de su teléfono celular.
Acababa de recibir un mensaje en una aplicación encriptada. El remitente era nadie menos que Luka Modric, el capitán y elegante mediocampista de la selección de Croacia. Di María y Modric llevaban un tiempo sumergidos en un coqueteo secreto y prohibido; un romance clandestino que apenas estaba empezando a encenderse a base de mensajes nocturnos y miradas robadas en los pasillos de los estadios europeos.
"Supe por algunos rumores del personal que tienen una nueva e inesperada integrante en el búnker de Argentina. Espero que una bebé no los distraiga del fútbol, Ángel", decía el mensaje de Luka.
El Fideo rió por lo bajo, tecleando rápidamente con sus dedos largos.
"No nos distrae, Lukita. Al contrario, nos va a traer suerte. Cuidala bien a tu Croacia, porque nos vamos a ver en las fases finales y no te voy a tener piedad por más que seas mi debilidad", respondió Di María, guardando el teléfono en el bolsillo con una sonrisa de suficiencia, sintiendo la adrenalina de ese amor prohibido en pleno Mundial.
De vuelta en el centro de la sala, la bebé misteriosa se había quedado completamente dormida en el pecho de Paulo Dybala. Su respiración era pausada y tranquila, y un pequeño rastro de saliva mojaba la camiseta del cordobés. Sus ojos verdes esmeralda estaban cerrados, pero sus manitas seguían aferradas con fuerza al abrigo del omega.
-Bueno, basta de bardo -ordenó Scaloni, bajando la voz para no despertar a la criatura-. Está claro que no podemos tirarla a la calle ni armar un escándalo mediático a días del debut. Mañana hablaré con los encargados de seguridad de forma privada. Por hoy... se queda acá.
-Nosotros la podemos cuidar esta noche, Lio -se ofreció Paulo de inmediato. Leandro Paredes lo miró sorprendido, pero rápidamente dio un paso al frente para apoyarlo.
-Sí, Scaloni. En nuestra pieza hay espacio. Yo ayudo a Paulo a vigilarla -agregó Leandro, aprovechando la oportunidad perfecta para pasar una noche entera a solas con la Joya, cuidando a una criatura.
Scaloni los miró dubitativo, pero terminó asintiendo. La historia de la Selección Argentina en el Mundial de Qatar 2022 acababa de tomar un rumbo completamente imprevisto. El misterio de la bebé sin nombre apenas comenzaba, y con ella, los sentimientos ocultos, los romances prohibidos y las tensiones del vestuario estaban a punto de estallar en el calor del desierto de Doha.
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Fin del Capítulo 1.
Holaaa!!
Nueva historia,chiks! Está historia promete, jurado que en está si me pongo las pilas
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LA NIÑA DEL MUNDIAL
FanfictionLa historia pasa en el mundial del 2022 La historia trata de que a los pocos días de que la selección argentina de llaga al hotel donde se concentran en la copa del mundo, alguien pica al timbre y entonces Lionel sacaloni abre la puerta y lo único q...
