El bullicio de Tokio siempre parecía detenerse en seco cuando se cruzaban las imponentes puertas de la residencia Sabaku. Situada en uno de los distritos más exclusivos de la capital, la mansión era un reflejo fiel de su dueño: imponente, tradicional pero con toques de modernidad arquitectónica, y sobre todo, sumamente privada.
Raza observaba los informes financieros en su tableta mientras tomaba un sorbo de té negro. A su lado, Temari y Kankuro discutían en voz baja sobre la logística de la próxima pasantía que ambos realizarían en la corporación familiar, aunque estaban más concentrados en la presión que significaba estar a la altura del apellido. Sin embargo, el ambiente tenso de la sala se disipó por completo en el instante en que la puerta principal se abrió con un portazo familiar, seguido de una risa limpia y vibrante que resonó por todo el vestíbulo.
Sakura Haruno entró como un torbellino de aire fresco, cargando una mochila escolar que contrastaba drásticamente con el aura corporativa del lugar. Llevaba el uniforme de una de las academias secundarias más prestigiosas y caras de Tokio, aunque lo vestía con una soltura que desafiaba cualquier rigidez. Sus padres, magnates de la industria inmobiliaria y los principales inversores silenciosos del imperio Sabaku, preferían mantener a su única hija fuera del ojo público, lejos de las cámaras y las entrevistas que tanto asfixiaban a los jóvenes de la élite.
Raza levantó la vista y una sonrisa genuina, de esas que reservaba para muy pocas personas, apareció en su rostro. Sakura no se intimidaba por su presencia imponente; para ella, Raza era el hombre sabio que siempre tenía el consejo financiero perfecto y que la trataba con el cariño de un segundo padre. Se acercó a la mesa, saludó a Temari con un choque de palmas y a Kankuro con una burla ligera sobre su ropa, antes de sentarse frente al patriarca.
-Vaya, Sakura, pensé que hoy tendrías tutorías de cálculo -dijo Raza, dejando la tableta a un lado para darle toda su atención-. Tu padre me mencionó que estabas teniendo problemas con los gráficos de proyección.
-Las dominé ayer por la noche, señor Raza -respondió ella con orgullo, apoyando los codos en la mesa-. Si voy a asumir la presidencia de la constructora Haruno en unos años, no puedo dejar que unos simples gráficos me ganen. He estado revisando el plan de estudios de la Universidad de Tokio para Administración de Empresas. Quiero estar lista antes de graduarme de la secundaria.
Raza asintió, visiblemente complacido. Le gustaba la determinación de la muchacha. A diferencia de las decenas de jóvenes de la alta sociedad que intentaban acercarse a su familia buscando prestigio, estatus o el dinero de sus empresas, Sakura era auténtica. Su amistad con ellos no tenía doble fondo, y su intelecto financiero estaba madurando a pasos agigantados. Mientras le explicaba la importancia de la diversificación de activos en el mercado asiático, unos pasos sordos y constantes anunciaron la llegada del miembro más reservado de la casa.
Gaara entró al comedor vistiendo su impecable traje de último año de la universidad. Su cabello rojo estaba perfectamente peinado y sus ojos, enmarcados por esas ojeras naturales que delataban sus noches en vela estudiando o revisando contratos, se suavizaron apenas una fracción al notar la cabellera rosa de Sakura. Gaara era un enigma para la mayor parte de Tokio. A sus veintidós años, no conocía los clubes nocturnos, no tenía redes sociales activas y su desinterés por las mujeres que se le cruzaban en la universidad era legendario. Su mundo se reducía a tres pilares: mantener el honor del apellido, hacer crecer la empresa que estaba a punto de heredar por completo de su padre y sus estudios.
Sin embargo, Sakura era su única y verdadera excepción.
-Llegas tarde, Gaara -comentó Kankuro con tono burlón-. Tu mejor amiga ya te robó el puesto de hijo favorito de papá por hoy.
Gaara ignoró a su hermano y se sentó en la silla junto a Sakura. Ella de inmediato le extendió un contenedor de plástico con dulces caseros que había preparado esa mañana.
-Sé que no has almorzado bien por estar metido en la biblioteca de la facultad -dijo Sakura, dedicándole una sonrisa brillante-. Así que te traje esto. No me digas que no tienes tiempo, porque te conozco.
-Gracias, Sakura -respondió Gaara, y aunque su voz mantenía ese tono bajo y monótono que imponía respeto en las juntas de negocios, la calidez en sus palabras era evidente para todos en la habitación. Raza observaba la interacción en silencio, sintiendo un profundo alivio. Sabía que su hijo menor cargaba con un peso enorme sobre los hombros, un peso que el mismo Raza le había exigido para asegurar el futuro de la dinastía. Verlo interactuar con alguien que no buscaba beneficiarse de su fortuna era un respiro necesario.
Más tarde ese día, el campus de la Universidad de Tokio bullía con la energía típica de la tarde. En la cafetería central, el grupo de último año compartía una mesa larga. Naruto Uzumaki hablaba efusivamente sobre el equipo de fútbol universitario, mientras Sasuke Uchiha revisaba unos documentos de derecho internacional con su habitual expresión de fastidio. Cerca de ellos, Sai dibujaba en su tableta digital, e Ino Yamanaka retocaba su labial mientras conversaba con Shikamaru Nara, quien parecía estar a punto de quedarse dormido sobre sus apuntes de estrategia empresarial. Neji Hyuga y Tenten discutían sobre un seminario de comercio exterior, mientras que Hinata escuchaba atentamente a Naruto, sonrojándose cada vez que él la miraba.
Gaara llegó al lugar y se sentó en el extremo de la mesa. De inmediato, la atmósfera cambió ligeramente; el respeto que imponía el heredero de los Sabaku era innegable.
-¿Qué tal la reunión con tu padre, Gaara? -preguntó Shikamaru, abriendo un ojo-. Escuché que los Haruno van a inyectar un capital masivo para el nuevo proyecto tecnológico en los puertos.
-Los contratos están listos. El bufete de Sasuke los revisará mañana -respondió Gaara con calma.
Ino se inclinó hacia adelante, apoyando la barbilla en sus manos, con una sonrisa maliciosa.
-Apuesto a que Sakura estuvo presente en la residencia hoy. Kankuro me puso un mensaje diciendo que ella prácticamente vive allí ahora que está por terminar la secundaria.
-Ella estaba estudiando con mi padre -aclaró Gaara de forma escueta, abriendo su computadora portátil para avanzar un ensayo de macroeconomía.
-Es increíble que esa niñata de secundaria sea la única persona que logra que no parezcas un témpano de hielo, Gaara -comentó Sasuke sin levantar la vista de sus papeles, ganándose una mirada gélida del pelirrojo.
Naruto soltó una carcajada ruidosa, llamando la atención de otras mesas.
-¡Déjalo en paz, Sasuke! Sakura es genial. Es la única que puede arrastrar a Gaara a comer ramen conmigo sin que él intente demandar al dueño del local por el ruido. Además, su familia es increíblemente poderosa, pero ella prefiere pasar desapercibida. Eso tiene mérito en una ciudad llena de interesados.
Kiba, que venía llegando del estacionamiento junto a Shino y Chouji, se unió a la conversación mientras abría una bolsa de patatas.
-Escuché en la facultad de administración que varias chicas de cursos inferiores planearon emboscar a Gaara en la salida de la biblioteca hoy. Ya sabes, el clásico truco de tirar los libros para llamar su atención.
Gaara ni siquiera parpadeó ante el comentario. Su mente no tenía espacio para ese tipo de distracciones. Mientras sus compañeros de universidad seguían debatiendo sobre las fiestas del fin de semana, la presión social y los exámenes finales, él solo pensaba en la estructura financiera que debía presentarle a Raza al día siguiente y en el bienestar de la única persona que lograba devolverle la paz mental después de una jornada agotadora.
Al caer la noche, el coche privado de la familia Haruno dejó a Sakura de regreso en la residencia Sabaku; había olvidado su cuaderno de notas de economía en el despacho de Raza. Al entrar, la casa estaba sumida en un silencio sepulcral, a excepción de una luz tenue que provenía del balcón del segundo piso, la habitación de Gaara.
Subió las escaleras con familiaridad y tocó la puerta de cristal. Gaara estaba allí de pie, observando el horizonte de Tokio plagado de luces de neón y rascacielos. Al verla, deslizó la puerta para dejarla pasar. El viento frío de la noche tokiota agitó el cabello rosa de la joven, quien se abrazó a sí misma por el cambio de temperatura. Sin decir una palabra, Gaara se quitó la chaqueta de su traje universitario y la colocó sobre los hombros de Sakura.
-Olvidaste esto abajo -dijo Gaara, extendiéndole el cuaderno que ella buscaba.
-Gracias... y gracias por la chaqueta -respondió Sakura, acomodándose la prenda que le quedaba notablemente grande-. El señor Raza me dio unos consejos increíbles hoy. Me dijo que cuando entre a la universidad, debo ser implacable con las auditorías. Sé que aún me falta un año de secundaria, pero a veces siento que el tiempo vuela y que la responsabilidad de la empresa de mis padres me va a aplastar.
Gaara la miró fijamente. Sus ojos verdes, usualmente fríos y calculadores en el mundo de los negocios, mostraban una profunda empatía que nadie más en la universidad o en la junta directiva llegaría a ver jamás.
-No te aplastará -afirmó Gaara con una seguridad que desarmó por completo las dudas de la chica-. Eres más fuerte de lo que crees, Sakura. Tu mente es brillante y tu enfoque es puro. A diferencia de los demás, tú no juegas a la política corporativa; tú buscas el crecimiento real. Cuando llegue el momento de que asumas el control de tu empresa, yo estaré allí. Nuestras familias han sido aliadas por años, pero mi apoyo hacia ti va más allá de un contrato firmado por nuestros padres.
Sakura lo miró, sintiendo un calorcito en el pecho que desafiaba el frío de la noche de Tokio. Le dio un golpe juguetón en el brazo, rompiendo la solemnidad del momento.
-Más te vale, herededero Sabaku. Porque si arruino mi primera gran inversión, te culparé a ti ante tu padre.
Gaara permitió que una pequeña pero real sonrisa se dibujara en sus labios. En medio de una metrópolis implacable, llena de apariencias, ambiciones desmedidas y personas dispuestas a traicionar por un puesto ejecutivo, ellos dos habían encontrado un refugio inquebrantable. Una estudiante de secundaria con el futuro del sector inmobiliario en sus manos y un universitario a punto de liderar uno de los conglomerados más poderosos del país, unidos por una confianza que el dinero de todo Tokio jamás podría comprar.
