El palacio de Obelia siempre había sido un lugar donde la belleza florecía sobre la sangre. Pero la noche en que la bailarina de Siodonna exhaló su último suspiro, el palacio no se tiñó de rojo, sino de un silencio blanco y gélido.
En la habitación más apartada del Palacio de Rubí, dos cunas de mimbre descansaban bajo la luz de la luna.
Dentro de ellas no había oro, ni sedas reales, ni la bendición de un emperador. Solo había dos bebés que compartían exactamente los mismos ojos: dos pares de joyas preciosas, un azul cristalino y profundo que reflejaba la bendición de la sangre imperial. Los ojos de la familia real de Obelia.
—Son... gemelas —susurró Lilian York, con las manos temblorosas mientras limpiaba la frente fría de la difunta Diana—. Dios mío, son dos.
La tragedia de nacer princesa en esa era ya era un boleto hacia una muerte temprana. Pero nacer duplicada bajo el reinado de Claude de Alger Obelia era una sentencia directa al patíbulo. El emperador acababa de masacrar a todo el Palacio de Rubí; su corazón estaba congelado por una magia oscura y el dolor de la pérdida. No vería a esas niñas como el fruto de su amor con Diana, sino como las parcas que le arrebataron su luz.
La puerta de la habitación se abrió de golpe, rompiendo la quietud. No era el emperador, sino el duque Roger Alpheus, cuya mirada calculadora escaneó la escena al instante. Su mente astuta, siempre tres pasos por delante, vio el peligro... y la oportunidad.
—El emperador viene hacia aquí, Lilian —dijo el duque, con voz baja pero urgente—. Si ve a ambas, su ira se duplicará. Destruirá este palacio y a todo lo que quede en él.
—¡No puedo dejarlas! —sollozó Lily, interponiéndose entre el duque y las cunas—. ¡Son las hijas de Lady Diana!
—Precisamente por eso. Si quieres que al menos una sobreviva, debemos dividir el riesgo.
El duque no esperó autorización. Con movimientos rápidos y precisos, envolvió a una de las niñas en una manta de lana corriente, ocultando el brillo de sus cabellos dorados.
—Yo me llevaré a esta. Crecerá en los suburbios de mi propiedad, oculta del mundo bajo el nombre de Jennette. Nadie sabrá quién es hasta que el temperamento del emperador se haya enfriado... si es que alguna vez lo hace.
—¿Y la otra? —preguntó Lily, abrazando a la pequeña que quedaba en la cuna, cuyos ojos azules se abrieron por un segundo, fijos en el techo.
—Esa se quedará aquí. Será el sacrificio o la salvación.
Cuando los pasos pesados y cargados de intenciones asesinas de Claude resonaron por los pasillos de mármol del palacio, el duque Alpheus ya se había desvanecido en la noche, llevando consigo la mitad del secreto mejor guardado del imperio.
Aquella noche, el destino de Obelia se partió en dos.
Una princesa creció entre las sombras del olvido, rodeada de lujos prestados y añorando un hogar que no le pertenecía. La otra creció entre las sombras del miedo, pisando cascarones de huevo en un palacio de cristal, sabiendo que un solo error de cálculo significaría su ejecución.
No sabían de la existencia de la otra. No aún. Pero la sangre imperial no es algo que se pueda ocultar para siempre. Tarde o temprano, las flores gemelas del Palacio de Rubí volverían a cruzarse, y el emperador de hielo tendría que descubrir que el eco de su pasado no venía solo.
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El Eco De Las Princesas De Cristal
FanfictionEn las historia original, Jennette es un "reemplazo" creada con magia negra, pero en este universo, Diana da a luz a dos niñas. Claude, consumido por el dolor tras la muerte de Diana y el peso de la magia que congela sus emociones, decide que no pue...
