El hermano Aurelius miraba el viejo templo del pueblo con el brillo de quien contempla las puertas del mismísimo paraíso. Para él, vestir el hábito gris no era una carga ni un sacrificio; era la culminación de una promesa sagrada hecha a su familia y, sobre todo, el destino más puro al que su alma podía aspirar. Amaba lo divino, la quietud de los salmos y la sensación de hacer lo correcto. A sus veintidós años, su mente era un lienzo limpio y devoto, convencido de que el mundo exterior no tenía nada que ofrecerle que pudiera competir con la paz de Dios.
Aquel domingo de la misa mayor, Aurelius asistía al párroco con una reverencia impecable. Movía el incensario con suavidad, cuidando que el humo blanco envolviera el altar, mientras repetía mentalmente las oraciones que se sabía de memoria.
Entonces, las pesadas puertas de madera al fondo del templo crujieron.
Aurelius no solía levantar la vista durante el oficio, pero un murmullo de indignación corrió por las bancas y lo obligó a mirar. Fue entonces cuando la vio.
Era Salomé. Entró al templo con una ligereza que rozaba la insolencia, desafiando la solemnidad del lugar. Mientras las demás mujeres vestían colores apagados y se cubrían los rostros con chales oscuros, ella llevaba un vestido de un verde sumamente llamativo, del color de la hiedra húmeda que trepa por los árboles. No cubría su cabeza; su larga cabellera oscura caía libre sobre sus hombros morenos, brillando bajo la luz que se filtraba por los vitrales.
A medida que Salomé avanzaba por el pasillo central, un aroma fresco a flores silvestres y tierra mojada barrió por completo el olor a encierro e incienso de la iglesia. El perfume alcanzó a Aurelius directamente en el altar.
El novicio se quedó de piedra. Sus ojos cafés, grandes y expresivos, se abrieron de par en par, fijos en la silueta que se acercaba. En su mente, libre de malicia y criada en la contemplación de lo sagrado, aquella visión no encajaba con las historias de terror y brujería que el pueblo murmuraba sobre la mujer del bosque. Para Aurelius, envuelta en ese verde brillante y bañada por la luz mística del mediodía, ella no parecía un demonio. En la inocencia de su corazón, el muchacho pudo jurar que estaba viendo a un ángel. Una criatura celestial bajada del cielo.
Salomé, sintiendo la intensidad de la mirada, levantó los ojos. Sus miradas se cruzaron en el aire. Ella sostuvo el contacto visual con un descaro alegre, dibujando una sutil sonrisa en sus labios antes de acomodarse en un banco.
El hechizo se rompió como un cristal. Aurelius parpadeó, sintiendo que despertaba de un golpe violento. Un rubor ardiente y repentino le encendió la piel pálida, subiendo desde el cuello hasta las orejas. Bajó la cabeza de inmediato, avergonzado, clavando las uñas en las palmas de sus manos ocultas bajo las mangas del hábito.
«¿Qué estás haciendo? ¿Qué estás mirando?», se reprendió a sí mismo en un grito mental, horrorizado de sus propios pensamientos. «Es un pecado. Estás en la casa del Señor, frente al altar. Dios mío, perdóname, limpia mis ojos, aleja la tentación de mi mente».
Apretó los dientes y comenzó a rezar con una urgencia desesperada, obligándose a concentrarse en las palabras del latín, intentando usar la fe como un escudo contra el mundo. Pero el hilo de su paz ya se había roto. Aunque no volvió a levantar la vista en toda la misa, el aroma a flores silvestres seguía flotando en el aire, y por primera vez en su vida, el hermano Aurelius sintió miedo de lo que habitaba dentro de su propio cuerpo.
El domingo siguiente, el ambiente en la iglesia de San Miguel era sofocante. El pueblo, azuzado por los rumores de que los nuevos novicios tenían el poder de limpiar la región de "males oscuros", había decidido tomar cartas en el asunto. Las ancianas del pueblo, con el apoyo de los hombres más influyentes, habían bendecido sacos de sal gruesa y los habían esparcido en secreto bajo las alfombras del pasillo central y la entrada, una vieja superstición para "hacer arder los pies de las brujas" e impedirles pisar suelo sagrado.
Aurelius intentaba mantener la mente en calma. Llevaba toda la semana durmiendo mal, atormentado por el recuerdo de los ojos de Salomé y el aroma a flores silvestres que se había quedado grabado en su memoria como una marca de fuego. Había rezado hasta quedarse sin voz, castigando sus rodillas contra el suelo de piedra de su celda, buscando recuperar la pureza que siempre lo había conectado con Dios.
La misa avanzaba con normalidad hasta el momento de la comunión. Fue entonces cuando Salomé entró.
Esta vez no vestía de verde, sino con un vestido blanco, sencillo, que resaltaba la calidez morena de su piel y la caída libre de su larga cabellera. Caminaba con su habitual ligereza insolente, con una sonrisa tranquila, ignorando las miradas de odio que la perseguían desde las bancas. Decidida a demostrar que no le temía a Dios ni a los hombres, se formó en la fila para recibir la hostia consagrada.
El plan del pueblo se puso en marcha. Alguien dio un tirón deliberado a la alfombra del pasillo central.
Salomé, que caminaba descalza como solía hacer en el bosque, pisó directamente los cristales de sal gruesa escondidos. Pero no eran solo sal: los hombres del pueblo habían mezclado fragmentos de vidrio molido entre los granos para forzarla a sangrar y "revelar su naturaleza demoníaca".
Un gemido de dolor escapó de los labios de Salomé. Perdió el equilibrio y cayó de rodillas en medio del pasillo. El impacto hizo que la sangre morena comenzara a manchar el suelo blanco de la iglesia. A su alrededor, lejos de ayudarla, la gente se apartó con horror fingido. -¡Mírenla! ¡La sal bendita la hace sangrar! -gritó una voz desde el fondo-. ¡El diablo no puede ocultarse en la casa del Señor!
El tumulto comenzó. Los feligreses empezaron a insultarla, exigiéndole que saliera, mientras el viejo párroco observaba la escena paralizado, temiendo un linchamiento en pleno altar.
Desde el presbiterio, Aurelius lo vio todo.
Su mente ideológica le gritaba que se quedara quieto, que aquella mujer era un peligro para sus votos, que el pueblo defendía la fe. Pero su naturaleza compasiva -esa fuerza ciega que lo empujaba a aliviar el dolor de cualquier criatura viviente- fue más fuerte que toda su disciplina. Su cuerpo lo traicionó antes de que pudiera procesarlo.
Olvidando el decoro, olvidando las reglas y la presencia del párroco, Aurelius soltó el copón sagrado que sostenía y bajó corriendo los escalones del altar. Su hábito gris ondeó con furia mientras cruzaba el pasillo, abriéndose paso entre la multitud enfurecida.
-¡Atrás! ¡Apártense! -su voz, usualmente monótona y suave, resonó con una autoridad que nadie le conocía.
El novicio se dejó caer de rodillas en el suelo, directamente sobre la sal y los vidrios, sin importarle que sus propias rodillas se lastimaran. Con una ternura infinita que escandalizó a los presentes, Aurelius tomó los pies heridos de Salomé entre sus manos pálidas.
Las miradas de ambos volvieron a colisionar, esta vez a escasos centímetros. Salomé, con los ojos húmedos por el dolor pero manteniendo su chispa rebelde, lo miró asombrada. Aurelius, con el corazón desbocado y la respiración agitada, ignoró los jadeos de horror de las ancianas del pueblo. Con cuidado, usando las mangas de su propio hábito gris para limpiar la sangre de la piel morena de ella, comenzó a retirar los vidrios.
-¿Qué hace, hermano Aurelius? ¡Suelte a esa mujer! -rugió uno de los hombres del pueblo, dando un paso al frente.
Aurelius levantó la cabeza. Sus ojos cafés, grandes y hermosos, ya no reflejaban timidez, sino una furia santa. -Cristo sanó a los enfermos y recogió a los caídos -dijo, la voz temblándole por la mezcla de miedo y adrenalina-. Si buscan al demonio en este templo, no miren a quien sangra en el suelo. Miren a quienes pusieron el veneno en sus pies.
El silencio que siguió fue sepulcral, roto solo por el murmullo escandalizado de la gente. Aurelius, ignorando el caos que acababa de provocar y la mirada horrorizada de sus compañeros novicios, rodeó la cintura de Salomé con su brazo y la ayudó a levantarse.
Mientras caminaba con ella hacia la salida, sosteniéndola contra su cuerpo y sintiendo el calor de su piel a través de las telas, Aurelius supo que el escándalo estaba consumado. Había desafiado al pueblo, había desafiado a su orden, y al sentir el roce de la cabellera de Salomé contra su mejilla, se dio cuenta de la peor de sus verdades: no la había salvado por deber cristiano. La había salvado porque no podía soportar verla sufrir. Su santidad acababa de morir, pero al mirar de reojo la sonrisa agradecida e insolente de la bruja, Aurelius sintió, por primera vez, que estaba vivo.
BINABASA MO ANG
La Herejia del Sol
FantasyElla un alma rebelde que vive en el bosque, tan libre, tan llena de vida. Él un corazón noble, tan lleno de bondad, entregado a dios en espiritu. Cuando ambos se encuentran, sus naturalezas se ven traicionadas por su misma naturaleza.
