Para Alejandro, la vida siempre había sido más fácil de digerir cuando había un cristal de por medio. Ya sea los cristales cuadrados de sus lentes, que siempre terminaban dejándole una marca en el puente de su nariz, o el objetivo de su cámara fotográfica. Tener una cámara lo tranquilizaba, porque era como un lienzo que él podía controlar, encuadrar y pausar a su antojo.
Era un chico que pasaba desapercibido por elección propia. Estudiante de segundo año de Administración, solía camuflarse en los pasillos de la universidad usando sudaderas holgadas de colores neutros, jeans y zapatillas cómodas. Tenía unos ojos muy lindos, color aguamarina, pero solían estar ocultos tras el reflejo de sus lentes. A simple vista, era solo un número más en la facultad, alguien que tomaba apuntes en silencio y desaparecía en cuanto la clase terminaba. Pero realmente, era un chico con mucha sensibilidad y con sentimientos bonitos.
Y últimamente, su cámara solo parecía querer enfocar a una persona.
Todo había comenzado exactamente un año y dos meses atrás, durante la ceremonia de bienvenida para los alumnos de nuevo ingreso. Era una de esas mañanas en las que el sol ardía a morir, algo que siempre sucede justo cuando hay este tipo de reuniones. Habían obligado a cientos de estudiantes de primer año a sentarse en las gradas del campo deportivo para escuchar interminables discursos del decano.
Alejandro, que nunca había tenido mucha resistencia física, sentía que el aire se le escapaba de los pulmones. El calor sofocante, sumado estar en una multitud de desconocidos, hizo que su visión se llenara de puntos negros. Cerró los ojos, preparándose para la inevitable vergüenza de desmayarse frente a toda su promoción.
Pero el golpe contra el concreto nunca llegó.
En su lugar, sintió una mano firme y cálida sosteniéndolo por el hombro. Al abrir los ojos, parpadeando para alejar el mareo, se encontró con una sonrisa de anuncio de televisión. Era un chico de cabellos dorados.
Aún no sabía su nombre en ese momento, claro, pero la imagen se quedó grabada en su retina como una fotografía sobreexpuesta. Con una energía magnética, le extendió la otra mano. En su palma descansaban tres caramelos de limón.
"Oye, te ves un poco pálido" le había dicho Gabi, con una voz que a Alejandro le pareció la melodía más tranquilizadora del mundo. "Come esto. El azúcar te ayudará a no desmayarte, y créeme, no quieres que tu primera anécdota universitaria sea caer rodando por estas gradas".
Alejandro tomó los caramelos con dedos temblorosos, murmurando un "gracias" apenas audible. Gabi le dedicó una última sonrisa brillante, le dio una palmada amistosa en el hombro y siguió escuchando el discurso.
Esa simple acción, que para Gabi probablemente no significó nada, construyó un castillo entero en la mente de Alejandro.
A partir de ese día, el olor a cloro se convirtió en el aroma favorito de Ale. Al enterarse de que Gabi era estudiante de Comunicaciones y una de las estrellas principales del club de natación de la universidad, Alejandro encontró una nueva rutina. Cada vez que había entrenamientos abiertos al público, él se colaba en las gradas superiores de la piscina cubierta.
Allí, protegido por la distancia y el sonido del agua salpicando, el chico castaño sacaba su cámara. Observaba cómo Gabi cortaba el agua con una gracia envidiable, cómo bromeaba con sus compañeros y cómo celebraba cuando mejoraba sus tiempos. Ale tomaba muchas fotografías. Capturaba la luz del atardecer reflejándose en las gotas de agua sobre los hombros de Gabi, la tensión de sus grandes músculos antes de lanzarse a la piscina, y esa sonrisa deslumbrante que había sido su salvavidas el primer día de clases.
Las fotos eran hermosas, pero estaban condenadas a vivir en una carpeta más de su laptop, protegidas con contraseña.
Sin embargo, el tiempo no perdona, y el primer año se esfumó a la velocidad de la luz. Al iniciar el segundo año de universidad, Alejandro se miró al espejo de su habitación. La misma ropa simple, los mismos lentes, la misma rutina. Se dio cuenta de que si seguía siendo una sombra en las gradas, Gabi se graduaría sin siquiera saber que el chico pálido de los caramelos de limón existía.
Ale quería ser parte de su mundo, pero la timidez lo paralizaba. La idea de caminar hacia él y decirle un simple "hola" le provocaba náuseas. Así que, sentado en el borde de su cama, mirando una foto impresa de Gabi sonriendo al borde de la piscina, tomó una decisión.
Dar un paso al frente era aterrador, pero tal vez no tenía que darlo a plena luz del día. Podía demostrarle lo que sentía, cuidarlo y hacerle sonreír, sin tener que enfrentarse al miedo del rechazo directo.
Se convertiría en su admirador secreto.
Lo que Alejandro no sabía mientras planeaba su primera jugada, era que en aquella ceremonia de bienvenida, Gabi no había sido el primero en notar que estaba a punto de desmayarse. Pero, a veces, cuando miramos la vida a través de un lente, corremos el riesgo de enfocar solo lo que queremos ver, dejando el resto de la historia completamente borrosa...
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El Chico Fuera de Foco
RomanceAlejandro prefiere mirar el mundo a través de su cámara. Sin embargo, su lente tiene una clara obsesión: Gabi, el carismático y popular nadador de la facultad de Comunicaciones, quien lo salvó de un desmayo en su primer día de universidad. Decidido...
