Mamá me advirtió sobre los chicos de sonrisas fáciles, pero no me dijo qué hacer cuando esa misma sonrisa se pierde en la espuma del jabón y en el eco del agua.
Tampoco me enseñó a restaurar un corazón roto cuando, en una tarde de verano en la playa...
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La brisa del mar me hace recordar que te perdí. No te sentía del todo mío, había algo distinto en ti, la forma en la que tus ojos miraban al horizonte buscándola. El ligero cambio de tu perfume, el olor de tu camisa a sal... al misterio. Todo eso había cambiado.
El recuerdo del agua refleja en mis pensamientos a esa, nuestra última puesta de sol juntos, una tarde de verano, nuestro último día de vacaciones después de una magnífica semana, después de besarnos hasta el cansancio, después de amarnos hasta el fin.
El día de la tragedia, tu romance salió público, ruidoso y violento; sentí mi corazón arder. Ella te envolvió en sus brazos, te obligó a ser uno con ella y, aunque gritabas que me amabas y deseabas soltarte, no regresaste esa noche. Ella se quedó contigo y, consigo, todo plan a futuro y, aunque sigo creyendo fervientemente que el mar robó al amor de mi vida, no puedo dejar de culparme también. ¿Será acaso que no luché lo suficiente por ti, Julián?
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