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Capítulo uno: Ambiciones

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Para ese punto Ray tenía clarísimo que no se podía ganar algo sin sacrificar un par de cosas en el camino. Sería demasiado ambicioso pretender que no fuera así.

Él nunca se consideró una persona particularmente ambiciosa. Aceptaba las cosas como venían, intentaba dar lo mejor, claro, pero nunca llegaba más allá.

Quizá fue por eso que en un inicio le pareció una ridiculez monumental todo el plan de Emma por escapar con los niños de la granja, y aunque en esa oportunidad no tuvo mucha opción, todos los planes que le siguieron y él apoyó aún con todas las dudas, eran evidencia suficiente de lo que Emma había hecho con él durante el pasar del tiempo.

Ahora estaban ahí, todo había terminado hace unos años, pero él sentía que estaba estancado en algún lugar lejos de esas ciudades inmensas. Su mente siempre estaba en los bosques frondosos del otro lado y el río que había sonado el día en que todo cambió para él.

Y le gustaría decir que para ambos, pero no es como que hubiera un ellos ahora.

Había sido estúpido pensar que todo ese asunto de la promesa no traería consigo una larga lista de condiciones en letra chica que él no se molestó en preguntar ni ella en comentar. Y es que para ese entonces nunca pensó que Emma haría un sacrificio así por su familia sin decir ni una sola palabra al respecto.

Y quizá fue la emoción del momento, o el alivio de que todo había terminado lo que no lo dejó dudar de lo cariñosa que estuvo Emma ese día.

Porque ese día había sido especial, pero recordarlo ahora se sentía como un golpe bajísimo.

Pero ahora era tan obvio; claro que ella haría eso, claro que dejaría toda su vida de lado por la de esas personas que amaba lo suficiente como para perder mil veces y aún así seguir intentando.

Era una mentirosa, aún si él mismo sería el más honesto de su casa si viviera solo, y que Norman era aún peor que eso, Emma había sido una mentirosa inesperada, y tan noble, tan obvia, tan ridícula, que logró engañarlos mejor que cualquiera.

Ray se cruzó de brazos, mirando alrededor con su computadora en el regazo.

La habitación estaba en silencio, ninguno de los tres conversaba ni se miraba demasiado: Norman estaba leyendo un artículo sobre algo para un examen, y Emma estaba ahí, de espaldas en el sillón, con un libro abierto en las piernas y uno de sus dedos enredándose en un mechón de su pelo.

No parecía cierto que ella ya no fuera Emma.

Su Emma.

Ahora solo era ella, quien lo veía como un tipo que sí, había conocido, pero que no era más especial que cualquiera de los otros miembros de su enorme familia.

Y él se había esforzado tanto.

Y se esforzó tanto por eso que ni siquiera sabía que necesitaba tanto.

Porque nunca creyó que lo necesitaba hasta que se le inflaba el pecho de orgullo al decir: ¿Ah sí? ¿Ella? ¿La que hizo todo el plan y anda por ahí correteando demonios? Ella es mi novia.

Y entonces todos los niños lo miraban con envidia.

O admiración.

O una mezcla de los dos.

Pero ahora solo había lastima.

Aunque nadie hablaba de eso realmente, se lo saltaban cada vez que le contaban cosas a Emma, porque Ray había sido muy claro en que no debían estresarla con ideas de lo que había vivido y ya no era.

Y por su parte, hasta que ella no llegara, y se parara frente a él con esa cara de estar afirmando más que preguntando, él no abriría la boca ni aunque lo apuntaran con un rifle en el entrecejo. Y aún con eso dudaría.

Emma le había rogado que él fuera sincero con ella en absolutamente todo, pero él se había puesto un límite muy firme, y era precisamente la relación que tuvieron antes de que se sellara la promesa.

Él no podía contarle sobre cómo ella le peinaba el pelo ni como él le abrochaba los zapatos, tampoco cómo iban a la biblioteca a compartir besos torpes, y menos cuando ella admitía que de todas las personas en el mundo, él era su favorita.

Se sentía como poner expectativas que él no esperaba que se cumplieran, para nada, él no pretendía eso.

Pero aún con eso, todo había sido demasiado íntimo para olvidarlo de un día para el otro, Ray sabía que aunque le borraran la memoria de mil vidas, nunca cambiaría la forma en que su corazón daba un vuelco y se le apretaba el estómago cada vez que ella le hablaba con ese tono particular, ese que ella no notaba que no usaba con nadie más que con él, o cuando se acercaba sin pensarlo porque la confianza se había reconstruido de forma tan natural que parecía que nunca se hubiera roto en primer lugar.

A veces le gustaría poder decirle esas cosas a Yuugo, como lo hizo en ese entonces, cuando con solo decirlo en voz alta de repente todo se había aclarado.

Pero ahora estaba solo en eso, y por su parte, no pensaba mover ni un dedo por cambiar su situación, aún si tenía que respirar muy profundo cada que alguien se le acercaba a ella con la intención, para él, obvia, de saber un poco más ahora que "habían dado vuelta la página", aunque a él le parecía más como que había cerrado un libro de golpe y lo habían quemado justo frente a sus narices. Y no hacía mucho al respecto, pero le daba un escalofrío si le daba muchas vueltas al asunto.

No podía culpar a esos chicos. Emma era linda, era graciosa, tenía temas de conversación ilimitados, pero por sobre todo eso, era amable, la persona más dulce con la que alguien podría cruzarse, y ellos andaban buscando estar en su camino para tener su atención.

Pero Ray sabía mejor que nadie que Emma era tan natural para esas cosas, que nunca notarias si conoció a alguien hace 5 años o hace 5 minutos, porque era sencillo entrar en su mundo, pero él había llegado más allá, ambos lo habían hecho, no habían sido simples "invitados" en el mundo del otro, habían sido una pieza importante.

Él extrañaba tanto eso, cada detalle de ella que él conocía a la perfección y aún así ya no eran suyos.

Dio un largo suspiro, y estaba tan metido en sus ideas, en la nostalgia tonta y la pena suave que siempre aparecía con el recuerdo, que no se dio cuenta de que la estaba mirando hasta que volvió en sí y la vio sonriendo con una mueca de confusión que lo hizo apartar la mirada a la pantalla en blanco.

Era un reto diario convencerse de que las cosas estaban mejor así.

Una vez más | RayemmaStories to obsess over. Discover now