1. El beso

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El aire de la tarde se sentía inusualmente ligero, pero en el pecho de Bulma el corazón latía con la fuerza de un motor desbocado.
Caminaba a pasos rápidos hacia el parque del vecindario, aferrando contra su regazo una pequeña caja metálica adornada con un lazo azul pálido.

Dentro no solo había un juego de herramientas miniatura que sabía que él quería, sino también una carta doblada en cuatro partes donde, por primera vez, había dejado de lado las indirectas para plasmar con tinta lo que llevaba años guardando en el alma.
Estaba por cumplir el rito de paso más importante de su etapa en el bachillerato: confesarse a su mejor amigo, a ese chico de mirada indomable y pocas palabras que, sin saberlo, se había convertido en el centro de su universo.

El sol comenzaba a teñir el cielo de matices anaranjados y purpúreos, creando el escenario que ella tantas veces había idealizado en sus noches de insomnio. El parque quedaba a apenas unas calles de sus casas, un territorio compartido que conocían de memoria desde la adolescencia, el lugar exacto donde tantas tardes habían competido, reído y guardado secretos. Sin embargo, ninguna de las fórmulas físicas que Bulma tanto dominaba en clase la pudo preparar para la variable que estaba a punto de destruir su ecuación perfecta.

Al cruzar la última hilera de sauces llorones que bordeaban el sendero central, sus pasos se congelaron de golpe. El mundo pareció perder todo el sonido, reduciéndose a un zumbido sordo que le taladró los oídos. A unos cuantos metros, bajo la sombra protectora de un viejo roble, dos siluetas se recortaban contra la luz del atardecer. No necesitó mirar dos veces para reconocerlos: la complexión atlética y el cabello oscuro y alborotado de Vegeta eran inconfundibles, pero no estaba solo.

Entre sus brazos, entregada a un beso lento, profundo y deliberado, se encontraba Lazuli. Su hermana mayor. La chica de la belleza fría y perfecta, la que compartía su propio techo, la que se suponía que debía protegerla. En ese instante, Bulma sintió como si un bloque de hielo se deslizara por su espina dorsal, paralizándole los pulmones. El regalo que llevaba en las manos comenzó a pesarle como si estuviera hecho de plomo.

Las preguntas comenzaron a bombardear su mente hiperactiva con la violencia de una tormenta eléctrica, superponiéndose unas a otras sin darle tregua. ¿Desde cuándo? ¿Cómo es posible que no me diera cuenta? ¿Se veían a mis espaldas en nuestra propia casa mientras yo estudiaba en mi habitación? ¿Cuántas de esas noches en las que Vegeta decía que venía a buscarme en realidad venía a verla a ella? El dolor físico en su pecho fue tan real que tuvo que morderse el labio inferior para no soltar un gemido.

Sintió el impulso primitivo de avanzar, de gritarles, de arrojarles el maldito obsequio a la cara y exigir la verdad que merecía.
Abrió la boca, pero las palabras se ahogaron en su garganta, transformadas en un nudo asfixiante. Ver la forma en que Vegeta sostenía a Lazuli, con una posesividad y una ternura que jamás había usado con ella, le dio la respuesta más cruel de todas: si intervenía, solo conseguiría humillarse. Ellos no la necesitaban ahí. Su presencia era un error en ese cuadro perfecto de traición.

Las lágrimas, calientes y traicioneras, finalmente desbordaron sus ojos, nublándole la vista por completo. Dando un paso hacia atrás con torpeza, cuidando de no pisar las hojas secas para no delatar su posición, Bulma dio media vuelta y comenzó a correr. Corrió como si el mismísimo diablo la persiguiera, ignorando el viento que le azotaba el rostro y la forma en que la caja metálica golpeaba contra su costado.

El camino de regreso a casa se transformó en un borrón de colores difusos y farolas que empezaban a encenderse. Al cruzar el umbral de su hogar, ignoró por completo cualquier sonido que viniera de la cocina o la sala; subió los escalones de dos en dos, impulsada por una adrenalina nacida de la pura desesperación. Entró a su habitación, cerró la puerta de golpe e inmediatamente pasó el cerrojo, apoyando la espalda contra la madera mientras se deslizaba lentamente hasta el suelo.

El silencio de su cuarto solo fue roto por sus propios sollozos rotos. Con una mezcla de rabia y profunda tristeza, Bulma miró el obsequio que aún sostener. Sin pensarlo dos veces, se levantó, caminó hacia el bote de basura que estaba junto a su escritorio lleno de planos y proyectos escolares y lo dejó caer. El sonido metálico del impacto resonó como el punto final de una etapa. Se arrojó sobre la cama, enterrando el rostro en la almohada para ahogar los gritos de frustración que amenaban con salir de su garganta. Estaba cansada, con la mente sobrepasada por el dolor y las miles de imágenes de Vegeta y Lazuli repitiéndose en bucle detrás de sus párpados.

En un intento desesperado de su propio cerebro por escapar de esa realidad insoportable, el dolor empezó a adormecerla y su mente, buscando un refugio seguro, la transportó lejos del presente, arrastrándola de golpe hacia el flujo de los recuerdos, hacia el mismísimo principio de todo... hacia el día en que lo conoció.

 hacia el día en que lo conoció

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Hola que tal. Bienvenidas a una nueva historia de mi pareja favorita del mundo mundial. Espero les guste y como siempre gracias de antemano por sus comentarios y votaciones 😊

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