Se dice que en el amor y la guerra todo se vale, pero las amenazas hacen que no sea posible cumplir este dicho. La dictadura Allen confirma este hecho. Una tiranía que reina en Nueva Zelanda y que empezó desde un simple golpe de estado.
Para entender la tragedia que envolvió a nuestra nación, tenemos que remontarnos al año de 1928. En esa época, Nueva Zelanda se ahogaba en un mar de conflictos bélicos; las tensiones entre los ingleses e India eran constantes y no dejaban al país tener un solo respiro.
En medio de todo ese caos, emergió un hombre que se consideró a sí mismo un auto-héroe. Moviendo los hilos de la diplomacia, firmó pactos con Estados Unidos e Inglaterra, logrando lo que parecía imposible: poner fin a la disputa entre India y la otra nación.
Pero aquello fue solo el principio del fin.
Pronto, ese supuesto salvador se convirtió en gobernador, y el poder absoluto se le subió a la cabeza. La ambición lo corrompió por completo y comenzó a dictaminar el país con mano de hierro, destruyendo la libertad de Nueva Zelanda. Sus delirios de grandeza terminaron por fracturar a la patria, desatando una sangrienta guerra civil en el año de 1934.
Fue en ese mismo año, con las calles cubiertas por el humo de la nueva guerra, que la dictadura Allen se consolidó bajo un régimen de terror. Y fue también el año en que dos vidas quedaron unidas para siempre.
El hijo del dictador, un pequeño de apenas cinco años que repudiaba en secreto la crueldad de su padre y buscaba hacer buenas acciones a escondidas, vio interrumpida su infancia cuando la puerta de la gran mansión presidencial se abrió.
Su madre entraba al palacio llevando de la mano a una niña de su misma edad, a quien había rescatado de un orfanato tras la trágica muerte de su madre biológica.
En medio del estallido de un conflicto que rompería al país, los dos niños se miraron. Fue un flechazo, un amor a primera vista tan puro e inocente que desafió la oscuridad que los rodeaba.
Sin embargo, en la dinastía Allen las debilidades no estaban permitidas. Al ver la cercanía de los niños y considerando que su heredero debía ser moldeado sin piedad, el dictador tomó una decisión drástica: separar al niño de su hogar y enviarlo lejos, al extranjero, para cursar estudios políticos y militares de élite.
El pequeño se marchó bajo una dolorosa promesa silenciosa, dejando atrás a la niña y a una patria en llamas.
Nadie imaginaba que tendrían que pasar diecisiete largos años de guerra para que el heredero regresa a reclamar una corona que no deseaba, obligado por amenazas de muerte, y a reencontrarse con el amor que nació entre las ruinas.
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Te Esperaré, Mi Dictador
RomanceEn 1928, un hombre se proclama "auto-héroe" al frenar un conflicto internacional, alcanzando el poder en Nueva Zelanda. Sin embargo, la ambición lo corrompe y en 1934 instaura una dictadura implacable que desata una sangrienta guerra civil. Ese mism...
