Hola, lector. Escribo esto con una interrogante que espero me ayudes a vislumbrar. Para eso te entregaré todos los datos que tengo y cómo mi vida se transformó en esto.—Tor, que me pases la mayonesa. Tor, la mayonesa. ¡Maldita sea, Tor, la ma...!Tor la ignora.—Atenea, yo te la paso, pero no peleen de nuevo, por favor.—Está bien, es un animal.—Atenea, respira y contente.—Gracias. No sé qué haré si siguen rompiendo mis cosas. Y hablando de eso... sí, humano, ¿quieres el honor de que este dios te responda una pregunta?—Sí, ¿qué quieres, humano?—¿Cuándo piensan marcharse?—Ah, eso. Sí, eso. Bueno, creo que alguien necesita un dios. Si yo también salgo, ¿te parece si te respondo luego?Sale Atenea corriendo detrás de Tor.Llevo dos semanas desde que comencé a delirar con dioses. Tiene que ser un delirio. ¿Cómo sería posible que estos dioses fueran reales? Para que me entiendas, déjame contarte cómo comenzó todo.El 21 de julio regresaba a casa, como era normal, después de un aburrido día laboral. La ciudad, tan gris como siempre, llena de humo en medio del invierno en el cono sur. No tengo auto, por lo cual tengo que tomar alguna locomoción o simplemente caminar; ese es mi estilo. Te preguntarás por qué un hombre mayor aún no conduce: mi razón siempre fue que tiendo a distraerme, por lo que conducir sería peligroso para mí y para otros. No sé si será un problema serio; es uno de los que dejo en la lista de pendientes.Ese día venía caminando sin desviarme de la ruta habitual: vereda, tierra, maleza, grafiti, escuelas, todo normal. Incluso unos gritos, "normal a esta hora", dije, ya de noche, un día como este. Los gritos se sintieron aterradoramente cerca de mí cuando, casi por instinto, alcancé a agacharme. Una mujer vestida con armadura pasó volando sobre mí, se estrelló contra el poste de tendido eléctrico y se levantó como si nada. Imaginé artistas de algún tipo, hasta que vi al otro hombre vestido de vikingo, que incluso mantenía una jarra donde parecía estar bebiendo alcohol."Qué mierda, casi me matan."—Cuidado, humano —me dice la chica, empujándome para ella avanzar.—¿No piensas pedirme disculpas? —le digo más fuerte.—Silencio, insignificante humano, esto no es de tu incumbencia.—Espera, detente. Tor, ¿tú también te diste cuenta?—¿De qué cosa?—De que el humano no está viendo.—¿Her? Humano, ¿puedes verme?Se me acercó este vikingo regordete, barbón, con aliento a alcohol, y me miró como buscando algo.—¿Qué te pasa? —le pregunté, tratando de alejarlo. Esto se estaba poniendo raro.—Disculpa, debo irme. Sigan con su... peli, o lo que sea que estén haciendo.Y salí caminando rápido.—Espera, humano —se me unió Atenea, caminando. Atrás venía, igual, Tor, siguiéndonos.Atenea tenía una lanza y un escudo, y su armadura solo consistía en un casco y algo que cubría sus pechos; lo demás eran telas muy blancas. Tal vez por eso ella también se veía muy blanca; solo había un poco de color en sus labios y mejillas, y un cabello castaño claro que se veía aún más claro por el dorado de su casco.—Humano, no me ignores, no sabes quién soy.Al frente venía una persona y nadie parecía notar a estos seres que venían susurrándome.—Hey, humano, detente. No finjas que no nos ves, no puedes engañar el agudo ojo de Tor.El agarre en mi brazo se sintió pesado, como si cientos de kilos por un segundo me aplastaran.—¿Qué son ustedes? —pregunté. Había más gente.—Les digo, síganme, hablemos mientras caminamos.—Muy bien, humano. Siempre es bueno estirar las piernas, aunque el aire de este lugar es muy pesado.—Sí, les digo, el aire está muy contaminado.—Tor no necesita caminar. Tor necesita cortar cabezas.—Lo siento, humano, los dioses nórdicos son todos unos brutos.—No digas eso, señora. También necesito leer.—Quiero ver cómo un libro te salva de mi martillo.—Claro que podría, de mil maneras, pero creo que no cabría una dentro de tu cabezota.Ellos discutían mientras se atravesaban delante de mí.—Bueno, siento interrumpir su precisa discusión, pero ¿qué hacen dos dioses menores...?—Di eso de nuevo, humano, y te dejaré sin tus joyas.Me dolió en la entrepierna de solo pensarlo.—Lo siento, no sé mucho de terminología de dioses. De hecho, no sé nada de dioses, lo que es extraño porque soy una persona que sabe mucho de muchas cosas...—¿Qué le sucede al humano?—No lo sé, solo sigue y sigue...Me di vuelta a mirarlos hacia atrás.—Lo hice de nuevo, lo siento.Sin darme cuenta, llegamos a una plaza.—Bueno, aquí podemos hablar más tranquilos.—Aquí —dice Tor, mirando con desprecio una plaza pública de una población—. ¿Y el alcohol?—Tor, no lo necesitas, tu jarra no se acaba.—Sí, es genial.Puso una sonrisa de seguridad estúpida.—Pero ustedes... yo no puedo beber, es día de semana, mañana tengo que trabajar.—¿Qué es eso?—Idiota, incluso tienen que explicarte las cosas más básicas.—Es como mi oficio —respondí—. Tengo que reportar ante un jefe.—Eso puedo entenderlo, humano. Tor responde solo ante Odín, mi dios padre.—¿Y entonces, ahora que aclaramos lo del alcohol, qué pasa con ustedes? ¿Qué hacen dioses aquí, en el cono sur? ¿No son dioses de otras culturas?—Te lo dije, humano, una vez más.—Es una pregunta válida. Deja que te lo responda: un dios es solo un dios, sin importar dónde esté. Y aunque no lo conozcan, no dependemos de la fe, como otras deidades.—Está bien, todo esto puedo entenderlo. Soy un poco nerd; me avergüenza decir que solo conocía sus nombres por las películas de Marvel y por Los Caballeros del Zodiaco, en nombre de Atenea... me refleja bien.—Hey, creo que tendrías que verlo tú misma, no soy bueno dando referencias.—¿Y entonces, ahora que quedó claro que ustedes son dioses y yo un insignificante y minúsculo humano, pueden seguir sus cosas de dioses y yo mis cosas de humano?Puse cara de bobo, lo sé. Pero ellos solo se largaron a reír a carcajadas, lo que me incomodó. Pero otra vez la poca gente cerca parecía no inmutarse, lo que me hace pensar inminentemente que me volví loco, que es un brote psicótico. Tengo 36 años; es una edad indicada para que esto inicie. ¿Pero por qué veo deidades vikingas y griegas, o romanas? Nunca recuerdo de dónde es Atenea.—Mierda, ¿por qué solo se ríen y no dicen nada?—Humano —me dice Atenea—, hace algunos años llegó una profecía. Las Moiras anunciaron que un humano que podía percibir esta dimensión aparecería, y que él podría ayudar o destruir a los dioses. Por lo que, luego de eones de discusiones entre todas las mitologías, decidimos darte una oportunidad; por eso debemos observarte.—Espera... ¿me están diciendo que ese soy yo?Atenea asiente, seria. A propósito, ¿qué edad tienes? Te ves un poco anciano.—Tengo 36.Silencio. Tor deja de beber a media jarra. Atenea parpadea.—Diablos —dice Tor, bajando la jarra—, te dije que no debimos seguir peleando.—¿Qué sucede? —pregunto, mirando a uno y a otro.—Nada —dice Atenea, demasiado rápido.—Te dije que teníamos que hacer esto antes —insiste Tor.—¿Me pueden explicar qué está pasando? —ya estoy empezando a sospechar que el problema soy yo, otra vez.Atenea suspira.—Sucede que llegamos hace 30 años, pero nos entretuvimos. Tenían que visitarte cuando tenías 6 años, algo así...—¿Seis años? ¿Me dejaron esperando desde los seis hasta los treinta y seis?Los dos intentan disimular: Tor bebe, riendo sin contacto visual, y Atenea gira su cuello para no mirarme mientras me observa por el reflejo del escudo.—Está bien. Y entonces, si entiendo todo esto bien, necesito demostrar de alguna forma que no soy un peligro para su dimensión, para que no me maten.—Sí, y sería lento. Yo te haría un águila de sangre.—¿Qué es eso? Se escucha doloroso.—Lo es.Me miró con cara de loco.—¿Y eso de otra dimensión...?Atenea pensó y me respondió:—Imagina una capa de agua que puedes cruzar, como una alberca. Y luego aparece una más grande, pero también la puedes cruzar. Luego ves otra: sería como intentar cruzar el mar nadando, pero también podrías, si tienes coraje. Pero la siguiente... si solo estuvieras un segundo, la presión te destruiría. Ahí comienza la dimensión de los dioses. Nosotros podemos bajar hasta la primera alberca, pero tú no puedes llegar a la última. ¿Se entiende?—Sí, muy gráfico. Me dio escalofríos mientras narrabas.—Está bien —dijo Atenea—, la buena noticia es que mientras estés en evaluación, no te lastimaremos.—Está bien, supongo. A todo esto, ¿qué sucede con el resto de personas y estructuras en sus peleas? ¿Pueden interferir en mi dimensión?—¿Eso qué significa?Tor golpeó con su dedo la banca de concreto donde me sentaba, y se derrumbó estruendosamente. La gente me miró como si yo la hubiese destruido. Una señora, aparentemente vecina de la plaza, se acercó a culparme.—Hey, ¿cómo se le ocurre romper la banca? Que es de todos.—Señora, yo, aún en el suelo producto del golpe...—Señor, no vio que explotó. ¿Cómo voy a ser yo? ¿Me ve con alguna herramienta acaso?—Si no fue usted, ¿quién fue, el aire?—No sé, vecina, yo también la escuché.Se le agregó más gente. Respiré, y les dije:—Ustedes son weones, no ven que no tengo nada con que romper una banca de concreto, o creen que me saqué la corneta y funciona como taladro.Lo dije y salí corriendo. Por suerte, eran demasiado ancianos para perseguirme. Mi día solo empeora.—Oye —Atenea corriendo a mi ritmo, mientras Tor nos seguía dando saltos, parando para beber—, si nos lo hubieras pedido, podríamos reparar la banca.—Eso sería más raro. ¿Entonces podrías matar a esos hombres?—No quiero que anden matando abuelitas.—Entonces podría convencerlos con labia. Soy la diosa de la sabiduría, ¿sabías?—Te dije que soy un ignorante en cuanto a dioses.—¿Y no crees en nada?—Me declaro deísta.Me quedo pensando en voz baja, casi para mí mismo: "Creo... no sé qué creo, en realidad."—¿Qué le pasa al humano? —pregunta Atenea, mirándome de reojo.—No lo sé —responde Tor—, de nuevo empezó a hablar solo, sin detenerse.—¿Y a dónde vamos? —pregunto, ya resignado a que hablen de mí en tercera persona estando yo presente.—Por ahora, donde el humano vaya, hasta que llegue el juicio sobre su destino.Sin darme cuenta llegué a mi casa. Mi casa tenía espacio, pero porque nunca se terminó de construir; era como una carcasa de casa: por afuera y por adentro, un recordatorio de constantes intentos fallidos.—Esta es tu casa —les dije.—Me gusta —dijo Tor al entrar—. Solo la puerta es un poco estrecha.—Es tu barriga, gordinflón.Atenea lo pateó y cayó al suelo, generando grietas en las baldosas.—Bien, algo nuevo que reparar. A la lista.No esperaron a que yo entrara. Está bien, lo dejé pasar y seguí mi rutina, ignorando su presencia. Ellos, como si tratasen de darme mi espacio, me observaban, cada uno en un sillón, mientras yo lavaba la ropa, limpiaba la casa, para luego cocinar lo del día siguiente. Mientras se terminaba, iba a limpiar el baño, para terminar con la habitación.Ellos observaban esta dinámica.—¿Qué está haciendo el humano? —susurraba Tor, como si eso pudiera ser un susurro. Básicamente ponía su mano en la boca y hablaba al mismo volumen de siempre: fuerte.Atenea se avergonzó un tanto. La vi de reojo mientras terminaba de ordenar.—Estoy ordenando —le dije—. Parte de ser un adulto funcional.—¿Y por qué no lo hace otra persona?—Lo siento, soy pobre.—¿Y tu mujer?—No tengo.—Humano, hueles a fracaso.Yo lo miré y no tenía cómo rebatir su honestidad. Dije que sí y fui a sacar la ropa, que acababa de sonar la alarma de término de lavado.Seguí barriendo, arrastrando el polvo hacia la puerta, cuando mi escoba pasó justo por donde Tor había hecho caer a Atenea. Me detuve. La grieta en la baldosa ya no estaba. Ni rastro, ni una línea, nada, como si esa parte del piso jamás hubiera recibido el golpe.Me di vuelta, listo para preguntarle a Atenea si ella la había arreglado, tal vez con alguna palabra o algún gesto que no había alcanzado a ver. Pero ni ella ni Tor estaban en la casa. Hasta ese momento no había notado que me habían dejado solo."Otra vez", pensé, mirando el piso impecable. "Otra cosa que se arregla sola cuando nadie mira."—Atenea, ¿por qué se sintió raro cuando molesté a este humano?—Creo que fue demasiado.Yo escuchaba todo. El problema de estas casas es que no hay dónde esconderse. Saqué mi celular antes que la ropa del lavado, buscando distracción en redes sociales. Y la segunda noticia: "Joven vándalo destruye banca pública", bla, bla, "se cree que está loco, estaba hablando solo", bla, bla, "no tenemos su identidad porque salió huyendo".Mierda, creo que tendré que cambiar mi ruta. Ya conocía a todas las mascotas del barrio.Tendí la ropa, y mientras Atenea me observaba, se había puesto de pie para acercarse.—¿Necesitas algo? —le dije.—No, solo observo, es mi función.Luego de comer, era el momento de aclarar cómo sería esta convivencia.—Mi habitación es mía. Puedo ceder en muchas cosas, pero mi habitación es mía.—Entendido. Está bien, yo con este sillón tengo —dijo Tor, mientras se acostaba a beber—, mientras Atenea ocupa el otro.—Entonces, mientras esto dure, respetemos nuestro espacio. A todo esto, ¿ustedes duermen? —me di vuelta a preguntar.—No es necesario, pero lo hacemos por placer, como comer.—Si no necesitan comer, pero comen por gusto, tendrán que aportar con dinero.Los miré seriamente: no hay bolsillo que aguante a dos dioses en mi casa.—Está bien, te ayudaremos de algún modo —dijo Atenea, sonriendo como tramando algo.Tor ya estaba roncando.—Qué hombre tan simple —dijo Atenea.Yo me despedí y me fui a acostar. Me tomé un medicamento para dormir, y mi cerebro se apagó, hasta que, al abrir mis ojos, la sorpresa fue ver a Atenea compartiendo mi cama."¿Qué es esto? No me puedes hacer esto, es demasiado hermosa. Esa piel, mira esa piel, no puede ser real, es como mezclar un grupo de k-pop con miel y oro. Y su..."—Despierta. Hola, humano.Yo me hice el estúpido y giré la cara, un poco avergonzado.—Lo siento, sé que dijiste que no entráramos en tu habitación, pero tu cama es más cómoda —dijo, sonriendo, mientras se estiraba.A la mañana siguiente, salí a trabajar como cualquier otro día. Sabía que ellos podrían reconocer mi rutina, que cualquiera con un mínimo de atención notaría el patrón: la misma vereda, la misma hora, los mismos charcos esquivados de memoria. Pero mi manía por conservar mis costumbres pesó más que el miedo, y terminé caminando, como siempre, hacia la banca destruida.El miedo se rompió antes de llegar. Lo que lo reemplazó fue el asombro: la banca de concreto estaba ahí, completamente intacta, sin una sola grieta, como si jamás se hubiera roto, como si la señora y todos sus vecinos hubieran inventado la escena completa la noche anterior.Saqué el celular, casi por reflejo, buscando la noticia del "joven vándalo" de nuevo. Nada. Ningún resultado. Como si también se hubiera borrado del mismo modo que la grieta en el concreto.No insistí demasiado. Me bastó con eso para sentirme, extrañamente, en paz, y seguí mi camino al trabajo, fingiendo que el mundo seguía teniendo sentido.
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Manual para sobrevivir a una profecía
FantasyEs mi primera comedia , ojala les guste..
