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Prólogo

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Tenía diez años cuando descubrí que derribarme era uno de los pasatiempos favoritos de mi padre.

O al menos eso parecía.

Caí de espaldas sobre la colchoneta por sexta vez consecutiva.

-Eso no cuenta -protesté desde el suelo.

Mi padre ni siquiera se molestó en responder.

Permaneció de pie frente a mí, inmóvil, con los brazos cruzados.

-Cuenta perfectamente.

-Hiciste trampa.

-No existe la trampa en una pelea.

Bufé y me incorporé de nuevo.

A unos metros, sentado en una silla con una taza de café en la mano, el capitán Price observaba el espectáculo con una expresión que no intentaba ocultar lo divertido que le resultaba.

-¿Cuántas veces van ya?

-Seis -respondió mi padre.

-Siete -corregí.

-Seis.

-Siete.

Price soltó una carcajada.

-Creo que la niña lleva la cuenta mejor que tú, Simon.

Mi padre ignoró el comentario.

Como siempre.

Volví a intentarlo.

Duré exactamente tres segundos.

La siguiente cosa que supe fue que estaba otra vez sobre la colchoneta mirando el techo.

-¡Eso fue injusto!

-Fue lento.

-¡No fui lenta!

-Lo fuiste.

-No lo fui.

-Georgia.

-No me llames Georgia.

Price casi escupió el té de la risa.

Me levanté otra vez, furiosa.

Mi padre seguía exactamente igual.

Impasible.

Como si no acabara de humillarme por séptima vez.

Price me hizo una seña.

-Ven aquí un momento.

Fruncí el ceño, pero me acerqué.

El capitán se inclinó un poco y me susurró algo al oído.

Mis ojos se iluminaron.

-¿En serio?

-Confía en mí.

Miré a mi padre.

Luego a Price.

Luego otra vez a mi padre.

Y corrí hacia él.

Esta vez, cuando intentó derribarme, me moví.

Por primera vez.

Su equilibrio cambió apenas un instante.

Fue suficiente.

Aproveché la apertura, recordé exactamente lo que Price me había dicho y ejecuté el movimiento.

Un segundo después, mi padre estaba inmovilizado.

El silencio duró exactamente dos segundos.

-...

-...

-¡JA!

Price estalló en carcajadas.

Mi sonrisa fue tan grande que me dolieron las mejillas.

-¡Te gané!

Mi padre me observó desde el suelo.

-Georgia.

La sonrisa desapareció inmediatamente.

Lo solté tan rápido como si me hubiera quemado.

Porque conocía ese tono.

Y porque mi padre solo me llamaba Georgia cuando estaba enfadado.

Price se reía tanto que tuvo que dejar la taza sobre la mesa.

-Eso ha valido completamente la pena.

Mi padre se puso de pie.

-No la ayudes.

-Solo estaba equilibrando las probabilidades.

-Price.

-Simon.

-Price.

-Simon.

Volví a reírme.

Entonces crucé los brazos y levanté la barbilla con todo el orgullo que una niña de diez años podía reunir.

-Cuando sea grande voy a ser soldado de élite.

Los dos hombres me miraron.

Luego se miraron entre ellos.

Y se echaron a reír.

Como si hubiera contado el mejor chiste del mundo.

Yo no entendí por qué.

Porque no estaba bromeando.

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