Hemos actualizado nuestras Pautas de Contenido.
Consulta las pautas más recientes para seguir compartiendo historias de forma segura.

Prólogo

3 0 0
                                        

Marzo de 1998.

El aire en Gran Bretaña era espeso, cargado con el hedor de una guerra mágica que se acercaba a su inminente e inevitable clímax. Veinte años habían pasado desde que el alquimista Corvus Thorne, bajo las órdenes de un Lord Voldemort obsesionado con la dominación absoluta, torciera las leyes de la naturaleza y la magia. El experimento de "purificación" había sido un éxito macabro en su ejecución, pero una tortura silenciosa para las almas de sus sujetos.

En los campos de batalla, y en los fríos pasillos de las mansiones de sangre pura, el precio de aquel experimento estaba a punto de cobrarse con intereses de sangre.

29 de Marzo de 1998, Bosques de Dean.

El caos reinaba en una emboscada en los bosques de Dean. Los destellos verdes y rojos iluminaban la oscuridad, rebotando contra los troncos carbonizados. Bellatrix Lestrange reía con esa histeria desquiciada que la caracterizaba, lanzando maleficios imperdonables como si fueran simples chispas, bailando en la masacre.

A unos metros de ella, moviéndose con la precisión letal y silenciosa de un autómata, estaba Antares. Su físico era un testamento de la alquimia retorcida de Thorne: su cabello, oscuro y enmarañado en rizos idénticos a los de Bellatrix, estaba pegado a su frente por el sudor y la sangre. Su rostro inexpresivo era una máscara de mármol tallada por veinte años de disciplina brutal, iluminada por dos ojos discordantes. El derecho, un pozo negro e insondable como el de su madre adoptiva; el izquierdo, de un azul gélido y penetrante, herencia inyectada de Druella Black.

Voldemort nunca le permitió olvidar su origen. A menudo, cuando el Señor Tenebroso se aburría, Antares era convocado al centro del salón. La maldición Cruciatus desgarraba sus nervios mientras Bellatrix y Rodolphus observaban, obligados a mantenerse impasibles. Antares nunca gritaba. Apretada la mandíbula hasta sangrar, su único objetivo era no avergonzar a los Lestrange.

En medio de la refriega, un mago de la Resistencia, herido y desesperado, conjuró una maldición cortante de una potencia devastadora, apuntando directamente a la espalda expuesta de una Bellatrix que se burlaba de un oponente caído.
Antares no lo pensó. No hubo cálculo táctico, solo el instinto más primario y doloroso que albergaba en su pecho estragado. Se interpuso.

El impacto no hizo ruido, pero la magia oscura le destrozó el pecho, atravesando órganos y huesos como si fueran pergamino mojado. Cayó de rodillas con un golpe sordo, escupiendo un coágulo de sangre negra.

Bellatrix se giró al escuchar el impacto. Su risa murió en su garganta, cortada de tajo.
Por primera vez en veinte años, la máscara de Antares se rompió. El dolor físico era minúsculo comparado con el terror de ver la decepción en el rostro de la mujer a la que adoraba con una devoción enfermiza. Bellatrix cayó de rodillas frente a él, sus manos temblorosas, manchadas con la sangre de otros, cerniéndose sobre el pecho destrozado del chico sin atreverse a tocarlo.

Antares levantó una mano temblorosa, manchando la túnica de Bellatrix, buscando un calor que nunca se le había dado. Sus ojos, el negro y el azul, se llenaron de lágrimas que lavaron la suciedad de sus mejillas.

-Mamá... -su voz era un susurro ahogado, un burbujeo escarlata-. Siento no nacer sangre pura... Quizá así... si me habríais querido Papá y tú...

Sus ojos perdieron el enfoque, el azul y el negro volviéndose opacos. La mano cayó a la tierra húmeda. Antares Lestrange, el arma forjada en agonía, murió con el corazón roto.

La reacción de Bellatrix fue un horror cósmico. Se quedó paralizada, mirando el cadáver del chico. La disonancia cognitiva destrozó los restos de su cordura. Ella odiaba a los sangre sucia, los repudiaba con cada fibra de su ser, pero Antares era suyo. Ella lo había moldeado, ella le había enseñado a sostener una varita, ella le había curado las heridas de los experimentos de Thorne a escondidas en la noche... Sin entender porque le molestaba que el niño tuviera pesadillas. Lo amó con la posesividad de una fiera salvaje, un amor deforme, tóxico y profundamente reprimido.

Memorias de SangreHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora