la cacería

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La noche no cayó sobre el valle; se desplomó como una bala de plomo. Era un silencio sepulcral, denso y artificial, idéntico al de tantas otras madrugadas tranquilas, hasta que el horror absoluto desgarró la realidad por completo. No hubo advertencia previa, solo el quiebre repentino de la paz. Los primeros gritos fracturaron la calma nocturna como el cristal al romperse bajo un golpe seco. De inmediato, una columna de humo denso, oscuro se elevó con una violencia desmedida desde el corazón de las arboledas, devorando las estrellas una a una y asfixiando la pálida luz de la luna hasta reducirla a un recuerdo lejano.

El aire de las calles se volvió pesado, casi sólido, transformando cada intento de respirar en una bocanada ardiente, amarga y asfixiante que abrasaba los pulmones desde el interior. En cuestión de instantes, la oscuridad natural de la madrugada fue erradicada por completo, sustituida por un resplandor sangriento, un rojo incandescente y amenazante que dominaba las techumbres de paja, los graneros y los rostros pálidos de los habitantes.

-¡Corran! ¡El anciano Raphael se ha vuelto completamente loco! -el grito de una mujer desgarró los murmullos de pánico mientras la tierra misma comenzaba a temblar bajo sus pies con la violencia de un cataclismo.

Con un crujido ensordecedor que resonó en el pecho de cada hombre y mujer, raíces colosales del tamaño de torres de vigía brotaron del suelo, rompiendo el empedrado y retorciéndose en el aire. Se entrelazaron unas con otras con una velocidad unnatural, sellando las vías de escape del pueblo y transformando la villa en una prisión de madera viviente, claustrofóbica y opresiva.

El pánico inicial congeló los callejones, pero la desesperación no tardó en mutar. El miedo más puro se transformó, por pura supervivencia, en una furia descontrolada y ciega.

-¡Tenemos que matarlo antes de que nos entierre vivos bajo esta podredumbre! -clamó el herrero de la villa, alzando una pesada hacha de doble filo cuyo metal reflejaba las llamas lejanas-. ¡A su cabaña! ¡Preparen antorchas, espadas, horcas, lo que tengan a la mano! ¡Hoy terminamos con esto o morirán nuestras familias!

Una turba enardecida, armada con el fuego de decenas de antorchas que proyectaban sombras danzantes y grotescas sobre la madera corrompida, se adentró en la neblina densa que emanaba del linde del bosque. La atmósfera tras cruzar la primera línea de árboles era sofocante; la vegetación parecía moverse a sus espaldas, cerrando los caminos y atrapándolos en un laberinto sin retorno.

De pronto, el aire de la espesura se heló. La respiración de los hombres se convirtió en humo blanco. Entre los troncos petrificados y retorcidos por una fuerza invisible, una silueta oscura comenzó a materializarse. Raphael el hechicero, permanecía flotando a pocos centímetros del suelo. Con los ojos inyectados en una luz mística y desprovistos de toda humanidad, alzó las manos hacia el dosel vegetal.

A sus pies, la oscuridad misma pareció derretirse y cobrar vida propia para engendrar una nueva pesadilla: una criatura de piel negra como el carbón pulido, cubierta de una quitina espinosa, con múltiples ojos que reflejan un verde brillante y venenoso. Se movía con la espantosa agilidad de una araña gigante, pero sus extremidades terminaban en garras semejantes a las de un depredador primigenio. Sus patas afiladas chasqueaban contra las piedras del suelo, produciendo un sonido metálico y aberrante.

-¡Miren al frente! ¡Allí está ese maldito viejo! -rugió uno de los líderes de la turba, intentando ignorar la abominación arácnida por un segundo-. ¡Atrapenlo! ¡Que no escape a las profundidades de la espesura!

Los aldeanos apretaron el paso con las espadas en alto y las antorchas al frente, pero un chirrido agudo y colectivo los detuvo en seco. El sonido no venía del frente. Venía de arriba.

-Alto... -susurró un joven cazador, arrojando la vista hacia los ramajes superiores y apuntando con la flama temblorosa de su antorcha-. En las ramas...

El resplandor verde de docenas de pares de ojos idénticos se encendió simultáneamente en el techo de hojas. Las copas de los árboles estaban infestadas. Antes de que cualquier guerrero pudiera alzar su escudo o emitir una orden de defensa, las criaturas invisibles cayeron en picada sobre la marcha como una lluvia implacable de sombras y colmillos.

-¡Retrocedan! ¡Corran hacia atrás! -los gritos de supuesta valentía se convirtieron en lamentos agónicos de puro terror-. ¡Cuidado, están en todas partes! ¡Está matando a tod...!
El caos devoró las últimas palabras del grupo. El crujido de la carne al ser desgarrada, el choque del acero contra las corazas naturales de los monstruos y el impacto del fuego al caer al suelo marcaron el fin de la incursión. Una a una, las antorchas cayeron sobre la hojarasca marchita, apagándose lentamente en el lodo espeso y fétido del pantano que comenzaba a formarse alrededor del viejo poblado.

Cuando la última plegaria se extinguió en un borboroto de sangre y el silencio volvió a asentarse sobre la arboleda, Raphael descendió lentamente. Caminó entre los cuerpos caídos sin rozar el suelo contaminado. Contempló la devastación absoluta con una serenidad glacial y, con un murmullo que pareció resonar en la corteza de cada árbol, bautizó aquel territorio sangriento como Metsän Väki, reclamándolo irrevocablemente como su dominio eterno.

Con las manos aún impregnadas del tufo a azufre y la tragedia que acababa de desatar, el hechicero se arrodilló en el centro del claro. Clavó las palmas en la tierra ensangrentada y pronunció un juramento solemne que hizo estremecer las raíces profundas del mundo: cualquier mortal que se atreviera a profanar los límites marcados de Metsän Väki encontraría una muerte agónica e implacable a manos de sus nuevos e insaciables guardianes.

Sin embargo, para asegurar un dominio absoluto sobre la naturaleza misma, Raphael sabía que debía erradicar la antigua magia benevolente que desde tiempos inmemoriales habitaba y protegía aquel valle. Inició entonces el ritual más abominable de la noche.

Buscó y capturó a las criaturas pacíficas del bosque: los espíritus del musgo, las ninfas de las fuentes y los antiguos guardianes arbóreos que solían velar por el equilibrio de la flora y la fauna. Los encadenó a altares de piedra negra erigidos al pie de los robles más viejos. Mediante encantamientos prohibidos y marcas de sangre, corrompió su esencia ancestral. Arrancó de su ser todo vestigio de pureza, luz y compasión, retorciendo sus formas espirituales hasta transformarlas en bestias deformes, sedientas de carne y obsesionadas con la cacería. Aquellas entidades que alguna vez guiaron a los viajeros perdidos se convirtieron en engendros nocturnos encargados de acechar, despedazar y cazar sin piedad a cualquier aldeano imprudente que osara acercarse a los lindes.

Por último, para cerrar el círculo de su creación y asegurar que su reino no pudiera ser purificado jamás, Raphael selló el destino del bosque con una maldición perpetua de carácter nigromántico. Pronunció las palabras finales al aire helado, permitiendo que la magia negra impregnara cada hoja, cada arroyo y cada rincón de humo.

A partir de aquella noche trágica, todo aquel que pereciera bajo el denso dosel de Metsän Väki no encontraría descanso en el más allá. En el instante preciso en que el último aliento abandonara el cuerpo de una víctima, su alma sería arrancada de golpe de la carne por la misma tierra corrompida, condenada a vagar eternamente entre la bruma, despojada de sus recuerdos y forzada a formar parte de la penumbra perpetua del lugar, sirviendo como un eco gemebundo que atraería a nuevas víctimas hacia las garras de la oscuridad.

Metsan VakiStories to obsess over. Discover now