El carruaje avanzaba lento, como si incluso los caballos dudaran en seguir adelante.
Yo mantenía las manos entrelazadas sobre mi regazo, apretándolas más de lo necesario, mientras miraba por la ventanilla. Todo era... verde. Demasiado verde. Campos interminables, cubiertos de flores pequeñas que el viento hacía temblar como si susurraran cosas que yo no podía entender. Los árboles estaban en flor, y sus pétalos caían sobre el camino como si alguien los hubiera dejado escapar a propósito.
Era bonito.
Pero no era mío.
El aire de primavera entraba por la pequeña abertura del carruaje. Olía a tierra húmeda, a pasto nuevo, a algo que no tenía recuerdos. Respiré hondo. Era extraño cómo algo podía ser tan agradable y, al mismo tiempo, hacerme sentir completamente fuera de lugar.
—Llegamos —dijo mi padre.
Aparté la vista del paisaje.
El carruaje se detuvo frente a una casa de madera clara. No era grande, pero tampoco pequeña. Se veía... usada. Como si hubiera vivido muchas cosas antes de nosotros. El cercado blanco que la rodeaba estaba un poco torcido, y el jardín parecía haber sido olvidado durante un tiempo. Algunas flores crecían como podían, entre la hierba alta.
Mi padre bajó primero. Luego me ofreció la mano.
Dudé.
Solo un segundo.
La tomé.
El suelo crujió bajo mis botas, y ese sonido fue lo primero que sentí como real.
El silencio del lugar me envolvió enseguida. Pero no era un silencio vacío. Era uno lleno de vida. Pájaros, viento, hojas moviéndose. Todo parecía... observar.
—Es... —empecé.
—Es suficiente —respondió él.
Y supe que eso era todo lo que iba a decir.
Dentro de la casa, todo era polvo, cajas y eco.
Cada paso sonaba más fuerte de lo que debería. Como si la casa todavía no nos reconociera. Recorrí las habitaciones lentamente, tocando algunas paredes, mirando las ventanas. La luz entraba suave, dorada, y hacía que el polvo flotara en el aire como pequeñas partículas de algo olvidado.
Cuando llegué a lo que sería mi habitación, me acerqué a la ventana.
Daba directamente al campo.
El viento movía las flores como si fueran olas.
Y por un momento... uno muy breve... sentí algo parecido a tranquilidad.
Hasta que golpearon la puerta.
Mi padre fue a abrir.
Yo me quedé en el pasillo, observando.
Una mujer de mejillas rosadas y sonrisa amplia sostenía una canasta.
—¡Buenos días! Soy la señora Whitmore. Vivo cerca. Pensé que necesitarían algo caliente.
No esperó a que la invitaran a entrar.
Mi padre dudó. Lo noté en cómo tensó los hombros.
—Gracias —dijo finalmente.
Yo la observé desde donde estaba.
Ella me vio enseguida.
—¡Oh! Debes ser la niña. Qué bonita. Un poco pálida... pero ya te acostumbrarás.
No supe si eso era amable.
Sonreí igual.
Después de eso, la casa dejó de ser silenciosa.
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Pasos al costado
RomanceCharlotte es una joven que llega a un nuevo pueblo junto a su padre. Al conocer a un chico se desatan encuentros amorosos y obstáculos que decidirán si estarán juntos... o no.
