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0. jazmines

Samuel odia ese lugar, aunque claro, no podría decirlo en voz alta jamás puesto que su madre le había reprendido la última vez por haber cometido semejante ofensa.

No que el lugar sea especialmente bonito, pero a sus padres les encanta llamarle "la casita" como si el diminutivo le quitara la deplorable condición.

Sabe de primera mano que debe ser agradecido, pues fue una de las cosas que su madre repitió aquella vez, aún así, le parece que ese lugar no es más que una habitación llena de muebles viejos en donde él debe esperar que sus padres terminen de trabajar para poder ir a su casa real.

Aunque su casa real no sea la gran cosa, menos si se la compara con la casa de los jefes de sus padres, Samuel por lo menos tiene su propia habitación, y para un alfa de diez años eso es bastante importante.

Cierra el cuaderno cuando acaba su tarea, y lo guarda en su mochila, y ahora puede hacer lo único que disfruta en esa dichosa "casita", que es salir de ella.

Sea quien sea quien vivió allí antes que ellos seguramente pensaba igual que él, puesto que el pequeño jardín, a diferencia de la casa está lleno de colores. Flores sembradas alrededor de la pequeña casa y arbustos delimitando el jardín del largo camino que lleva hasta la gran casa.

Samuel es algo quisquilloso con los olores, pero las flores siempre huelen bien, así que se sienta en mitad del césped, con los dedos acariciando las pequeñas hojas verdes y toma una profunda respiración.

Odia tener que esperar, odia tener que sentarse y pensar hasta que sus padres estén libres de sus obligaciones para volver a casa, odia tener que estar en esa apestosa casita cuando tiene una casa perfecta donde descansar y existir.

Agita la cabeza, pues está siendo desagradecido, de nuevo, y el ceño fruncido de su madre aparece como una visión en mitad de sus pensamientos. Samuel quiere mucho a su madre como para hacerla enojar, en especial por algo tan sencillo como callarse sus comentarios crueles sobre el horrible lugar.

Se recuesta sobre su espalda, oculto apenas por las hojas del frondoso roble que le proporciona la sombra suficiente para ver las nubes y esperar. Ahora que lo piensa, siente que siempre está esperando, que el día se le va esperando, y ese es un pensamiento algo grande para alguien de su edad, algo maduro, pues no lo entiende por completo.

El pensamiento, sin embargo, y su repentina sensación de madurez se desvanecen en el instante en que, bajo el ruido de pisadas rápidas y una ligera risa, Samuel ya no debe esperar más.

— Pensé que no vendrías. — admite casi en un grito, mientras se pone de pie, pues la espera le resulta espantosa, algo desagradable de lo que necesita despegarse cuanto antes. — Pensé que me dejarías esperando. — continúa con una sonrisa divertida que se le derrama en el infantil rostro al observar la risa del pequeño omega que corre hacia él, a su encuentro.

— Nunca. — dice, apartándose los mechones de cabello castaño de los ojos avellana, tiene la nívea piel del rostro sonrojada y la holgada ropa ya se ha manchado del césped por el que corre.

Ha corrido desde la casa grande, seguramente, pero no parece cansado. Es dos años menor que Samuel, al igual que él todavía no ha desarrollado un aroma propio, así que parece oler mucho a las flores, al césped, y a las tardes de primavera en general. Es refrescante, como su presencia allí, como su risa, como su sencillez.

Los padres de Samuel trabajan para los padres de Ru, diminutivo necesario para un nombre como Rubén, desde antes de que alguno de ellos naciera. Su padre uno de los dos chóferes de tiempo completo y sin duda el más cercano a la familia, y su madre como acompañante de los omegas en casa.

nosotros entre jazmines. / rubegettaStories to obsess over. Discover now