​Capítulo 1: El eco de los pasos

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La cocina olía a hot cakes y a café recién hecho, el sonido de las risas infantiles llenaba el espacio, pero para Sergio, el ambiente se sentía extrañamente denso.

​-¡Patricio, deja que tu hermana termine de desayunar! -pidió Sergio con voz suave pero firme, mientras acomodaba el biberón de Yuki en la encimera.

​Patricio, el mayor, rodó los ojos con la típica diversión de sus cuatro años, mientras Lili, aferrada a su osito de peluche, intentaba alcanzar el jarabe de maple. Sergio sonrió, limpiándose las manos con un trapo. Amaba esta rutina. Llevaba cinco años de matrimonio con Max, cinco años construyendo lo que él creía que era un hogar perfecto. Tres hijos maravillosos, una casa hermosa y una vida estable.

​O al menos, lo parecía.

​Los pasos de Max resonaron en la escalera. Vestía un traje impecable, planchado a la perfección, listo para otro largo día en la oficina. Sergio se giró con una sonrisa lista para despedirlo, pero la expresión de Max estaba en otra parte. Sus ojos fijos en la pantalla de su teléfono, sus dedos moviéndose con prisa.

​-¿Desayunas con nosotros, amor? -preguntó Sergio, acercándose para arreglarle sutilmente el cuello de la camisa.

​Max ni siquiera bloqueó la pantalla; simplemente la giró en dirección opuesta a la vista de su esposo, un gesto que se había vuelto dolorosamente común en las últimas semanas.

​-No tengo tiempo, Checo. Tengo una reunión importante temprano -respondió Max, dándole un beso rápido y casi mecánico en la mejilla-. No me esperes a cenar, el papeleo va a tomarme hasta tarde.

​-¿Otra vez? -el tono de Sergio flaqueó por un segundo-. Max, es la tercera vez esta semana. Los niños casi no te han visto. Yuki apenas te reconoció el martes.

​Max suspiró, mostrando una chispa de irritación que apagó de inmediato. Miró a los niños y forzó una sonrisa, caminando hacia ellos para revolverles el cabello antes de mirar a Sergio.

​-Es por el futuro de la familia, ¿de acuerdo? Solo es una racha pesada. Te amo.

​La puerta principal se cerró, dejando un silencio incómodo en la cocina que solo fue roto por el balbuceo de Yuki. Sergio se quedó de pie junto a la ventana, viendo el auto de su esposo alejarse por la avenida. Había algo en su pecho, una punzada fría que le decía que el trabajo no era lo que mantenía a Max despierto por las noches.

​Al mismo tiempo, a unas pocas calles de distancia, Max detuvo el auto en un semáforo en rojo. El teléfono en el asiento del copiloto vibró. En la pantalla apareció un nombre que hacía que su corazón se acelerara por las razones equivocadas.

George: ¿Ya te deshiciste de tu perfecta vida familiar? Te espero en el departamento. No me hagas esperar.



​Max tragó saliva, sintiendo una mezcla de culpa sofocante y una adrenalina incontrolable. Encendió el motor y aceleró, sin imaginar que detrás de ese mensaje, en un departamento oscuro, George sostenía una fotografía vieja de un hombre de mediana edad.

​-Ya casi, papá -susurró George para sí mismo, acariciando el borde de la foto con una sonrisa fría y carente de piedad-. Voy a quitarle todo lo que ama, tal como ellos hicieron contigo.

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