Parte I: 2508 - Habilitado

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Las cámaras instaladas en las esquinas del techo eran pequeñas y silenciosas. Sin embargo, le costaba ignorarlas. Pretendía mostrarse competente. ¿Qué postura adoptaría un candidato ideal? Era difícil irradiar eficiencia sin disponer de nada que hacer excepto esperar.

Siguiendo los lineamientos recibidos en la admisión, al entrar a la que sería su habitación por un día y medio, se vistió con la indumentaria brindada. La dirección creativa guardaba el secreto del diseño de cada año con hermetismo; el bloque con la revelación solía ser muy celebrado por los telespectadores.

Hasta el momento, solo había explorado el vestíbulo durante el trámite de acreditación. Se requirió su atención en formalidades obligatorias como la aceptación de cláusulas —que firmó leyendo por encima—, o el consentimiento para la difusión de su imagen y de sus signos vitales. Después, paseó por un caracoleo de pasadizos que lo condujo a su alojamiento donde actualmente luchaba por mantener las piernas quietas y no sacudirlas con nerviosismo.

Esa mañana su familia lo acompañó a la estación desde la que partía el transporte a la Jornada de Adscripción. Usó su mejor atuendo, aunque sabía que debería cambiarse. Evocó, sonriendo, a su madre regañándolos en la despedida, obsesionada con que no le arrugaran la camisa. Esa prenda ahora descansaba en una percha dentro de un armario, y él, en un silloncito.

Hacía unos minutos que su mirada se anclaba al rótulo digital adherido al uniforme —en el pectoral izquierdo—; lo veía al revés: cuatro dígitos que lo identificaban.

Por un ramalazo de rebeldía, le molestaba que no usaran su apelativo: Lysander era suficiente. Claro que la etiqueta no cumplía un mero rol de diferenciación. Informaba lo relevante sobre él.

El primer número indexaba el área de formación. El segundo, la procedencia. El tercero, el patrocinio externo declarado. El cuarto, el puntaje preliminar.

Dos. Cinco. Cero. Ocho.

Tecnología. Periferia expandida. Sin aval. Alto rendimiento.

Logró desvincular la vista de la cifra y contempló su derredor. El habitáculo carecía de ventanas. Comparada con el resto, la poltrona era un lujo, ya que el mobiliario se reducía a lo utilitario: un catre, una mesita, el clóset y un escritorio con banqueta, coronado por una pantalla empotrada. La moda era el minimalismo. Se suponía que la austeridad propiciaba el bienestar y evitaba la sobrecarga sensorial. A sus veintitrés, sospechaba que la estandarización estética abarataba costos y permitía el comercio global, sin límites culturales.

Lysander asumía que la neutralidad del dormitorio también obedecía a que debía adaptarse a los huéspedes del reality show. El proceso de cribado se televisaba en cadena nacional, con eventos regionales por cuestiones de volumen de concurrencia. El calendario era estricto y se organizaba por disciplina. Ese mismo hospedaje, que hoy lo recibía a él en la convocatoria orientada a las ciencias aplicadas, albergaría la semana siguiente a los candidatos de deportes, luego a los de humanidades, finanzas o salud.

A pesar de que todavía no recorría las instalaciones en persona, le causaban un déjà vu. Mirar el certamen por televisión era tradicional. Normalmente, participaba en la contienda una amistad o algún pariente, volviéndolo interesante.

Sus abuelos le habían contado que, en el pasado, el inmueble en el que se encontraba se denominaba «shopping mall».

Intentó visualizar lo que le relataron: corredores abarrotados de caminantes, locales resplandecientes, vidrieras con expositores.

No comprendía la dinámica: ¿cómo se accedía a la mercadería? ¿Se la pedía en cada local? ¿Y la lectura de la ficha de fabricación, la composición, la puntuación de los usuarios? ¿Decidían sin que el sistema redujera las opciones según su presupuesto, medidas, historial de uso y probabilidades de arrepentimiento?

Se le antojaba extraño el desenlace de las transacciones. Si adquirían algo, lo cargaban hasta sus hogares. ¡Por sus propios medios! Una dilapidación de tiempo que la sociedad actual había enmendado.

No pudo esquivar la ironía de que el shopping obsoleto ya no exhibía mercancías: exponía humanos. Si se detenía a sopesarlo, no lograba sacudirse la conclusión de que lo iban a tasar.

Era un enfoque inadecuado. Peor era en la época del mall, en la que nadie se ocupaba de «ubicarte» en un puesto idóneo y la responsabilidad de agenciarse el sustento recaía en el individuo. Sin mencionar que no poseían certeza de la durabilidad de la contratación.

Como sus mayores en su juventud, estaba enterado del procedimiento. Todo su trayecto académico se moldeó en consonancia con el esquema de articulación productiva. Durante el semestre de egreso, completó la preinscripción que la facultad subiría al padrón de ubicación laboral.

Los profesores le repitieron que todos tendrían oportunidades, que los empleadores buscaban perfiles diversos, que se necesitaban talentos en múltiples materias. Sin ir más lejos, en el coche que acababa de tomar, las pantallitas detrás de los respaldos reproducían un mensaje motivacional. Le sugirieron métodos de respiración para conservar la compostura, pautas de comportamiento aprobadas por las agencias de colocación y frases aseverando que iniciaba una etapa brillante.

En contraste, la pantalla de su aposento solo mostraba la hora. En el vivo, el público estaría atento a la apertura. Su parentela, pegada al televisor; snacks aprestados, sin tocar. Quizás alguno habría comprado un impulso mínimo, una de esas tarifas promocionales que garantizaban un breve pico de exposición.

De repente, el letargo de la estancia se transformó. Una serie de tiras LED se encendieron a lo largo de las uniones de las paredes y el marco de la puerta parpadeó desquiciado. El color de la luminiscencia combinaba con el de su vestuario.

El reloj se desvaneció para dar paso, en mayúsculas, a la orden: SALIR.

Lysander estuvo de pie antes de ser consciente de su movimiento. Yendo al umbral, meditó en lo diferente que pintaba aquel espectáculo en la tele. En las emisiones anuales, la atmósfera era cautivadora, inmersiva y vibrante. En la intimidad, en cambio, le comunicaban monosílabos o directivas escuetas.

Al asomarse, vio a los demás emerger de los cuartos contiguos. Casi sonrió al descubrir el terror en sus rostros. Conjeturó que su propio semblante equivaldría al de ellos, y eso lo reconfortó; compartir el desamparo le aliviaba la soledad. Se autoconvenció de que daba un tranco en pos de su futuro. Sacaría provecho de lo invertido en su educación.

Unas flechas reflectantes en el suelo indicaban el camino. Las siguió, concentrado en inhalar y exhalar. Desembocó en el atrio del antiguo complejo, un enorme pozo vertical rodeado por los balcones curvos de los pisos superiores. Las barandas originales servían de peana a un enjambre de unidades PTZ robotizadas. Los reflectores borraban las sombras. Una productora les ciñó brazaletes de telemetría.

Para evitar el aturdimiento, Lysander procuraba reconstruir el guion de la transmisión. No supuso que formar parte del engranaje televisivo le provocaría semejante desorientación. Por ingenuo, creyó que coincidiría con los famosos conductores y el panel de comentaristas; ellos salían al aire desde el plató principal, armado en otra planta del edificio. El set de conducción contaba con displays colosales y un decorado fastuoso. El entretenimiento era exclusivo para los espectadores y selectores. Para los concursantes, despojados de parafernalia, no había teatralización.

Los dispusieron alrededor de un tablero circular con paneles divisores que lo fragmentaban en puestos individuales. Ocupado su cubículo, la superficie interactiva se sincronizó con el estado de su biorregistrador: 2508 — HABILITADO.

«¿Habilitado para qué?», se preguntó.

FELIZ VIDAHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora