Francisca olvidó a Herneval.
Diez años han pasado desde sus historias escritas.
La noche antes de su boda con Augusto, vuelve a toparse con su primera obra. Con aquel manuscrito de la infancia.
¿Recordará a su primer amor?
Licencia:
Esta obra se en...
Las sombras de la habitación se alargaron bajo la luz de la lámpara.
Gotas de lluvia chocaban bruscamente, mientras destellos iluminaban el lugar.
Francisca yacía en la cama, con la mirada perdida en el techo agrietado.
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—Mañana me casaré... —murmuró—. Todo saldrá bien, ¿verdad?
Francisca se ocultó entre las sábanas y se aferraba a estas.
De pronto, hubo un estruendo. Una pila de libros viejos se derrumbó junto a su cama. Francisca se incorporó de golpe; registró toda la habitación con la mirada.
Se sentó en la orilla del colchón.
—Demonios... ¿Dónde están mis chanclas? El piso se ve frío... —dijo, mientras metía sus pies bajo la cama. Luego de un rato, terminó por posarlos sobre la madera.
Cuando se acercó a los libros, se arrodilló para recogerlos. Sus dedos se detuvieron sobre uno en particular; viejo y empolvado.
Al abrirlo notó sus páginas amarillentas; repletas de garabatos y dibujos. Pasó cada página muy lentamente hasta detenerse en una en concreto.
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Se llevó una mano al pecho y apretó con fuerza. Su cuerpo permaneció inmóvil.
—Herneval... —Acarició con sus huellas cada trazo. —No... No puedo creerlo... ¿cómo pude...?
Una lágrima cayó sobre el papel, borrando ligeramente la tinta.
—Perdóname... —Pegó el libro abierto a su pecho y posó ambas manos en las cubiertas. —Te olvidé mi príncipe... Lo siento...
Ella bajó la cabeza y cerró los ojos.
Desde la ventana entreabierta, una voz baja se escuchó.
—No tienes por qué disculparte, mi niña.
Francisca levantó la mirada de golpe.
Allí estaba él, Herneval, descendiendo con lentitud mientras se aproximaba paso a paso.
Sus pisadas resonaron sobre las tablas desgastadas.
Se detuvo muy cerca de su cuerpo.
—Incluso después de tanto tiempo, sigues teniendo esa carita tan hermosa —dijo, mientras tocaba la mejilla de ella con los dedos—. Esos ojos tan bellos que tanto penetraron mi corazón.
Francisca no lo miró y entrecerró sus párpados.
—Te olvidé... Te abandoné... Viví mi vida y te dejé atrás sin darme cuenta...
Herneval no dijo nada al principio.
Juntó su frente con la suya.
—Diez años... —murmuró finalmente, con una risa forzada—. El tiempo pasa tan rápido.
La respiración de Francisca se aceleró cada vez más.
Siguió aferrándose al libro con fuerza, sin decir ni una palabra.
—No me abandonaste. Tu corazón recuerda lo que la mente olvida. —Tocó la mano de ella, no se separó. —Sé que me amas... Yo también lo hago... Pero...
Herneval hizo una pausa larga.
—Debes dejarme ir...
—No lo digas... —sollozó, aferrándose con más fuerza—. No me apuñales así... Quédate conmigo por favor... No quiero vivir en un mundo donde no estés...
Él levantó la cara de Francisca desde su mentón muy lentamente.
—Te amo, mi gotita de tinta. —Besó delicadamente sus labios.
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El canto de los gallos la despertó de repente.
Francisca abrió los ojos, aún con el rostro húmedo.
La habitación estaba vacía.
Solo quedaba el libro viejo entre sus manos temblorosas.