Parte 1

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El sol del norte era una mentira. Colgaba en lo alto del cielo como una moneda pálida y gastada, dando luz pero no calor, y su reflejo sobre la armadura de Duncan Stark era un destello frío, casi cruel. El patio de armas de Invernalia olía a hierro caliente, a sudor de caballo y a la tierra húmeda que los pies de los espectadores habían pisoteado durante todo el día. Las gradas de madera, montadas apresuradamente, crujían bajo el peso de los pequeños señores del norte, sus esposas, sus hijos y los sirvientes que se habían escapado de las cocinas para ver el torneo.

Duncan no podía creer que estuviera ahí. No podía creer que hubiera llegado hasta la final.

El pecho le subía y bajaba con una respiración entrecortada que no era solo cansancio. Era el peso de todas las miradas. Había docenas, cientos de ojos clavados en él, y aunque la mayoría pertenecían a su propia gente, gente que lo había visto crecer entre las torres grises de Invernalia, ahora lo miraban como si fuera otro. Como si las siete victorias consecutivas lo hubieran transformado en algo que no reconocían del todo.

El cuerpo de su contrincante en el suelo, cubierto de barro, mientras los escuderos corrían a ayudarlo a levantarse. Duncan había desmontado con torpeza, casi cayéndose él también, y ahora tenía la lanza aún en la mano derecha, temblorosa, y el yelmo apretado contra la cadera. El viento le movía el pelo castaño, pegándole mechones sudados a la frente y las sienes.

—¡DUNCAN! ¡DUNCAN! —corearon primero unos pocos, luego muchos, hasta que el grito se convirtió en un latido rítmico que hacía vibrar el aire frío.

Su padre estaba sentado en el estrado principal con el resto de la familia. No aplaudía. Los Stark no aplaudían en público. Pero asintió. Una sola vez. Y esa inclinación de cabeza valía más que cualquier vítores para Duncan. Su madre tenía las manos apretadas sobre el regazo y una sonrisa pequeña y temblorosa que solo él conocía. Ella sí que estaba orgullosa. También asustada. Siempre había estado un poco asustada de que a su hijo mayor, el heredero, el tímido, lo aplastara la responsabilidad.

Brandon, su hermano menor, no pudo contenerse. Saltó las gradas de un brinco y corrió hacia él con los brazos abiertos, envuelto en su capa de pieles desabrochada.

—¡Eres un hijo de puta increíble! —gritó Brandon, abrazándolo con tanta fuerza que la armadura crujió—. Lo has humillado, va a llorar esta noche en su contienda, te lo juro.

—No digas eso —murmuró Duncan, incómodo, mirando hacia los lados—. Es un buen guerrero.

—Era mejor hasta que te enfrentó a ti.

Duncan no supo qué responder. Su hermano era todo lo que él no era: ruidoso, seguro de sí mismo, con una risa que llenaba las salas. Duncan, en cambio, siempre había preferido los bordes de las estancias, los rincones donde nadie le pidiera opiniones. El torneo había sido una apuesta de su padre para ponerlo en el ojo público. "Tienes que mostrarles quién eres, muchacho", le había dicho su padre una semana antes. "Los señores del norte necesitan ver a su futuro lord. No pueden temerle ni dudar de él. Tienen que respetarlo."

Ahora lo respetaban. Pero también lo miraban de otra forma. Las hijas de los señores menores, sentadas en las gradas con sus vestidos de lana gruesa y sus capuchas de piel, se susurraban cosas al oído mientras lo observaban. No era la primera vez que Duncan notaba ese tipo de miradas, pero antes habían sido breves, desinteresadas. Ahora eran largas y calculadoras. Algunas incluían esbozos de sonrisas. Otras, se mordían el labio coquetas, con miradas dirigidas en su dirección, se sintió profundamente incómodo.

—Pareces un cervatillo acorralado —le dijo Brandon al oído, divertido—. Relájate. Disfruta. Eres joven, alfa, campeón. Deberías estar buscando a quién llevarte a la cama esta noche, no quedarte ahí como un tronco.

dark winds, dark words - dunkaerionHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora