El mundo mágico había sucumbido ante la oscuridad. Con la victoria definitiva de Lord Voldemort, el nuevo orden se había alzado sobre las ruinas de Hogwarts. Severus Snape, ahora consolidado como uno de los mortífagos de más alto rango y la mano derecha del Señor Oscuro, caminaba por el Gran Comedor con la túnica ondeando a su paso.
Frente al trono improvisado de Voldemort, los prisioneros de la Orden aguardaban su ejecución o esclavitud. Entre ellos destacaba James Potter, el indomable Alfa. Estaba herido y derrotado, pero su presencia seguía imponiendo respeto. Severus lo miró, sintiendo que en su pecho se removía una tormenta de amor y odio. Odiaba a James por el pasado, por las humillaciones y el dolor, pero en el fondo de su ser, una retorcida devoción y admiración por el Alfa nunca había desaparecido.
—Mi Señor —murmuró Severus, inclinando la cabeza con respeto—. Deseo entrenar al esclavo James Potter.
Voldemort sonrió, una mueca desprovista de calor. Le complacía ver a sus seguidores disfrutar de la caída de sus enemigos. —Es tuyo, Severus. Haz con él lo que te plazca.
Al llegar a la lúgubre y majestuosa Mansión Prince, Severus arrastró a James hasta el centro del vestíbulo. El Alfa mantenía la mandíbula apretada, desafiante a pesar de las cadenas.
Severus lo sujetó del brazo con fuerza y, sacando un brazalete de hierro oscuro forjado con magia antigua, lo cerró de golpe alrededor de la muñeca izquierda de James. El metal brilló con una luz carmesí antes de ajustarse a la piel.
—Escucha atentamente, Potter —siseó Severus, clavando sus fríos ojos negros en los de James—. Este artefacto asegurará tu lealtad. Si intentas huir de los límites de mi mansión, o si siquiera concibes la idea de dañarme, el brazalete te provocará un dolor indescriptible. Un sufrimiento que hará que la maldición Cruciatus te parezca una caricia infantil.
James tragó saliva, asintiendo lentamente al sentir la pesada magia oscura latir en su pulso. Satisfecho, Severus llamó a las criadas de la mansión. —Límpienlo. Quítenle la suciedad y pónganle el uniforme de servidumbre.
Horas más tarde, James fue devuelto al despacho. Estaba inmaculadamente limpio, vestido con unos sobrios pantalones negros y una camisa blanca de algodón ajustada, marcando la musculatura del Alfa, pero desprovista de cualquier estatus.
Desde ese día, James se convirtió en la sombra personal de Severus. Sus tareas eran estrictas e inamovibles.
Cada mañana, antes de que el sol despuntara, el Alfa entraba en silencio a la habitación de su amo para despertarlo con una taza de té humeante. Se quedaba de pie, estoico, mientras Severus tomaba su baño. James esperaba al otro lado de la puerta de cristal, escuchando el sonido del agua, hasta que su amo salía. Entonces, con movimientos precisos y cuidadosos, era el encargado de secar la pálida piel de Severus con toallas de lino tibias y ayudarle a vestirse con sus pesadas túnicas oscuras.
Durante las comidas, James servía los platos y permanecía de pie a un lado de la mesa, en silencio absoluto. Solo tenía permitido recoger la mesa y comer cuando Severus se levantaba tras terminar sus alimentos.
Por las tardes, le entregaba la correspondencia en mano y se postraba en una esquina del estudio, siempre atento, listo para alcanzarle un libro, preparar una poción básica o avivar el fuego mientras el mortífago trabajaba hasta altas horas de la madrugada. Su jornada solo terminaba cuando Severus finalmente se acostaba en su cama y cerraba los ojos.
Los días se transformaron en semanas, y las semanas en meses. La mansión, que al principio parecía una prisión infranqueable, se convirtió en un universo cerrado para ambos.
Para James, la cercanía constante comenzó a despertar instintos que luchaba desesperadamente por reprimir. A pesar de ser el esclavo, su naturaleza Alfa reaccionaba a los sutiles encantos de Severus. Observaba la delicadeza de sus manos al preparar pociones, el aroma único a sándalo y pergamino antiguo que desprendía, y esa vulnerabilidad oculta que el mortífago solo mostraba cuando creía que James no estaba mirando.
Se sentía irremediablemente atraído por su captor. Sin embargo, James sabía que cualquier desliz sería castigado no solo por el brazalete, sino por el desprecio de Severus. Por ello, mantenía una máscara de frialdad y sumisión perfecta. Nunca le dirigía una palabra fuera de lugar, nunca cruzaba la línea.
En la quietud de la mansión, el Alfa se resignó a su destino. Se conformaba con respirar el mismo aire que Severus, con el roce de sus manos al pasarle una pluma de escribir, y con pasar la mayor parte de su vida siendo la guardia silenciosa del hombre que amaba y odiaba a partes iguales.
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El trofeo de Severus
FanfictionLord Voldemort gano, y Severus es el encargado de domesticar a James
