En los incontables años de existencia de la humanidad, numerosas culturas imaginaron que el universo era destruido y recreado una y otra vez; un ciclo eterno de orden y caos, nacimiento y extinción.
No estaban tan lejos de la verdad.
Cada diez mil años, los dioses se reúnen para decidir el destino de la raza humana. Muchas eras terminaron con una sentencia irrevocable, borrando civilizaciones enteras y dando paso a nuevos comienzos.
Pero esta vez sería diferente.
Gran Santuario de Izumo, Japón
Decenas de lenguas y voces se mezclaban dentro del enorme recinto. La antigua madera del santuario, testigo de incontables asambleas divinas, había presenciado decisiones capaces de alterar el rumbo de la humanidad durante milenios.
En el centro de la reunión se encontraba Ōkuninushi.
-¡Orden, por favor! -exclamó con firmeza-. El tiempo para debatir ha terminado. Ha llegado el momento de decidir el futuro de la humanidad.
Poco a poco, las conversaciones se apagaron.
-Supongo que todos tienen ya un veredicto. Aquellos que deseen permitir que la era actual continúe, pónganse de pie.
Solo un pequeño grupo de dioses se levantó.
La escasa cantidad provocó gestos de disgusto entre algunos de los presentes.
Amaterasu fue la primera en romper el silencio.
-Sigo sin entender por qué hacemos esto. Siempre son los mismos quienes deciden sobre la vida de millones. ¿Acaso les resulta más sencillo destruirlos cada vez que se apartan de sus egoístas propósitos?
Algunas miradas se dirigieron hacia ella.
-¿Alguna vez se han detenido a pensar en lo injusto que es? ¿Por qué no pueden simplemente dejarlos vivir?
-Exactamente -añadió Quetzalcóatl, levantándose-. ¿Por qué seguimos usando el mismo método una y otra vez?
Ōkuninushi cruzó los brazos.
-¿Y cuál sería la alternativa que propones? Este sistema fue aprobado por unanimidad hace mucho tiempo.
Antes de que Quetzalcóatl pudiera responder, una figura se puso de pie entre la multitud.
Ares.
Una sonrisa confiada apareció en su rostro.
-Yo tengo una propuesta.
Las conversaciones cesaron de inmediato.
-Si tanto desean que sobrevivan, que luchen por ello. Que se ganen su derecho a existir.
Sus ojos recorrieron la sala.
-Claro, siempre y cuando sus débiles cuerpos sean capaces de soportar la ira de un dios.
Amaterasu se plantó frente a Ares de golpe.
-¡Eso es absurdo! ¡Ni siquiera es posible! ¿Cómo pretendes que los humanos peleen contra nosotros?
Ares soltó una carcajada.
-Entonces supongo que no les queda otra opción que luchar en su lugar.
-¡Orden! ¡Orden! -interrumpió Ōkuninushi antes de que la discusión escalara-. Todos saben que está prohibido que los dioses se enfrenten entre sí en combate mortal.
El santuario quedó en silencio.
-Sin embargo... sí sería posible convocar almas humanas de distintas épocas y permitirles combatir. El problema sigue siendo el mismo: ningún arma humana puede herir a un dios.
Los ojos de Ares brillaron.
-Entonces conviértanse ustedes en las armas.
La propuesta hizo que toda la sala guardara silencio.
-Existen precedentes. Un dios puede fusionar su alma con la de un humano, otorgándole poder divino a cambio de renunciar a su inmortalidad.
Su sonrisa se volvió desafiante.
-Si aman tanto a los humanos, no deberían tener problema en arriesgar la vida junto a ellos, ¿o me equivoco?
Los dioses simpatizantes intercambiaron miradas.
Sabían que aquello era posible.
Quien portara el alma de un dios obtendría una fuerza y resistencia capaces de desafiar lo divino. Sin embargo, el precio era enorme: el dios se volvería vulnerable y compartiría el destino de su campeón.
Si el humano moría, ambos desaparecerían.
Las risas comenzaron a resonar por todo el recinto.
Para muchos, la idea era ridícula.
Amaterasu observó a quienes se burlaban y dio un paso al frente.
-Aceptamos.
Las risas cesaron.
-Que humanos y dioses se enfrenten.
La diosa recorrió la sala con la mirada.
-Si la humanidad vence, conservará su existencia durante al menos treinta mil años más. Además, los dioses dejarán de intervenir constantemente en su destino.
Su voz se volvió más firme.
-Pero si los dioses triunfan, podrán extinguirlos para siempre.
Ares sonrió.
Amaterasu continuó.
-Sin embargo, les advierto algo. Esa raza que consideran inferior... esa misma raza que utilizan para alimentar su ego y combatir el aburrimiento... posee una determinación que muchos inmortales jamás comprenderán.
Ōkuninushi permaneció pensativo durante unos segundos.
Finalmente levantó la mano.
-Muy bien. Someteremos la propuesta a votación.
Los resultados sorprendieron incluso a los más antiguos.
La mayoría votó a favor.
Algunos deseaban ayudar a la humanidad.
Otros simplemente querían presenciar un espectáculo jamás visto.
Ōkuninushi dejó escapar un suspiro.
-La decisión ha sido tomada.
El murmullo desapareció.
-Habrá doce combates. Humanos contra dioses.
Su voz resonó por todo el santuario.
-Los simpatizantes de la humanidad elegirán a los guerreros humanos y a las deidades que compartirán su alma con ellos. El resto seleccionará a los representantes divinos.
Hizo una breve pausa.
-Cuando ambos bandos hayan decidido a sus combatientes, notifíquenmelo.
Se levantó de su asiento.
-Por mi parte, permaneceré imparcial.
Una ligera sonrisa apareció en su rostro.
-Buena suerte a todos.
Y así...
comenzó la guerra que decidiría el destino de la humanidad.
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RECORD OF RAGNAROK [Nueva Era]
FanfictionEste es un fanfiction inspirado en Record Of Ragnarok con dioses y personajes diferentes a la obra original, se busca profundizar en aquellos personajes que el público deseó ver en la arena, pero no fueron incluídos. Cada deidad o persona será trata...
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