PRÓLOGO: El Eco de las Cuatro Musas

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Antes de que el tiempo tuviera nombre, cuando el cosmos no era más que un lienzo vacío de polvo estelar y promesas mudas, la existencia misma se sostuvo sobre los hombros de cuatro entidades celestiales. No eran simples creadoras; eran la armonía, la fuerza, el descanso y la vida. El multiverso las conoció y adoró como Las Musas.
En el centro de la creación, donde la realidad se entrelazaba, cada una reclamó un fragmento del Todo para protegerlo:

Miya, la Diosa de la Música. De su arco de luz no nacían flechas para dar muerte, sino vibraciones cósmicas que dictaban el ritmo de los corazones en el espacio. Su melodía era el motor del tiempo; si Miya callaba, los mundos se congelaban en un invierno eterno. Su voz mantenía la cordura de los mortales y la paz entre los astros.

Benedetta, la Diosa de la Guerra. Pero no de la guerra cruel y mezquina, sino de la defensa justa, el honor y la disciplina. Portadora de una espada forjada con el fuego de las primeras estrellas, Benedetta vigilaba las fronteras de la realidad. Ella era el escudo inquebrantable, la que enseñaba a los hombres que el valor es el único fuego que la oscuridad no puede apagar.

Alice, la Diosa de los Sueños. Tejedora de ilusiones y guardiana del descanso. Ella gobernaba el plano etéreo, ese lugar difuso donde los mortales de todos los mundos viajaban al cerrar los ojos. Alice consolaba a los afligidos con visiones de mundos perfectos y mantenía las pesadillas encadenadas en el fondo de su abismo mental. Su belleza era tan hipnótica como peligrosa, un faro de paz en un mar de descanso.

Floryn, la Diosa de las Cosechas. Donde sus pies tocaban el vacío, la vida brotaba. Ella era la madre del sustento, la que sembraba la energía vital en los planetas y hacía que la tierra, el metal o la energía misma florecerían. Su risa traía la abundancia; su llanto, una sequía que podía extinguir galaxias enteras. Su tierno aspecto escondía el poder más antiguo de todos: la creación pura.

Estas cuatro diosas, unidas por un lazo inquebrantable de hermandad, cuidaban y mantenían el equilibrio de los cuatro mundos principales, reinos vastos y tan distintos entre sí que parecían imposibles de coexistir:

El Mundo Abyss: Un reino de sombras vivientes, fuego violeta y ambición desmedida. Un lugar donde el poder se pagaba con el alma, gobernado por entidades de pesadilla y guerreros corruptos que buscaban romper los límites de la carne y la magia.

El Mundo Saber: Una megalópolis futurista, fría y tecnológica, donde el orden se imponía con acero cromado, inteligencias artificiales y patrullas de neón azul. Un mundo que lo calculaba todo, incluso la justicia, olvidando a veces el valor de un corazón latiente.

El Mundo Exorcist: Un plano místico y crepuscular, suspendido entre lo terrenal y lo espiritual. Aquí, los vivos caminaban junto a fantasmas ancestrales, y los guerreros sagrados utilizaban sellos divinos y runas para mantener a raya a los espíritus malignos que acechaban en la penumbra.

El Mundo Neonbeast: Una explosión salvaje de color, música urbana y adrenalina. Un mundo de graffitis luminosos y energía indomable, donde los habitantes canalizaban espíritus de bestias míticas a través de la tecnología y el arte callejero, viviendo al límite de la libertad.

Para que la vida fluyera, estos mundos no podían estar aislados. En el corazón de cada reino se erigían inmensos portales de piedra cósmica y energía pura, espejos interdimensionales que permitían el comercio, el intercambio de conocimientos y la diplomacia. Eran las arterias del universo, custodiadas por el canto de Miya, la espada de Benedetta, el velo de Alice y las flores de Floryn.

Durante milenios, la paz fue una constante. Hubo risas, banquetes interdimensionales y un amor profundo entre las diosas y sus creaciones. Los mundos prosperaban en una utopía perfecta.
Pero la perfección es el prólogo más cruel de la tragedia.

Porque en lo profundo del plano de los sueños, una pequeña grieta comenzó a abrirse en el velo de Alice. Una melodía discordante que Miya no pudo prever; una batalla que la espada de Benedetta no pudo detener; y una semilla marchita que Floryn jamás logró sanar. El equilibrio estaba a punto de romperse, y la caída no dejaría más que cenizas, lágrimas y el eco de canciones tristes en la inmensidad del vacío.

EL RÉQUIEM DEL MULTIVERSO: EL ECLIPSE DE LAS MUSASHistorias para obsesionarse. Descúbrelo ahora