Tierra, Ciudad de México.
Los dedos de Leo volaban sobre el teclado. No los sentía. No los veía. Solo observaba las palabras que iban apareciendo en la pantalla, como si alguien más las estuviera escribiendo a través de él. Como si sus manos fueran un puente entre dos mundos.
Llevaba horas así. Desde que cenó. Desde que apagó el teléfono. Desde que se sentó frente a la computadora con una taza de café ya frío y la certeza de que esa noche tenía que escribir.
Tenía que hacerlo. No podía dejar pasar otra noche.
La novela sobre su abuela.
La primera novela de Leo.
Su abuela había muerto años atrás. El luto oficial había terminado. La gente había dejado de recordarla. La vida seguía, fría e indiferente, como si nada hubiera pasado.
Pero para Leo, no. Todo seguía pasando.
Cada vez que cerraba los ojos, veía sus manos. Manos arrugadas, que le habían acariciado el cabello cuando él era niño y tenía fiebre. Manos que ahora estaban quietas. Frías. Bajo tierra.
—No voy a dejar que te olviden, abuelita —murmuró, mientras sus dedos seguían escribiendo—. Voy a escribir tu historia. Para que todos sepan quién fuiste. Para que no te borren.
La pantalla brillaba en la penumbra de su estudio. El único sonido era el tecleo rítmico y el zumbido lejano de la ciudad que nunca dormía.
Capítulo uno. El nacimiento. Un pueblo, lluvia, una partera de manos callosas. Capítulo dos. La infancia. Los hermanos, la pobreza que agobiaba. Capítulo tres. La adopción. La mujer que se convertiría en su madre verdadera.
La vida de su abuela se desplegaba ante él como un río. Él era solo el escriba. Ella, la fuente.
Y entonces, algo cambió.
Fue un sonido.
Tenue al principio, casi imperceptible. Como el rumor de una hoja cayendo al suelo. Pero fue creciendo. Hasta convertirse en una melodía. Hasta convertirse en una canción.
Leo levantó la cabeza. Dejó de escribir. Agudizó el oído.
La canción venía de arriba. De la habitación que funcionaba como sala y comedor al mismo tiempo.
—¿Qué es ese ruido? —dijo en voz alta.
Se puso de pie. Las rodillas le temblaban. No sabía por qué. Era solo una canción. Solo el viejo equipo de sonido que él había colocado en un mueble de madera en el centro de la sala. Debía haberse activado por error. Un fallo eléctrico. Algo así.
Subió las escaleras. Escalón por escalón. La canción se hacía más clara. Más nítida.
"Michelle, ma belle, these are words that go together well"
Los Beatles. "Michelle". Era la canción que Leo podía escuchar. La canción que le gustaba a su abuela.
Llegó al segundo piso.
La luz apagada. Solo el resplandor azul del equipo de sonido iluminaba las paredes.
El equipo estaba encendido. Reproduciendo la canción. Sin que nadie lo hubiera tocado.
Leo se quedó estático. El corazón le golpeaba el pecho como un pájaro atrapado. Quiso dar un paso más. No pudo. Quiso hablar. Tampoco pudo.
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Alma de Estrellas
Science FictionMarte, 2626. La doctora Natasha Petrov perdió a su hija hace doce años. Nunca volvió a creer en nada. Hasta esa noche, en su laboratorio, donde logró lo imposible: capturar un alma humana. Pero el alma que flota frente a ella no pertenece a un convi...
