Dia de café

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Tomé todo lo que había en mi buzón, esperando encontrar solo las cuentas de la luz que debía pagar. Entre ese montón de recibos aburridos y facturas sin importancia, había algo que llamó mi atención: un sobre de papel fino, de color blanco y con una letra suave y ordenada que me resultó extrañamente familiar. Lo tomé con manos temblorosas y lo abrí rápidamente, sin entender por qué mi corazón latía con tanta fuerza. Era una carta, sí, pero no de cualquiera: era de ella, de Elena, la chica de la que estaba y sigo estando enamorado desde nuestros días en la universidad.

Habían pasado cinco años desde que nos despedimos al terminar las clases, y durante todo este tiempo yo había creído firmemente que ella nunca había sentido nada especial por mí. Por esa razón, por miedo al rechazo y por pensar que solo era un amigo más para ella, nunca me atreví a decirle ni una sola palabra sobre lo que sentía, ni a mostrarle con gestos o miradas cuán importante era para mí. Me convencí de que mi amor era algo secreto, algo que debía guardar para siempre, y seguí con mi vida, solitario y callado, sin imaginar que la realidad era muy distinta.

Pero esa carta decía todo lo contrario. Al leer lo que había escrito, sentí que el mundo se detenía a mi alrededor:

“Querido Ron: Todo este tiempo que ha pasado me hizo darme cuenta de lo especial que eras. Siempre fuiste una persona muy agradable, amable y atenta, y durante todos esos años compartidos sentí un amor profundo y sincero que nunca pude demostrarte por miedo, por timidez y por no saber si yo también te importaba. Pero ahora ya no quiero callarlo más, quiero decirte todo lo que siento y saber si tú sentiste y sientes algo por mí. Si es así, si todavía guardas algo de lo que vivimos, te espero mañana a las 3:00 de la tarde en la siguiente dirección”.

Abajo venía la indicación exacta: una pequeña cafetería acogedora, de esas con mesas de madera y grandes ventanales, ubicada en pleno centro de la ciudad, un lugar que yo conocía bien y que siempre me había parecido hermoso.

Quería gritar de alegría, quería salir corriendo a la calle y contárselo a todo el mundo. Después de leer esas líneas, sentí que todos mis sueños se hacían realidad; era exactamente como esas películas románticas que tanto me gustaba ver, esas historias en las que el amor vence al tiempo y a la distancia, y que tantas veces imaginé vivir en mi propia piel.

Esa noche apenas pude dormir, lleno de emoción y nervios, preparando mentalmente todo lo que le diría, pensando en cómo sonreírle y en cómo por fin podríamos recuperar todo ese tiempo perdido. A la mañana siguiente me levanté muy temprano, me arreglé con cuidado, elegí la ropa que me pareció más adecuada y salí de mi casa muy emocionado a las 2:00 de la tarde; ya quería que llegara la hora de ver a Elena. Iba muy hiperactivo y con demasiadas ansias de llegar a esa cafetería, que crucé una calle corriendo sin darme cuenta de que el semáforo estaba en verde para los coches. De repente, sentí como un brazo fuerte y pesado que me agarró del hombro y me lanzó hacia un lado con una fuerza descomunal, como si me hubiera arrojado una tormenta violenta. En ese mismo instante, escuché detrás de mí un estruendo metálico ensordecedor, el chirrido frenético de neumáticos y gritos desgarradores que me helaron la sangre.

Cuando giré la cabeza, vi una multitud apiñada en medio de la calzada, todos mirando hacia el suelo con expresiones de horror, asombro y preocupación, rodeando a una persona que yacía en el pavimento, inmóvil y en una posición extraña. Mucha gente se interponía en mi vista y se agolpaba alrededor intentando ayudar, así que no logré saber en ningún momento qué tan grave había sido. Sentí un nudo tan fuerte en la garganta que casi no podía respirar, convencido de que todo aquello había sucedido por mi culpa, que si no hubiera corrido de esa forma, esa persona seguiría caminando tranquila y sana. Entre la gente, una figura me provocó un escalofrío profundo: una señora con una apariencia descuidada, que me señalaba y miraba fijamente, sin parpadear, con una mirada intensa, severa y vacía, como si pudiera ver algo en mí que nadie más podía. ¿Me estaba juzgando? ¿Sabía que yo tenía parte de responsabilidad en lo que acababa de pasar? Quise acercarme, quise gritar que lo sentía, quise ayudar en lo que fuera, pero un pensamiento obsesivo me invadió: no podía faltar a esa cita, no podía retrasarme, no podía arruinar la única oportunidad de felicidad que había tenido en años. Me dije a mí mismo que los demás se encargarían de socorrer a la víctima, igual que alguien me había salvado a mí segundos antes, así que di media vuelta y comencé a caminar rápido, alejándome de aquel lugar lleno de alboroto y desasosiego.

Pero desde ese momento, nada volvió a ser normal, y una pesadilla tras otra comenzó a sucederme, como si una presencia oscura y furiosa hubiera decidido perseguirme sin descanso para impedir que cumpliera mi deseo.

Apenas di unos pasos, sentí que algo invisible me tiraba de la ropa con fuerza, como si manos invisibles intentaran retenerme, arrastrarme hacia atrás, justo a esa escena que yo provoqué. El aire se volvió denso, pesado y difícil de respirar, como si estuviera caminando bajo el agua o dentro de una niebla espesa y pegajosa que me dificultaba cada movimiento. Cada vez que me atrevía a mirar hacia los lados o por encima del hombro, distinguía entre la multitud, entre las sombras de los edificios o detrás de los árboles, la silueta de aquella mujer de aspecto desaliñado señalándome, siempre observándome con esa mirada inquietante y fija, y cuando parpadeaba o fijaba bien la vista, desaparecía como si se hubiera desvanecido en el aire.

Comencé a escuchar sonidos que no tenían origen: susurros bajos que parecían salir de las paredes, del suelo o de mi propia cabeza, palabras que no entendía pero que sonaban a amenaza, a lamento, a rabia. A veces, el murmullo se convertía en un grito ahogado que me hacía saltar y mirar alrededor aterrorizado, sin ver a nadie. En varias ocasiones, sentí un contacto repentino en el cuello, en la espalda o en las manos, como si alguien me rozara al pasar o me tocara levemente, y cada vez me giraba violentamente, encontrándome siempre con el espacio vacío y despejado.

Decidí tomar el callejón que solía usar para acortar el camino, una ruta que conocía al detalle, pero al entrar en él, todo cambió de forma aterradora. Las farolas parpadearon con luces intermitentes y agonizantes antes de apagarse por completo, dejando el espacio en una oscuridad absoluta y opresiva. Las sombras se alargaron de formas grotescas y retorcidas, tomando figuras humanas encorvadas que parecían inclinarse hacia mí, extendiendo brazos largos y finos intentando atraparme o detenerme. El suelo bajo mis pies parecía moverse levemente, como si estuviera sobre una superficie inestable y viva, y tropecé varias veces con obstáculos que no lograba ver, como si hubieran puesto piedras, palos o muebles en medio del camino solo para hacerme caer.

De repente, una ráfaga de viento violenta me golpeó de frente con tanta fuerza que casi me hizo perder el equilibrio, levantando polvo y hojas secas que me cegaron por unos segundos. Cuando pude abrir los ojos, vi que las paredes de las casas a los lados parecían estar más cerca, como si el callejón se estuviera estrechando poco a poco, obligándome a caminar en un espacio cada vez más pequeño y asfixiante. Escuché un crujido fuerte y continuo, como si la madera y el cemento se estuvieran rompiendo o moviendo, y sentí una angustia profunda, la sensación aterradora de que algo quería encerrarme allí para siempre.

Por todas partes veía imágenes inquietantes: en los cristales de las tiendas, en los reflejos de los charcos o en las lunas de los coches, siempre distinguía detrás de mi propia figura la silueta oscura, rígida y desaliñada de esa mujer que no dejaba de seguirme, y cuando me giraba violentamente para enfrentarme a ella, no había nadie, solo la calle vacía y silenciosa. En varias ocasiones, vi que las personas que pasaban cerca de mí me miraban con expresiones de miedo, confusión o lástima, se apartaban rápidamente o se tapaban la boca como si hubieran visto algo espantoso junto a mí, y cuando intentaba preguntarles qué pasaba o por qué me miraban así, ninguno contestaba, me ignoraban por completo o se alejaban corriendo como si yo fuera peligroso o repulsivo.

¿Acaso esa persona había sufrido un destino fatal y buscaba llevarme con él por la culpa que sentía, o solo era mi mente distorsionando mi realidad por el peso de lo que había ocurrido? No sabía cuál era la respuesta, solo sabía que no debía perder tiempo y que debía llegar a aquella cafetería sin importar qué.

Cuando por fin logré salir de esa zona y llegar a la plaza donde estaba la cafetería, era un poco tarde, pero no importaba, ya que estaba muy cerca. Me llené con la ilusión de ver a Elena; era lo único que me mantenía en pie. Desde la otra calle, miré a través de los grandes ventanales iluminados y la vi allí: estaba sentada en una mesa cerca de la ventana, igual como la recordaba, hermosa y serena, pero con una expresión nerviosa, y sus gestos me hicieron notar que me buscaba, mirando sin descanso hacia la puerta, mientras yo estaba justo al otro lado de la calle observándola.

Una alegría inmensa borró de golpe todo el miedo y el agotamiento que sentía, y sonreí con emoción, arreglándome la ropa y el cabello rápidamente antes de entrar. Empujé la puerta con entusiasmo y entré en el local, que estaba cálido, acogedor y lleno de gente charlando y riendo como cualquier tarde normal. Fui directo hacia su mesa, agitando la mano para que me viera y gritando su nombre con voz fuerte y alegre:

—¡Elena! ¡Por fin llegué! ¡Lo siento mucho por la demora, pasaron cosas muy raras en el camino y me retrasé más de lo que pensaba!

Me detuve justo frente a ella, esperando ver su rostro iluminarse de felicidad, esperando que se levantara para saludarme o que me contestara con la misma emoción, pero lo que sucedió me dejó helado: ella no se movió, no levantó la vista, no mostró ninguna señal de haberme escuchado o de saber que yo estaba allí parado frente a ella. Siguió mirando hacia la puerta con la misma expresión nerviosa y actuando como si yo no existiera, como si el espacio que yo ocupaba estuviera vacío y desierto.

Confundido y preocupado, me incliné un poco más cerca de ella y toqué suavemente el borde de la mesa para llamar su atención:

—¿Elena? ¿Me escuchas? Soy yo, Ron, estoy aquí, por fin estoy aquí como me pediste.

Miré a las personas que estaban cerca, pensando que quizás ella no me reconocía o que había ocurrido algún malentendido, pero nadie parecía darse cuenta de mí: pasaban a mi lado, me rozaban sin querer, hablaban entre ellos sin mirarme y se apartaban como si yo fuera una sombra o un objeto inanimado que estorbaba en el paso. Nadie me respondía, nadie me miraba a los ojos, nadie parecía verme realmente.

De repente, la puerta de la cafetería se abrió lentamente y un escalofrío terrible me recorrió de pies a cabeza: entró aquella señora de aspecto desaliñado y ropa vieja, la misma que me había mirado con severidad entre la multitud del accidente, la misma que me había parecido ver persiguiéndome entre las sombras durante todo el camino. Caminaba despacio, arrastrando los pies y mirando todo a su alrededor con una calma fría y aterradora, y cuando sus ojos se fijaron nuevamente en mí, sentí que el corazón se me detenía: esa mirada no era humana, no pertenecía a ninguna persona común, sino que parecía pertenecer a algo antiguo, inevitable y definitivo.

Se acercó lentamente hasta donde yo estaba, sin que nadie más en el local pareciera verla ni reparar en su presencia, y se detuvo justo frente a mí. A medida que se acercaba, su apariencia cambió sutilmente: su rostro desgastado se volvió más nítido, más severo y a la vez más triste, y comprendí con un terror absoluto que no se trataba de ninguna persona ni de ningún simple espíritu inquieto: frente a mí estaba la Muerte misma, que había tomado esa forma para acercarse a mí, para advertirme y para cumplir su destino inevitable.

Con una voz que sonó como un eco profundo y lejano, como si viniera de un lugar sin tiempo ni espacio, me dijo con gravedad:

—Todo este tiempo, todos estos obstáculos, todos estos miedos y sensaciones terribles… todo lo he hecho yo, Ron. He intentado detenerte, he puesto barreras en tu camino, he tratado de hacerte comprender la verdad, de hacerte desistir de un viaje que ya no tenía sentido. Cuando sentiste que alguien te empujó, fui yo reclamando tu alma, que según el destino me pertenecía en ese momento. Cuando escuchaste el golpe y viste la multitud reunida alrededor de esa persona… nunca supiste si estaba vivo o muerto, ¿verdad? No pudiste verlo, no quisiste quedarte a saberlo, pero ahora ya puedes entenderlo: tú eras esa persona. Tú fuiste quien cruzó corriendo, tú fuiste quien recibió el impacto, tú fuiste quien cayó al suelo y terminó su camino en ese instante. Nadie supo con seguridad en ese momento cuál sería tu destino, ni si tú sobrevivirías o no, y tú tampoco lo entendiste, porque tu deseo de llegar hasta aquí, tu amor guardado durante años y tu esperanza de ser feliz fueron tan fuertes que separaron tu alma de tu cuerpo, y te permitieron seguir caminando, sin saber qué había pasado, sin aceptar que tu tiempo se había terminado para siempre.

Me quedé inmóvil, sintiendo cómo todo mi mundo se desmoronaba y se oscurecía a mi alrededor, comprendiendo por fin el significado de todo lo que me había ocurrido: la pesadez al caminar, la sensación de ser invisible ante todos, las advertencias aterradoras, las trabas que aparecían en mi ruta y las imágenes… todo eran señales que yo había ignorado ciegamente, todo eran intentos de la Muerte por capturar mi alma y llevarla con ella, pero que mi amor y mi esperanza me habían hecho resistir, caminando hacia una cita que nunca podría tener lugar.

La Muerte miró hacia Elena, que seguía sentada en la mesa, ajena a todo lo que estaba ocurriendo, esperando en vano a alguien que ya no existía, y continuó diciendo con su voz solemne y triste:

—Ella no puede verte ni escucharte, Ron, porque tú ya no eres parte de su vida ni de su realidad. Ella esperará, quizás por mucho tiempo, sin saber nunca si llegarías, sin saber que tú intentaste llegar con todas tus fuerzas, sin saber que estuviste aquí junto a ella durante un momento que para ti parecía eterno, pero que para ella nunca ocurrió. Nadie le contará la verdad, nadie le dirá que tú viniste y que el destino te arrancó de la vida justo cuando por fin ibas a tener lo que más querías.

Volvió a mirarme con esa mirada pesada y definitiva, extendiendo lentamente su mano hacia mí:

—Todo lo que hiciste, todo lo que sentiste, todo lo que luchaste por llegar… solo ha servido para retrasar lo inevitable. Ven conmigo, Ron, es hora de irnos, ya no hay nada más que hacer aquí.

Miré por última vez a Elena, que seguía mirando hacia la puerta con lágrimas en los ojos, esperando a un Ron que nunca llegaría, y comprendí con un dolor infinito y desgarrador la lección más dura y cruel que la existencia podía darme: nunca debí ocultar lo que sentía, nunca debí dejar para mañana las palabras que podía decir hoy, porque nunca sabremos cuándo se acabará nuestro tiempo, ni cuánto dolor y cuánta pérdida puede causar el silencio. El miedo a hablar y la costumbre de guardarse el corazón pueden condenarnos a perder las oportunidades más hermosas de nuestras vidas.

Con el corazón destrozado y lleno de arrepentimiento, tomé la mano de la Muerte, y mientras mi figura se desvanecía lentamente de aquel lugar cálido y lleno de vida, supe que me marchaba para siempre sin poder estar con Elena ni confesarle mi amor.

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