Para el mundo del internet, Jennie Kim era la exitosa autora del blog Corazones de Tinta, pero la realidad detrás de la pantalla era mucho más cruda. Su libro anterior, una densa novela histórica, había sido un fracaso rotundo en ventas y críticas. Su editorial le había dado un ultimátum: o su siguiente obra era un bestseller indiscutible que impulsara su carrera, o perdería su contrato para siempre.
El problema era que Jennie llevaba semanas con un bloqueo de escritor espantoso. La página en blanco la miraba con burla todas las noches, y el ruido del piso de arriba solo empeoraba su frustración.
¡BUM! ¡BUM! ¡BUM!
Jennie saltó de la silla, el cursor del documento se desvió y una hilera de letras sin sentido arruinó el clímax de su escena. En el techo, un ritmo ensordecedor de hip-hop y trap empezó a vibrar con una potencia que hacía temblar las lámparas de su sala.
-No, no, no. Otra vez no -gruñió Jennie, apretando los puños.
Llevaba una semana igual. Todos los benditos días, exactamente a las cinco de la tarde, el nuevo inquilino del piso de arriba convertía su techo en una pista de baile o en una zona de guerra. Se escuchaban pasos acelerados, caídas pesadas, saltos y una música que se filtraba por las paredes como un terremoto constante.
Tratando de mantener la cordura, se colocó los auriculares con cancelación de ruido. Nada. El bajo de la música era tan potente que le retumbaba en el pecho.
-Se acabó -dijo Jennie, poniéndose de pie de golpe-. No me importa si es un gángster o un baterista frustrado. Mi final feliz no se va a arruinar por su culpa.
Con paso firme y la mirada inyectada en furia, Jennie salió de su departamento, subió las escaleras hacia el quinto piso a paso de mariscal de campo y se plantó frente a la puerta del departamento 504. No dudó. Golpeó la madera con fuerza, casi al ritmo de la insoportable música que se escuchaba desde el pasillo.
-¡Abran la puerta! ¡Seguridad civil! ¡O el fantasma de la paciencia rota! -exclamó.
La música se detuvo de golpe. Se escucharon unos pasos aproximándose y el cerrojo digital sonó. Jennie cruzó los brazos, ensayando su mejor mirada de desprecio y superioridad, lista para acabar con el ignorante que osaba interrumpir la literatura romántica de Corea del Sur.
La puerta se abrió.
Y a Jennie se le olvidó cómo respirar.
Frente a ella no había un adolescente ruidoso ni un rockero descuidado. Había una mujer imponente, notablemente alta, de facciones exóticas y una belleza tan descarada que parecía irreal. Llevaba el cabello castaño recogido en una coleta alta de la que se escapaban algunos mechones húmedos. Vestía unos leggings negros de tiro alto y un top deportivo gris sumamente ajustado que marcaba cada centímetro de un abdomen perfectamente tonificado.
Lo peor de todo -o lo mejor, según el subconsciente traidor de Jennie- era que la chica estaba completamente empapada en sudor. Finas gotas corrían por su cuello, deslizándose por la clavícula y perdiéndose en el escote de su ropa deportiva.
-Hola -saludó la mujer. Su voz era profunda, ligeramente rasposa y salía de sus labios con una respiración agitada que denotaba un esfuerzo físico intenso.
Jennie se quedó estupefacta. Sus ojos de gata, usualmente afilados por el enojo, se abrieron de par en par. Recorrió el cuerpo de la desconocida de arriba abajo en un milisegundo, sintiendo un súbito e inexplicable calor que no tenía nada que ver con la calefacción del edificio.
-Eh... yo... -tartamudeó Jennie, maldiciéndose internamente. ¿Dónde quedó la escritora empoderada?
La mujer del piso de arriba arqueó una ceja, delineando una sonrisa ladina al notar el efecto que causaba en la morena. Se apoyó contra el marco de la puerta, cruzando los brazos, lo que hizo que sus bíceps se marcaran aún más.
-¿Te ayudo en algo, vecina? -preguntó, con un acento sutil, extranjero, deliciosamente exótico.
Jennie reaccionó. Sacudió la cabeza levemente y recuperó su postura digna, obligándose a mirar a la mujer directamente a los ojos, ignorando el resto de su anatomía.
-Sí, de hecho -dijo Jennie, recuperando su tono firme y cortante-. Soy la dueña del departamento de abajo. Y subo porque tu... "concierto" diario está destruyendo mi propiedad y mi cordura. ¿Qué estás haciendo ahí dentro? ¿Entrenando elefantes? ¿Demoliendo paredes?
La desconocida soltó una carcajada limpia y sonora que desarmó por completo el intento de intimidación de Jennie.
-Lo siento, de verdad -dijo la chica, extendiendo una mano-. Soy Lisa. Me mudé de Tailandia hace poco. Soy maestra de baile y estoy preparando las coreografías para las audiciones de una nueva academia aquí en Seúl. No pensé que el aislamiento del piso fuera tan malo.
-Es pésimo, Lisa -replicó Jennie, ignorando la mano extendida para mantener las distancias, aunque el nombre sonó extrañamente bien en sus labios-. Escribo novelas. Necesito silencio absoluto. Tus saltos y tus bajos me están costando suscriptores y neuronas. Así que te sugiero que uses audífonos o que busques un estudio.
Lisa bajó la mirada hacia las manos de Jennie y luego detalló su rostro. La timidez inicial de la escritora se había convertido en una actitud altiva y desafiante que a Lisa le pareció sumamente sexy. Esos ojos felinos y esa boca pequeña haciendo un puchero de indignación eran una invitación peligrosa.
-Ya veo... una escritora de romance -comentó, dando un paso imperceptible hacia el frente, reduciendo el espacio entre ambas. El olor a sudor limpio, agua de colonia y adrenalina inundó el espacio de Jennie-. Interesante. Pero bailar con audífonos es como intentar pintar a oscuras. Necesito sentir la vibración.
-Pues ve a sentir la vibración a otra parte -respondió Jennie retrocediendo, sintiendo que la cercanía de la mujer alteraba su ritmo cardíaco-. De cinco a siete de la tarde es mi hora pico de escritura. Si vuelvo a escuchar un solo golpe, llamaré a la administración.
-Vaya, qué ruda -bromeó, mostrando una sonrisa juguetona que encendió todas las alarmas de la mujer con ojos gatunos-. Está bien, vecina... por cierto, ¿cuál es tu nombre?
-No te importa. Solo mantén el volumen bajo -sentenció.
Dio media vuelta para regresar a las escaleras, consciente de que la mirada de la vecina escandalosa estaba fija en su espalda (y probablemente un poco más abajo).
-¡Nos vemos luego, vecina misteriosa! -le gritó desde la puerta, con un tono divertido que prometía que esto apenas comenzaba.
Jennie entró a su departamento con el corazón latiendo a mil por hora. Se apoyó contra la puerta y se llevó una mano al pecho.
-Idiota atractiva -susurró para sí misma, intentando borrar de su mente la imagen de los abdominales sudorosos de la extraña.
YOU ARE READING
Efecto Dopamina
FanfictionEl silencio no es la ausencia de sonido; es la presencia de una mente que tiene el control absoluto. Para una escritora que vive de ordenar el caos del mundo en oraciones perfectamente estructuradas, el silencio es la única moneda de cambio que gara...
