A ver, cómo os lo explico. Hay mañanas en las que uno se levanta con el pie izquierdo, y luego hay mañanas en las que te levantas y descubres que tu vida ha dejado de pertenecerte porque a dos familias de empresarios con demasiadas acciones y muy pocos escrúpulos les ha parecido una idea fantástica jugar al medievo.
Ahí estaba yo, sentada en una silla de terciopelo verde que costaba más que mi coche, mirando fijamente el ventanal de un reservado de un hotel de cinco estrellas en Madrid. Frente a mí, mi padre se ajustaba la corbata por quinta vez.
—Por favor, haz el esfuerzo —me suplicó en un susurro, casi sin mover los labios—. Es solo una cena. Una toma de contacto.
—Una toma de contacto, claro —dije yo, cruzándome de brazos y hundiéndome en la silla—. Papá, que me habéis organizado un matrimonio concertado en pleno siglo XXI. Que solo os falta pedir una dote con tres cabras y un terreno de olivos. ¿De verdad no os da vergüenza?
—Es una fusión de empresas, cariño. Y las cláusulas son las que son. Los inversores quieren estabilidad, continuidad familiar...
—¡Los inversores lo que quieren es que me amargue la vida! —le corté, subiendo el tono más de la cuenta—. Y encima con él. Que nos hemos visto tres veces en eventos y tiene la expresividad de una patata cocida. Por no hablar de que no tenemos absolutamente nada en común. Nada.
—Es un buen chico —insistió mi madre, apareciendo por detrás y retocándome un mechón de pelo que me había dejado suelto a propósito—. Pedro es muy educado. Y su familia es encantadora. Además, el tema del heredero... Bueno, sabías que era innegociable para el fideicomiso.
Sentí una arcada real.
—No lo llames "el tema del heredero", mamá, por el amor de Dios. Que parece que vais a cruzar a dos perros de raza. "Un hijo biológico en los primeros tres años de matrimonio". ¿Quién coño redacta estas cosas? ¿Torquemada?
Antes de que mi madre pudiera soltarme el típico sermón sobre el decoro y el sacrificio familiar, la puerta de doble hoja del reservado se abrió. El camarero se hizo a un lado y aparecieron ellos. Los fantasmas de las Navidades presentes.
Primero entraron sus padres y su representante, todos con esa sonrisa de "estamos vendiendo un producto y nos va a salir redondo". Y detrás, arrastrando un poco los pies y con las manos metidas en los bolsillos de un pantalón de pinzas que le quedaba sospechosamente bien, entró Pedro. Pedri. El niño mimado del fútbol, el chaval que media España idolatraba y que a mí, personalmente, me caía como una patada en el estómago. Venía con esa cara de empanao que ponía a veces en las ruedas de prensa, pero con un brillo de fastidio en los ojos que no intentaba ocultar.
Nuestras miradas se cruzaron. Yo le dediqué mi mejor sonrisa de "te odio", y él me devolvió una pestaña entornada que venía a decir "yo preferiría estar pasando una endodoncia ahora mismo".
—¡Hombre, qué alegría! —exclamó mi padre, levantándose como si entrara el mismísimo Rey.
Hubo besos falsos, abrazos incómodos y un despliegue de hipocresía que casi me hace necesitar un antihistamínico. Cuando por fin nos sentamos, el destino —o la crueldad de nuestras madres— quiso que Pedro terminara justo enfrente de mí. La mesa era redonda, pero no lo suficientemente grande como para no notar su energía de "quiero morirme".
El camarero sirvió el vino. Nadie habló durante dos minutos eternos.
—Bueno —arrancó el padre de Pedro, intentando romper el hielo—, parece que el tiempo en Madrid está revuelto, ¿no?
—Mucho —respondió mi madre—. En Barcelona hacía mejor día cuando salimos.
"Qué interesante", pensé. "Matadme ya".
BINABASA MO ANG
HASTA QUE EL CONTRATO NOS SEPARE
FanfictionA ver, os pongo en situación. Imaginad que tenéis vuestra vida organizada, vuestros proyectos, vuestra carrera y, de repente, vuestros padres deciden que volvemos a la Edad Media. Sí, habéis oído bien. Resulta que la empresa familiar está a punto de...
