El motor del auto se apagó, pero el zumbido del viaje seguía atrapado en mis oídos. Frente a mí se alzaba la mansión de los de la familia, el lugar donde pasé los primeros diez años de mi vida, antes de que el luto tiñera las paredes y mi padre decidiera que yo era un estorbo demasiado costoso y el cual le recordaba a la supuesta traición que lo convirtió en el hombre que era el dia de hoy.
-¿Estás lista, mi niña? -preguntó la voz temblorosa de mi abuelo desde el asiento delantero.Asentí, forzando una sonrisa. Mis abuelos me habían devuelto la vida después del infierno en el internado. Después del secuestro. Después de aquella noche de frío y sangre donde casi pierdo el aliento, hasta que unos brazos extraños y una mirada que aún no lograba identificar en mis recuerdos me sacaron de la oscuridad. Mi salvador anónimo seguía siendo un fantasma en mi mente, pero la realidad actual era un monstruo más tangible. Mi padre me quería de vuelta. Específicamente, quería mi firma.
Al bajar del vehículo, el viento de la tarde agitó mi cabello oscuro. Alisé las arrugas de mi vestido y caminé hacia la gran puerta de roble. No iba a esconderme.Cuando los sirvientes abrieron la puerta, el murmullo de la sala principal se extinguió de golpe. Mi padre, Arturo, estaba de pie junto al gran ventanal, sosteniendo una copa de whisky. A su lado, Silvans, la mujer que solía abrazar a mi madre llamándola "amiga" y que ahora portaba su anillo de bodas, dejó caer su copa al suelo. El cristal se hizo añicos quedaba claro que lo último que esperaban era verme de vuelta en esa casa, mi padre tenía la cara descompuesta y yo tenía toda la culpa
-¿Scarlette? -susurró Silvana, con el rostro pálido como la cera.
La mirada de mi padre era una mezcla de codicia y terror absoluto. Lo entendí de inmediato. No me miraban a mí. Miraban a un fantasma. Los años en el campo con mis abuelos me habían transformado; los rasgos infantiles se habían ido, dejando en su lugar la viva imagen de mi madre. El mismo porte, los mismos ojos felinos, la misma barbilla alzada.
-Hola, papá. Silvana -dije, mi voz helada resonando en el vestíbulo-. He vuelto por los papeles. Pero el viaje ha sido largo. Hablaremos de negocios mañana, di una rápida mirada en el vestíbulo, mi casa no era misma, los muebles que mi madre había escogido con tanta devoción ya no estaban y su hermoso retrato que se encontraba justamente arriba de la chimenea había desaparecido, mi padre se había deshecho de todo lo que le recordaba a ella y eso me incluía
Sin esperar respuesta, subí las escaleras, cada escalón crujía con el peso de los recuerdos. Crucé el pasillo hacia el ala oeste, buscando el único refugio que recordaba con nostalgia: mi antigua habitación, recordaba mi recamara con el cariño que recordaba a mi madre, los vitrales con dibujos de flores que lo decoraban y que hacían que en los días soleados mi cuarto se llenará de colores, el ventanal que me permitía ver al jardin y mi cama de doseles que me hacía sentir una princesa.
Giré la perilla, el pomo de bronce estaba extrañamente limpio, no lleno de polvo como esperaba, empujé la puerta y la oscuridad de la habitación me recibió, alargué la mano hacia el interruptor de la pared y encendí la luz. La lámpara de araña iluminó la estancia al instante, y el aire se me atascó en la garganta, sobre las sábanas de mi antigua cama, envueltos en un abrazo frenético, no había fantasmas, había dos personas que eran reales.
La respiración agitada de Vanessa, la hija de Silvana y mi nueva hermanastra, se cortó en seco al verse descubierta. Intentó cubrirse con la manta, con las mejillas encendidas de vergüenza y rabia, pero mis ojos no se quedaron en ella. Se clavaron en el hombre que se apartaba lentamente, acomodándose la ropa con una frialdad que me congeló la sangre.
Demián.
El mismo Demian que de niños juraba que me protegería de cualquier monstruo debajo de la cama. El mismo que, en uno de los momentos más dolorosos de vida, mientras estaba sola y desamparada en una cama de hospital, me miró con desprecio y me soltó las palabras que arruinaron mi infancia: «No me busques más, Scarlette. Das lástima. No vuelvas a hablarme».
Demián se dio la vuelta, abotonándose la camisa, su mirada altiva chocó con la mía, mi cuerpo tuvo una reacción al verlo, pero me negué a que el se diera cuenta de ese hecho. Esperaba ver burla en sus ojos, pero por una milésima de segundo, vi cómo sus pupilas se dilataban y un destello de puro shock cruzaba su rostro al ver en lo que me había convertido.
-Vaya -siseó Vanessa, recuperando el veneno en su voz mientras se sentaba en la cama-. Parece que la muerta de hambre regresó por sus migajas. ¿No sabes tocar, hermanita?
No respondí. Mantuve la vista fija en él, buscando un rastro del niño que alguna vez amé, pero solo encontré a un extraño en mi propia cama, un extraño que se había revolcado con una de las mujeres que más odiaba en este momento en mi propia recamara.
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Las Espinas de Aconito
RomanceTras el misterioso fallecimiento de su madre, fue desterrada por su propio padre a un internado aislado en el que sufrió un brutal secuestro que casi le cuesta la vida. Rescatada de entre las llamas por un salvador anónimo cuya identidad quedó grab...
