El desierto de Arerian no perdonaba a los débiles. Abajo, las dunas de arena rojiza se extendían hasta el horizonte como un océano estático, calcinado por un sol implacable que hacía vibrar el aire en oleadas de distorsión térmica. Oculta entre los cañones de roca, la base militar Astro-V permanecía en absoluto silencio, con sus pistas de asfalto negro absorbiendo el calor. Pero en el cielo, a doce mil metros de altura, el silencio no existía. El cielo de Arerian estaba siendo desgarrado.
Cuatro estelas de condensación blancas, perfectas y paralelas, cortaban el firmamento azul profundo. Cuatro cazas de combate volaban en formación de ala cerrada, haciendo vibrar la atmósfera con el rugido sordo y atronador de sus motores de reacción.
No era un ejercicio de rutina. Era la fase final de selección. Cuatro candidatos de élite. Cuatro máquinas perfectas de Generación avanzada. Pero al final del día, solo dos hangares de la base secreta tendrían dueño. Los otros dos aviones serían devueltos a sus países de origen con los registros de memoria borrados.
-*Formación en cuña. Mantengan velocidad de crucero a Mach 1.5. No se adelanten a la señal* -la voz que retumbó en la frecuencia de radio general no era humana; era profunda, ronca y cargada con el eco metálico de un motor que había tragado miles de kilómetros de historia. Era Grigory Ges, el "Halcón Negro", observando desde la torre de control en tierra.
A la izquierda de la formación, el fuselaje gris metálico de Chase reflejó el destello del sol. El joven prototipo alemán, una hibridación perfecta entre la agilidad de un F-16 Falcon y la tecnología futurista del X-35, estabilizó sus alerones. Sus ojos, ocultos tras el tinte oscuro de la cabina de cristal que simulaba el visor de un piloto de combate, brillaban con una confianza desbordante. El motor de Chase no carraspeaba; cantaba un zumbido agudo, limpio y arrogante. Para él, la gravedad era solo una sugerencia.
-¿Escucharon al viejo? -transmitió Chase por la línea privada, su voz destilando esa molesta pero innegable genialidad juvenil-. Intenten no quedarse atrás cuando dé la orden. No querría que sus computadoras de navegación se mareen con mi estela.
-*Cierra la boca, cadete setenta y uno* -respondió de inmediato una voz fría, calculada y de un acento ruso impecable desde el extremo derecho-. Esto no es un festival aéreo de acrobacias. Guarda combustible. Si tu motor se ahoga allá arriba, no habrá nadie para sostenerte las alas.
Era Blaize. Su silueta era inconfundible: un Northrop YF-23 de quinta generación, pintado de un gris oscuro tan profundo que parecía absorber la luz del desierto, adornado solo por sutiles líneas de un naranja neón que brillaban a lo largo de sus alas en rombo. Blaize no se movía ni un milímetro. Mientras Chase corregía su posición con constantes y pequeños espasmos de adrenalina, ella cortaba el aire con la precisión de un bisturí militar.
En el centro de la formación, los otros dos cazas, un F-15 Eagle y un Su-27 Flanker de gran linaje y Generación 4, mantuvieron el silencio, concentrados al máximo. Eran veteranos de la tensión civil, pero carecían de la chispa evolutiva que Chase y Blaize llevaban en sus sistemas.
-*Atención a todos los vectores* -la voz de Grigory Ges volvió a cortar el radio, fría como el hielo-. *Inicien la prueba de resistencia suborbital. Ascenso vertical puro. Objetivo: Romper Mach 2.5 y alcanzar el límite de la troposfera. El ejercicio termina cuando los sistemas de alerta colapsen. Comiencen... ¡YA!*
El cielo explotó.
Chase no esperó ni una décima de segundo. Activó los postquemadores al máximo, inyectando combustible directamente en el torrente de su motor. Un estallido sónico sacudió el desierto de Arerian abajo cuando el caza alemán alzó la nariz noventa grados, apuntando directamente hacia el espacio, convirtiéndose en un cohete gris que desafiaba la gravedad.
-¡Nos vemos en la cima, fría Blaize! -gritó Chase por la frecuencia mientras la G-fuerza empezaba a aplastar su fuselaje. El dolor era un viejo amigo; un tirón agudo en los remaches de sus alas, una presión en el pecho que hacía que sus sistemas computarizados parpadearan en rojo. Adrenalina pura.
A su lado, Blaize no gritó. Con una sincronización perfecta, retrasó sus superficies de control, inclinó su imponente cuerpo hacia el cenit y encendió sus motores gemelos. No hubo movimientos bruscos, solo una aceleración brutal y silenciosa. El YF-23 ascendió en una línea tan recta que parecía trazada con una regla láser.
A los pocos segundos, los dos cazas de Generación 4 se unieron al ascenso vertical, pero la diferencia genética y tecnológica se hizo notar de inmediato. A medida que subían, el aire se volvía más delgado, frío y escaso.
A los quince mil metros, el F-15 Eagle empezó a tambalearse. Su motor de Generación 1 adaptada comenzó a toser. Las revoluciones de su turbina cayeron drásticamente, emitiendo un quejido ahogado por la falta de oxígeno.
-*¡No puedo... no tengo suficiente empuje!* -transmitió el F-15, con la voz entrecortada por el pánico de sus sistemas-. *¡Mi motor se está ahogando!*
-¡Controla el timón! -le advirtió el Su-27, pero fue en vano. El aire ya no era lo suficientemente denso para sostener sus alas. El F-15 entró en una pérdida violenta, cayendo de espaldas hacia el desierto en una barrena descontrolada antes de poder estabilizarse a menor altura. Eliminado.
Chase miró de reojo a través de sus sensores traseros y soltó una carcajada metálica, aunque a él también le estaba empezando a costar. A los dieciocho mil metros, el cielo ya no era azul claro; empezaba a teñirse de un violeta oscuro, casi negro. Las estrellas eran visibles a plena luz del día.
Ahí arriba, el motor de Chase empezó a sufrir la verdadera asfixia hipóxica. Se sentía como si le apretaran la garganta. Su turbina daba tirones, dando todo de sí, consumiendo las últimas bocanadas de aire enrarecido para mantener la combustión interna. La alarma de su panel interno comenzó a parpadear: *ADVERTENCIA: DENSIDAD DE OXÍGENO CRÍTICA.*
-¡Un poco más...! -se obligó Chase, apretando los dientes conceptuales de su estructura. Su fuselaje vibraba violentamente por la fricción y la falta de sustentación.
A su par, Blaize mantenía el ritmo exacto. Sus sistemas rusos calculaban el flujo de aire miligramo a miligramo. Notó que el Su-27 Flanker, el último competidor, finalmente se rendía a los diecinueve mil metros, apagando sus postquemadores para evitar un colapso térmico y cayendo en picada de regreso a la Tierra.
Solo quedaban ellos dos. El prodigio alemán y la sombra rusa.
-*Suficiente. Chase, Blaize, corten potencia. Regresen a la base* -ordenó Grigory Ges desde la tierra.
Chase, con el ego inflado por haber subido cien metros más que Blaize, hizo un giro acrobático innecesario y peligroso en el aire enrarecido, perdiendo el control por un segundo antes de clavar la nariz hacia abajo y dejarse caer en un picado supersónico que hacía silbar el viento contra su metal. Blaize simplemente niveló sus alas con elegancia y descendió en una espiral perfecta, como un halcón regresando a su nido.
Veinte minutos después, los neumáticos de ambos cazas chirriaron al tocar la pista de la base Astro-V. El calor del desierto los recibió de golpe, haciendo que el metal de sus fuselajes calientes crujiera mientras rodaban hacia los hangares principales. Los otros dos aviones eliminados ya estaban siendo escoltados hacia la salida de la base, con las miradas bajas.
Chase y Blaize se detuvieron frente al gigantesco Hangar 0. Sus motores se apagaron lentamente, dejando escapar un largo suspiro de vapor y calor acumulado.
De repente, las enormes compuertas blindadas del hangar subterráneo comenzaron a abrirse, emitiendo un chirrido hidráulico que vibró en el suelo. De las sombras absolutas del edificio, emergió una silueta que infundía un respeto casi religioso.
Era gigantesco. Su pintura negra de titanio estaba desgastada, llena de líneas grisáceas causadas por la fricción de haber volado a tres veces la velocidad del sonido en misiones secretas de las que nadie hablaba. Su envergadura dominaba el lugar, y sus ojos, severos y cansados por los fantasmas de una guerra pasada entre vehículos aéreos y terrestres, se posaron sobre los dos jóvenes cadetes.
Grigory Ges, el SR-71 Blackbird, se detuvo frente a ellos. El calor residual de sus propios sistemas hacía que el aire a su alrededor vibrara.
-Felicidades, cadetes -dijo el Halcón Negro, su voz resonando como un trueno en el hangar-. Han demostrado que sus fuselajes pueden soportar el castigo del cielo. Pero lo que acaban de hacer hoy... es solo un juego de niños comparado con el lugar a donde los voy a enviar.
Chase enderezó su tren de aterrizaje, perdiendo parte de su postura burlona. Blaize permaneció inmóvil, atenta.
Grigory se hizo a un lado, permitiendo que las luces del hangar iluminaran el fondo. En las pantallas gigantes de la base, apareció la silueta digital de un mapa orbital de la Tierra. En el centro, un punto intermitente parpadeaba en rojo, perdido en la negrura del espacio exterior. Junto al punto, se leía un nombre en código: **APOLO 11**.
-A espaldas de los vehículos terrestres, hemos detectado una señal -continuó Grigory, bajando la voz-. Uno de los nuestros, un transbordador con la información confidencial más valiosa de la gran guerra, está muriendo en órbita baja. Si los autos lo encuentran primero, será el fin de nuestra especie. Su misión no es ganar una carrera. Su misión es ir más allá del cielo, encontrarlo y traerlo a salvo. Bienvenidos al Proyecto Beyond the Sky.
Chase y Blaize miraron la pantalla. Por primera vez, el joven alemán sintió un escalofrío frío recorrer sus conductos de combustible. El espacio ya no era una fantasía; era su próximo destino
