Sirviente del deseo real

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Cuando le dijeron que sería sirviente de la reina, no se lo creyó en absoluto.

Un felino de ojos verdes y pelaje blanco como la nieve, salpicado de manchas oscuras como el carbón que cubrían su ojo izquierdo, manos y codos, vivía tranquilo en un pueblo cercano a la capital del reino de Baeri. Se dedicaba a cuidar las cosechas y a preparar comida para los lugareños que apenas tenían dinero.

Pero, de repente y sin previo aviso, unos guardias de la capital acudieron a él mientras trabajaba en el campo para informarle de que sería el nuevo sirviente de la reina Lericia.

Dejó caer la regadera por la impresión, completamente desconcertado ante la noticia. No hubo explicaciones: no sabía si se trataba de un castigo o de una simple elección. Solo que debía abandonar su hogar y trasladarse al interior de los muros del blanco castillo.

Para cuando terminó de asimilar su situación, ya vestía de negro con camisa blanca, y realizaba tareas para la mismísima reina. Durante su presentación ante el trono, notó que ella se mostraba de buen humor al verlo, como si su presencia allí fuese algo digno de celebración. Sin embargo, el felino sabía que no era conocida por ser una dirigente seca y severa.

De hecho, era adorada por su genuina amabilidad hacia todos sus habitantes. También era respetada por su increíble fuerza, pues se trataba ni más ni menos que de una osa tan grande como una puerta, poseedora de un cuerpo poderoso y ágil al mismo tiempo.

Vestía un traje azul profundo que caía hasta el suelo, con aberturas laterales que dejaban entrever sus poderosas piernas. Sus musculosos brazos se podían adivinar bajo la tela con facilidad. Poseía un escote muy poco sutil, mostrando fuerza y feminidad al mismo tiempo. Desde su hombro derecho descansaba una hombrera adornada, que sujetaba con gracia la capa ligera y brillante que caía sobre su espalda.

Un cinturón ancho decorativo apretaba su cintura, mientras que las botas altas de cuero completaban el conjunto, combinando majestuosidad con funcionalidad. Sus brazaletes de cuero, decorados con gemas verdes y turquesas, estaban atados a los antebrazos, dejando libres sus manos para moverse con agilidad.

Y sobre la cabeza se posaba su dorada corona, ligera y brillante, combinando perfectamente con su melena de pelaje largo que rodeaba su rostro y hombros, otorgándole una imponente presencia. Pero lo que más atrapaba eran sus ojos ámbar, intensos y cálidos, que reflejaban poder, magnetismo y amabilidad a partes iguales.

El felino, por su parte, se sentía pequeño y fuera de lugar. Su estatura era baja y tenía un cuerpo delgado. Vestía una camisa sencilla de lino y un pantalón rústico, con botas ligeras de cuero y un pequeño delantal de trabajo que recordaba su vida en el pueblo. Todo en él irradiaba sencillez y modestia, un marcado contraste con la majestuosidad y la sensualidad de la reina.

Desde aquella presentación, el corriente felino se dedicó a la cocina, hacer el inventario de la comida, servir los platos, y al cuidado de los jardines reales. Al inicio le resultaba costoso guiarse por los pasillos del castillo, pero el problema se acortó más pronto de lo que imaginaba; la mismísima reina lo llamaba cada vez que lo veía un poco libre para que la atendiera. Pero eran cosas nimias de las que se podía encargar cualquier sirviente: entregar pergaminos de un aposento a otro, acomodar cojines o alfombras, abrir las cortinas, encender velas, o traerle una taza de té. Y siempre mencionaba su nombre con alegría: Keim.

No tardó en sentir que detrás de cada orden había un motivo sutil. Como si la reina pareciera buscar su compañía de manera discreta, asegurándose de verlo pasar, observarlo moverse por los pasillos, mientras él creía que solo cumplía con simples tareas. Pero no le dio gran importancia; no podía imaginar que la mismísima reina estuviera ni mínimamente interesada en un simple plebeyo como él. Se sabía que había llegado al trono sin haberse casado nunca, ya que, según sus propias palabras, nadie le hacía sentir mariposas en el estómago.

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