PRÓLOGO

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La nieve caía en silencio sobre el patio de armas del palacio, cubriendo los adoquines irregulares. En el centro, el cadalso de madera oscura —improvisado y tosco— destacaba como una herida en la blancura del paisaje, Alexander se abrió paso a empujones, sintiendo el roce frío del acero.

Los soldados de la Guardia Real, con sus casacas de paño azul oscuro y botones de latón dorado, cerraban el paso como una muralla de hierro, cada uno sostenía su fusil de percusión con bayoneta calada, las puntas de acero brillando con una frialdad mortífera bajo el cielo gris.

—¡Su Alteza, no puede acercarse! —gritó uno de ellos, su voz ronca escapando entre el cuello alto de su uniforme.

Alexander no lo escuchó. Solo tenía ojos para Eleanor. Ella estaba de rodillas sobre la madera húmeda, despojada de sus joyas, vistiendo solo un sencillo camisón de lino claro que el viento agitaba con crueldad. El Consejero Real, a pocos metros, observaba la escena envuelto en una pesada levita de terciopelo negro y piel, con los guantes de cuero blanco impolutos, destacando el contraste entre su elegancia calculada y la tragedia que presidía.

Tick.

Tick.

Silencio absoluto.

—Eleanor... —su voz se quebró, incapaz de sostener el peso de aquel nombre.

A su alrededor, la multitud rugía como una fiera sedienta: «¡Traidora!», «¡Conspiradora!», «¡Muerte a la falsa princesa!». Pero para Alexander, el ruido era solo estática, sus ojos estaban fijos en ella, su amada princesa, su primer y único amor. ¿Cómo habían llegado a este abismo? ¿En qué momento se le escapó la vida de entre los dedos? Ella estaba pálida, con los rizos que solían ser un derroche de elegancia ahora deshechos, y sus mejillas, antes sonrosadas, marcadas por el frío y el miedo.

Ella, que escondía libros prohibidos bajo la cama solo para leerle historias absurdas en la oscuridad.

Ella, que se quedaba dormida sobre partituras de piano, con los dedos aún en posición de acorde.

Ella, que una vez le apretó la mano y prometió que, incluso si el mundo colapsaba, encontraría el camino de regreso a él.

Todo aquello tenía que ser una mentira. Eleanor jamás habría traicionado a la corona; eran ellos dos contra el resto del mundo. Apenas unos días atrás, el tiempo se detenía en una taza de té y conversaciones triviales, riendo bajo la calidez de su complicidad.

Desde el balcón superior, el Rey permanecía inmóvil como una gárgola, a su lado, el consejero real leía la sentencia con una delectación casi táctil. Alexander sabía la verdad: aquel hombre no buscaba justicia, solo el poder absoluto que le arrebataría al dejar a la corona sin su alma.

Alexander no escuchó el veredicto, solo vio que Eleanor sonreía, incluso ahí, frente al cadalso, ella intentaba darle consuelo como si fuera él quien enfrentaba la muerte. ¿Por qué me falta tanto poder? se torturó a sí mismo.

Ella negó apenas con la cabeza.

«No. No te acerques, mi Alteza».

Algo se fracturó dentro de él, un cristal que nunca volvería a unirse.

—¡DETÉNGANSE! —rugió, forcejeando con una fuerza sobrehumana contra los guardias—. ¡PADRE, POR FAVOR! —Suplicó, ignorando su investidura, por primera vez en su vida, no quería ser el Príncipe heredero, solo un hombre desesperado tratando de salvar a su esposa.

De pronto, el reloj en su bolsillo comenzó a arder, el metal incandescente le quemaba la piel a través de la tela, pero el dolor físico era apenas una caricia comparada con la agonía de ver cómo el amor de su vida se desvanecía frente a sus ojos, impotente, inútil.

Mi Príncipe del Siglo XIXStories to obsess over. Discover now