—Athelia, escúchame bien.
La voz de Reinhard llega como un cuchillo entre las costillas. Ella quiere levantarse, pero el círculo de supresión en el suelo la mantiene de rodillas. Sangra por la sien.
—No... —sus labios apenas se mueven.
Él se agacha hasta quedar a su altura. Le sostiene la barbilla con dos dedos, como si examinara una pieza defectuosa.
—Cuando cruces la puerta de tu mansión, buscarás a tu esposo Roland. Y lo matarás.
Athelia siente cómo el maná extraño se filtra en su núcleo, enrollándose como serpientes en su voluntad. Intenta conjurar fuego, morder, lo que sea. En ningún momento deja de empuñar su espada, pero su cuerpo ya no le responde.
—Por favor... Eso no… —susurra. No para Reinhard. Para ella misma. Para lo que queda de ella.
Señales de resistencia desaparecen; su rostro ya se ha quedado en blanco. Sus ojos, abiertos y vacíos. Athelia se pone de pie sin recordar haberlo decidido.
Sale caminando hacia la nieve.
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Estoy leyendo cómodamente el libro “Energía Cristalina y Aplicaciones”, un interesante tratado sobre ingeniería de cristales. El tercer capítulo es fascinante, pero la luz intermitente de mi lámpara de escritorio me está distrayendo. Ajusto el pequeño cristal de energía en la base del prototipo. Me gusta el desorden de mi habitación; entre los planos de ingeniería, las piezas mecánicas esparcidas y el olor a madera vieja, me siento en control. Es un microcosmos de lógica en medio del incipiente invierno del exterior.
Sin embargo, mi confort es interrumpido por un golpe seco que escucho en la ventana. Casi me caigo de la silla del susto. Al asomarme, veo abajo, recortados contra la nieve, a mi hermana mayor Lucía y a mi mejor amigo Julián. Abro la ventana y asomo la cabeza; en un parpadeo, una bola de nieve me impacta directo en la cara.
—¡Hermanito, ven aquí en este momento! —grita Lucía desde abajo, riéndose—. ¡Ya va a anochecer, no nos queda mucho tiempo!
—¡Te voy a dar tu merecido! —le digo, quitándome la nieve de los ojos.
A través de las pestañas congeladas, alcanzo a ver el reflejo de mis propias pupilas carmesí en el vidrio de la ventana. Me aparto, sacudiéndome el desordenado cabello, cuyas puntas grises apenas se diferencian de la nieve que se me está derritiendo en la cabeza. Cruzo la habitación descalzo, esquivando mi querido caos. Esas piezas de engranaje son un castigo divino; juraría que tienen voluntad propia para posicionarse justo bajo mi talón. ¡Pequeños demonios!
Me calzo las botas y me enfundo el abrigo de piel. Al salir al pasillo, mis orejas puntiagudas —el constante recordatorio de mi herencia— protestan ante la primera ráfaga que se cuela por las rendijas. Son demasiado sensibles; la naturaleza me dio ese punto débil a cambio de mi agudeza auditiva.
¿Por qué sobrepienso tanto? Manía antigua.
Bajo las escaleras a toda velocidad, abro la pesada puerta de roble y salgo al ala este del campus.
A lo lejos, la figura de mi hermana es inconfundible. Su abundante cabello castaño ondea con el viento, dejando libre ese mechón rebelde en el centro de su frente que siempre me recuerda a la antena de un insecto. Mientras me acerco, me clava esos ojos azules, opacos como el fondo del océano y entrecerrados en su eterna mirada de alerta, fija y afilada. A diferencia de mi piel, pálida y fría como la luna, la de Lucía evoca la primera luz del día, clara y llena de vida.
Julián y yo venimos bien abrigados con gorros y pieles, pero Lucía, balanceando su inseparable espada de madera, viste solo un pantalón negro y una blusa blanca de mangas de tul. A veces me aterra su enorme resistencia física ante este infierno helado.
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Fettered
FantasyUn núcleo roto. Una voluntad encadenada. Athelia es la espadachín mágica más poderosa del reino, una fuerza de la naturaleza imbatible. Pero cuando un maná extraño se filtra en su ser, su cuerpo deja de pertenecerle. Bajo una orden despiadada y sin...
