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El banco de la biblioteca

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ZAIRA

La biblioteca del instituto era mi lugar favorito en todo el mundo. Allí todo era tranquilo, no había ruidos fuertes ni prisas, y podía perderme entre las páginas de los libros sin que nadie me molestara. Me encantaba pasar las tardes allí, olvidándome de todo lo demás y dejándome llevar por las historias que leía.

Un martes por la tarde, mientras buscaba un libro nuevo entre las estanterías, lo vi.

Estaba sentado en el rincón más apartado, en un banco de madera viejo, con las piernas cruzadas y la cabeza inclinada sobre su libro. Tenía el pelo castaño oscuro, un poco desordenado, y una postura recta, rígida, como si estuviera construido de piedra. Lo que más llamaba la atención eran sus ojos: color avellana, bonitos, pero tan serios, tan fríos y tan distantes, como si nada de lo que pasaba a su alrededor le importara lo más mínimo.

Lo conocía de vista. Todos lo conocían. Nael Rivas. Era la persona más reservada del instituto. Nunca hablaba con nadie, nunca se reía, siempre caminaba solo y si alguien le dirigía la palabra, respondía con monosílabos, cortante y rápido, como si quisiera que lo dejaran en paz cuanto antes. Todos decían que era insoportablemente frío, que tenía un carácter difícil, que era inalcanzable.

Sin embargo, cuando levantó la vista por un instante y nuestros ojos se cruzaron, sentí algo extraño. Había frialdad, sí, pero también... algo más. Profundidad. Y por un segundo, muy breve, creí ver una chispa de timidez antes de que bajara la mirada de nuevo, indiferente.

Seguí buscando mis libros, pensando que se quedaría ahí, ajeno a todo. Pero poco después cerró su libro con un golpe seco, se levantó y caminó hacia donde yo estaba. Sus pasos eran silenciosos, pero decididos. Se detuvo frente a mí, mirándome con esa expresión inescrutable que usaba con todo el mundo.

-¿Está libre este sitio? -me preguntó. Su voz era grave, bonita, pero fría, seria, sin ninguna emoción.

Asentí con la cabeza, un poco sorprendida de que me hablara, y respondí con suavidad:
-Sí, claro. Siéntate.

Se sentó en el borde del banco, dejando una distancia prudente entre los dos, abrió su libro de nuevo y no dijo nada más. Se quedó ahí, leyendo, impasible, como si yo fuera parte del mobiliario. El silencio se hizo grande, pero extrañamente no me sentía incómoda. Lo observé de reojo: tenía la mandíbula tensa, las manos apretadas sobre las páginas, todo en él indicaba que estaba siempre a la defensiva, siempre protegiéndose de algo o de alguien.

Me armé de valor y, muy bajito, para no asustarlo, le pregunté:
-¿Te gustan mucho los libros de aventuras? Siempre te veo leyendo esos.

Él no levantó la vista de las hojas. Solo movió la cabeza levemente y contestó con una sola palabra, seca y cortante:
-Sí.

Cualquier otra persona se habría rendido ahí mismo. Pero yo no. Me pareció que detrás de esa muralla de hielo había mucho más, y me di cuenta de que, por primera vez en mucho tiempo, Nael Rivas había respondido algo más que un "no sé" o un "dejadme en paz".

Seguimos un rato así: yo leyendo, él leyendo, pero yo sentía que había cambiado algo. Cuando llegó la hora de cerrar, guardó sus cosas, se levantó y empezó a caminar hacia la salida. Yo lo seguí, saliendo detrás de él al pasillo.

Justo antes de separarnos en la puerta, él se detuvo en seco. No se giró del todo, solo ladeó un poco la cabeza hacia mí, sin mirarme directamente a los ojos, con esa misma distancia de siempre. Pero su voz fue un poquito menos dura que antes.
-¿Vienes todos los días? -preguntó.

-Sí, casi siempre -le respondí con una sonrisa pequeña, sin esperar mucho.

Hubo un silencio largo, que pareció eterno. Y entonces, muy bajito, como si le costara mucho decirlo, añadió:
-Yo también... nos veremos, entonces.

Y sin esperar respuesta, dio media vuelta y se fue, caminando rápido, con esa soledad que siempre lo acompañaba. Pero yo me quedé ahí, sonriendo, sabiendo algo que nadie más sabía: yo había logrado que me hablara un poco más, y sentí que algún día, yo sería capaz de derretir ese hielo.

Nael

Para mí, la biblioteca no era un lugar de diversión ni de encuentros. Era el único sitio donde nadie me molestaba, donde nadie intentaba hablarme, donde podía estar solo, como me gustaba. La gente me molestaba: eran ruidosos, falsos, siempre querían algo, siempre metiéndose en la vida de los demás. Por eso yo me mantenía lejos. Frío. Distante. Si te mantienes al margen, si no hablas, si te muestras indiferente, nadie se acerca y nadie te hace daño. Era mi regla, y funcionaba.

Esa tarde estaba leyendo, absorto en la historia, ignorando todo lo que pasaba a mi alrededor, como siempre. Pero entonces, ella pasó.

Zaira Velarde.

La había visto antes. Siempre estaba ahí, siempre sonriendo, siempre hablando con todos, siempre con esa luz que parecía que la rodeaba. Era todo lo contrario a mí: abierta, cariñosa, cercana. Y por eso, en teoría, debería haberme molestado. Sin embargo, cuando la vi buscando libros, con esa concentración dulce, sentí algo que no entendí.

Levanté la vista y nuestros ojos se cruzaron. Yo intenté poner esa cara de pocos amigos que pongo con todo el mundo: seriedad, frialdad, distancia. Pero ella... ella no apartó la vista asustada, ni se puso a hablarme sin sentido, ni se fue. Solo me miró, tranquila, amable, como si entendiera mi silencio. Y eso me desconcertó.

Cuando se sentó cerca, me armé de valor para irme a sentar a su lado. No sé por qué lo hice. Solo... quería estar ahí. Al sentarme, mantuve la distancia, crucé los brazos y me puse la barrera de siempre: indiferencia total. Si soy frío, se irá, pensé. Pero no se fue.

Ella me habló, muy bajito, con mucho respeto. Y yo respondí cortante, como hacía con todos. Esperaba que me dijera "qué mal carácter tienes" o que se alejara. Pero no. Siguió ahí, leyendo, tranquila, compartiendo el mismo silencio sin juzgarme. Fue... extrañamente agradable. Por primera vez, sentí que alguien respetaba mi espacio sin querer cambiarme.

Al irme, caminaba delante de ella, pero no podía dejar de pensar en que quizás, por primera vez, quería volver a ver a alguien. Me detuve. Sentí un peso enorme en el pecho por lo que iba a hacer. Tuve que usar toda mi fuerza de voluntad para preguntarle:
-¿Vienes todos los días?

Su respuesta fue suave, dulce:
-Sí, casi siempre.

Quise decirle muchas cosas. Quise decirle que me gustaba que estuviera ahí, que su presencia no me molestaba como la de los demás, que... no sé. Pero Nael Rivas no dice esas cosas. Nael Rivas es frío y distante. Así que solo murmuré, casi sin voz:
-Yo también... nos veremos, entonces.

Y me fui rápido, porque si me quedaba un segundo más, sentía que esa muralla que había construido con tanto esfuerzo empezaba a caerse solo con tenerla cerca. Y lo peor... o lo mejor... es que, por primera vez, no me importó que se cayera.

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⏰ Última actualización: May 24 ⏰

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