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Deimos (Max Bautista)

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Máxime Bautista (Deimos)

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Mis pasos son lentos, sin prisa, disfrutando de las sensaciones nocturnas , como el rocío del pasto y la vegetación mojando mis zapatos y el borde de mi vestido. Escucho el ulular de algún ave a lo lejos, el canto de un grillo un poco más cerca e incluso, afinando el oído, los rasguños del gato que afila sus uñas en algun tronco de este inmenso bosque.

Pero hay un sonido especial, el siseo de la serpiente que me está acechando, al menos así lo cree, desde que entré por ese callejón estrecho, rodeado de inmensos robles , capaces de hacerme sentir como una hormiga en su mundo.

Siempre he sido muy sensorial, disfruto oler, inhalar los químicos naturales del bosque, del agua mojando la tierra, incluso el corporal tan agradable del muchacho de ojos celestes.

Paseo las palmas sobre los troncos de los árboles, las yemas de los dedos en la punta de cada hoja, entre las espinas de algunos arbustos. Mis pies caen con lentitud y pesadez sobre el mojado suelo, hace no más de 15 minutos llovió un poco. Y justo ahora está serenando.

A ninguno de los dos le importa mojarse.

Es divertido pensar en lo que podría convertirse este pacífico momento: en la escena criminal donde me han de desollar con lentitud y placer, o en una cacería mutua, que ambos saborearemos con cada papila gustativa.

La luz tenue de la luna se ha intensificado, ahora que se ha despejado el cielo. Sé que tiene una expresión, quizá es lástima o burla, no lo sé, jamás he sabido descifrar emociones.

Solo se que aquí debo detenerme. En este claro.

Suficientemente lejos para que no escuchen nuestra conversación, ni siquiera la lechuza o el gato, pero tan cerca para que identifiquen mis gritos...o los suyos.

-Para ser alguien que siempre huye, creo que acabas de llegar al lugar menos indicado. ¿No te enseñaron que los bosques son peligrosos?

Su voz hace un eco casi antinatural, considerando lo abierto del espacio. Mi piel se eriza.
Él está detrás mío y su mirada cristalina está clavada en algún punto de mi espalda. Puedo sentirlo.

Niego con la cabeza, sin mirarlo.

-¿Lo son? - pronuncio, neutral, soltando el aire atorado en mi pecho -, ¿entonces qué haces aquí?

Escucho sus pasos, haciendo tronar bajo sus pies algunas hojas secas, hasta posarse justo a mi lado. Sé que busca mi mirada.

-Quiero pensar que esa respuesta ya la conoces. Y no te subestimo tanto como crees, por cierto.

Su cuerpo roza mi hombro. Frío. Muy frío.

-Me consideras digna de tener una conversación contigo, creo que eso dice mucho - sonrió con cierta diversión. - Además has manchado tus zapatos siguiendo mi rastro en el lodo, que romántico.

Él suelta una grande carcajada, elegante, eso sí, que no se pierda el estatus y los modales.

Su cara se inclina buscando mi rostro, que se esfuerza por no volver la mirada, pero fracasa. Esa mirada celeste y perversa me analiza, casi puedo afirmar que puede leer mis pensamientos dentro de mis pupilas.

-Sí, eso es suficiente para que te dejes de temblar - anuncia, con voz altiva y divertida- . Yo no me esfuerzo tanto por una merienda...

Entorno los ojos hacia él. ¿No me considera comida o merienda como dice él? Y si es así, ¿por qué lleva meses jugando conmigo, espiandome, y siguiéndome?

-¿Que harás Máxime? ¿Que harás si soy yo misma quien se ha entregado a ti?

El muchacho, tan seguro como siempre, y tan risueño (perverso) , por primera vez en la noche ha dejado de reír. En cambio, entorna los ojos, metiendo las manos en sus bolsillos.

-Podria burlarme de ti - susurra, y pronuncia de forma lenta, casi pensando en que decir al mismo tiempo en que sus labios vomitan las palabras. - Porque no te creería capaz de eso, aunque quizá ya te cansaste de tenerme a tus espaldas. Me imagino que es por eso que decidiste por fin enfrentarte a mí.

Levanta una ceja, y da un paso al frente, uno decidido, y su mirada se torna sombría mientras mueve los músculos.

Dicen que la curiosidad mató al gato. Yo digo que la soberbia engulló a la serpiente.

Una risa genuina, divertida e inevitable sale de mi pecho, mientras ladeo la cabeza al verlo a centímetros de mí. Él me muestra esos dientes incisivos alargados que lo caracterizan , también.

-Vaya que has mentido cuando dijiste que no me has subestimado, Deimos.

Él da un paso más. Es más alto que yo, así que me miró desde abajo prácticamente.

-¿Por qué? ¿Vas a sacar un tonto gas lacrimógeno como el de la última vez en la iglesia y lo rosearas en mi ojos? Que malvada.

Levanto la mano y la pongo sobre su mejilla. Fría, y rosada. Está suave y se siente húmeda bajo mi tacto.

Eso basto para sacarlo de su apariencia de niño malo, porque en cuanto mis dedos trazaron círculos en su rostro él me miró con los ojos muy abiertos, y puedo sentir incluso su pulso acelerado.

No lo esperaba.

-Creo que tienes bastante rencor sobre esa ocasión, ¿verdad?

Él no responde, solo ríe bajito, cerrando los ojos. Trato de quitar mi mano pero él en un movimiento rápido pone la suya encima, reteniendola en su lugar.

El sonido lejano de las aves llama mi atención unos segundos. Segundos en los que sigo acariciando su cara, y esa piel gélida comienza a calentarse. Eso es un consuelo para él, yo sé que las serpientes necesitan a alguien de maná opuesto.

Él me necesita.

Por algo es que me ha acosado, que me busca obsesivamente. Que cela cada interacción que tengo y sabotea cualquier intento de relación que trate de tener.

Él sabe que quien me necesita es él. No yo.

Y ya me ha cansado ese jueguito en el que fingo no darme cuenta.

Con los ojos cerrados, el cabello pegandose a los costados de su frente, y las gotas de agua resbalando por sus mejillas se ve muy... vulnerable. Aún más cuando inclina su cabeza para pegar su frente a la mía.

-Me tienes enfermo -susurra, y una de sus manos me atrapa, empujándome hacia su pecho -. Y no entiendo porque. Tampoco entiendo porque no me huyes más. Si eso era lo divertido, verte salir corriendo cuando me veías. Pero tú ya no me temes más...

Su tono es lastimero. Casi con cierto dolor.

Una sonrisa nueva, nueva y ladina se instala en mi cara.

-Jamas te he tenido miedo.

Levanto la otra mano, y acaricio su cabello mojado. Deimos (o Max, da lo mismo) entierra su cara en el hueco de mi cuello, inhalando mi olor.

-Simplemente ya me tienes harta.

Escucho una risita ahogada. Sus manos aprietan mi cintura, y sus uñas rasguñan un poco.

-Estamos solos, ¿te das cuenta que puedo asesinarte justo ahora?

-Para eso hemos venido - contesto, encogiéndome de hombros. - Para enfrentarnos , ¿no?

-¿Prefieres morirte a estar conmigo por las buenas? - su voz sale burlona, totalmente satisfecho y divertido.

-¿Quién dijo que soy yo quien va a morir?

Siento su piel tensarse, los escalofríos han vuelto. Mis manos siguen acariciandolo, de forma cariñosa, aunque estoy segura que eso ya no le resulta tan romántico ahora que le están quemando la piel.

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⏰ Last updated: Jun 22 ⏰

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