Prólogo

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La lluvia golpeaba el casco de Merlina Addams como si el cielo intentara hacerla perder la concentración.

No funcionaba.

A doscientos treinta kilómetros por hora, el mundo se reducía a luces borrosas, curvas peligrosas y el rugido del motor vibrando en sus huesos. El Gran Premio de Mónaco estaba a tres vueltas de terminar y Merlina iba primera.

Hasta que escuchó aquella voz en la radio.

—¿Ya vas a llorar, Addams? Porque te estoy alcanzando.

La sonrisa de Enid Sinclair se podía escuchar incluso a través de la interferencia.

Merlina apretó más el volante.

Por supuesto que era ella.

Enid Sinclair: el sol personificado, favorita del público, reina de las entrevistas, ícono de patrocinadores y la única piloto lo suficientemente temeraria como para intentar rebasarla bajo lluvia intensa.

También era la única persona en el mundo capaz de hacer que Merlina quisiera estrellar un auto contra un muro.

Y besarla después.

Las luces del retrovisor destellaron detrás de ella. El monoplaza de Enid apareció como una criatura salvaje entre la tormenta, acercándose demasiado rápido.

—No lo hagas —murmuró Merlina.

Enid lo hizo de todos modos.

Tomó el interior de la curva imposiblemente cerca. Las llantas casi se tocaron. El público rugió desde las gradas. Un movimiento erróneo y ambas terminarían envueltas en fuego.

Merlina sintió adrenalina pura recorrerle el cuerpo.

Enid giró apenas el casco hacia ella.

Atrevida.

Coqueta.

Desquiciantemente hermosa.

Y entonces la adelantó.

—¡SINCLAIR TOMA LA PRIMERA POSICIÓN! —gritó el narrador.

Merlina sintió algo oscuro y feroz crecerle dentro del pecho.

Odiaba perder.

Odiaba a Enid Sinclair.

Odiaba la forma en que sus manos temblaban cada vez que Enid se acercaba demasiado.

La lluvia empeoró.

La pista brillaba peligrosamente.

Y aun así, Merlina aceleró.

Porque si iba a destruirse, prefería hacerlo intentando alcanzarla.

Rivalidad en Mónaco Stories to obsess over. Discover now