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Se que suena igual a las otras historias, y se que dirás: típica historia de romance...
Pero lo que no sabes es que esta historia tendrá una vuelta totalmente diferente.
Soy Samara Everet. Sí, como el monte Everest.
Y esta es la historia de cómo "conquisté" al chico más guapo de Internet.
La única casa realmente cerca de la nuestra era la de los nuevos vecinos.
Las demás estaban más alejadas entre los árboles, pero esa no.
Esa literalmente quedaba al otro lado del sendero.
Y claro, en un bosque lleno de casas con paredes gigantes de vidrio, eso era casi lo mismo que compartir sala.
Porque sí.
A algún arquitecto loco se le ocurrió que vivir rodeado de vidrio era "elegante".
Entonces podías ver el bosque completo desde dentro de casa...
y el bosque podía verte a ti.
Yo estaba desayunando cuando vi algo raro en la casa nueva.
Sábanas blancas cubriendo todos los cristales.
Me quedé mirando unos segundos.
Luego miré nuestra sala completamente expuesta al universo.
-Eso deberíamos hacer nosotros también.
Mamá levantó la vista de su laptop.
-¿Qué cosa?
Señalé la ventana.
-Tapar los cristales. Las ardillas nos ven comer todos los días.
Ella siguió escribiendo.
-Sam...
-Y ni hablar del panda de afuera que me mira dormir.
Silencio.
Mamá dejó de teclear lentamente.
-¿Qué panda?
La miré como si la respuesta fuera obvia.
-El panda de afuera.
Otro silencio.
-Samara, no hay pandas en este bosque.
En ese momento entró papá.
-¿Hay un panda? -preguntó apenas cruzó la puerta.
Yo señalé la ventana.
-Mamá dice que no existe.
Papá dejó unos tubos con planos sobre la mesa.
Mi padre era arquitecto, así que para él cualquier conversación rara podía terminar en una explicación sobre estructuras o ventilación.
Miró hacia afuera como si realmente esperara encontrar un panda sentado ahí.
-Bueno... técnicamente no debería haber uno.
-GRACIAS -dijo mamá.
-Pero tampoco deberíamos tener una pared completa de vidrio viendo hacia el bosque -continuó él.
Lo señalé inmediatamente.
-Exacto. Gracias. Alguien inteligente en esta casa.
Mamá nos ignoró a los dos.
Así fue como supimos que había nuevos vecinos.
Por las sábanas.
Porque nadie más en el bosque tapaba las ventanas.
Y honestamente... empezaba a parecer una excelente idea.
La casa permaneció cerrada casi toda la semana.
No salía nadie.
No había ruido.
Solo esas telas blancas cubriendo todo el vidrio.
Hasta que mi madre decidió activar su modo "vecina amable".
O sea, el peor modo.
-Sam, llévales esto.
Giré lentamente.
Una canasta de pan.
-No.
-Sí.
-No.
-Samara.
-Mamá, literalmente no conocemos a esa gente.
-Por eso mismo.
-Eso no mejora la situación.
Papá levantó la vista desde sus planos.
-La casa sí está interesante arquitectónicamente.
Lo miré.
-Tú apoyarías entrar a una mansión embrujada si tuviera buena distribución.
-Depende del diseño.
Mamá puso la canasta en mis manos.
-Solo ve y vuelve.
Crucé el sendero refunfuñando sola.
La casa se veía aún más rara de cerca.
Blanca. Limpia. Silenciosa.
Y las sábanas moviéndose apenas detrás del vidrio.
Subí los escalones de la entrada.
Toqué la puerta.
Esperé.
La puerta se abrió.
Y ahí sí casi digo "nope" y me devuelvo.
Una mujer estaba frente a mí usando mascarilla quirúrgica y bata de hospital.
En una casa.
En medio del bosque.
Perfecto.
-Eh... hola -dije lentamente- Mi mamá mandó pan.
La mujer bajó la mirada hacia la canasta.
-Gracias.
Su voz era tranquila, pero rara. Como demasiado medida.
Tomó la canasta.
Y justo cuando pensé que ya podía irme...
escuché ruido dentro de la casa.
Algo corriendo.
Muy rápido.
La mujer giró la cabeza.
-No, no, no...
Y un perro salió disparado desde el interior.
Pasó entre nosotras como una bala peluda.
-¡OYE! -grité por reflejo.
El perro bajó los escalones y salió corriendo hacia el bosque.
Y ahí, por puro instinto, miré dentro de la casa.
Solo un segundo.
Pero suficiente para verlo.
Un chico sentado al fondo.
Cabello oscuro.
Sudadera negra.
Mirando hacia la puerta mientras el perro escapaba.
No parecía sorprendido.
Ni preocupado.
Solo cansado.
Y entonces me miró.
Directo.
Fue rápido.
Incómodo.
Extraño.
Como si yo hubiera interrumpido algo.
La mujer cerró la puerta enseguida.
Y yo me quedé parada afuera con el cerebro intentando procesar todo.
-Ok... definitivamente aquí pasa algo raro.

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